El Último año

21. Paso a paso

Me desperté con los rayos de sol colándose por la ventana y una sensación extraña en el pecho. No era miedo ni ansiedad; era ligereza. Como si mi cuerpo se hubiera olvidado de los últimos ocho meses y ahora respirara libre, por fin. Durante un segundo, incluso dudé si todo lo de ayer había sido real, muchas veces soñaba cosas así. Pero cuando moví los dedos, los sentí firmes, sin dolor, sin tensión. La realidad estaba ahí: estaba curada.
Bajé de la cama en mi pequeño piso, intentando no hacer ruido para no despertar a mis padres. El suelo frío bajo mis pies me recordó lo cotidiano, lo real. El olor del café y de las tostadas llegó desde la cocina, y aunque era lo mismo de siempre, me hizo sonreír.
—Buenos días, campeona —dijo mi madre desde la cocina, con esa mezcla de orgullo y alivio que había aprendido a reconocer. —Buenos días —respondí con una sonrisa temblorosa.
Sentada junto a la ventana, me tomé un momento para respirar. Miré el cielo y sentí una libertad extraña, ligera, casi tangible. Ocho meses de miedo y limitaciones, de dudas sobre mi cuerpo y mi vida… y ahora estaba aquí, de vuelta.
El trayecto al instituto fue tranquilo, aunque yo estaba un poco nerviosa. No me había dado cuenta de lo ansiosa que estaba por volver a la rutina hasta que abrí la puerta del colegio. Mis compañeros me miraban, susurraban entre ellos. Algunos se acercaron:
—Oye, Valeria… ¿qué pasó ayer con el profesor? —preguntó Ana, una de mis compañeras. —Sí, vi que te llamaron… ¿todo bien? —dijo otro, mientras yo asentía, medio incómoda, medio divertida.
—Todo bien —respondí, encogiéndome de hombros—. Solo tuve que ir con mis padres a una cita médica.
Las miradas curiosas siguieron un momento, pero yo no me sentí rara ni fuera de lugar. Era extraño: los mismos pasillos, la misma gente, y sin embargo yo había cambiado. No demasiado, solo lo suficiente para que notar mis pasos se sintiera diferente. Lo suficiente para sentir que volvía a respirar y sentirme yo misma.
Me senté en mi pupitre habitual. No estaba sola, pero tampoco necesitaba interactuar con nadie. Mientras tomaba apuntes, noté cómo mis manos ya no temblaban, cómo mi cuerpo respondía con naturalidad. Era un recordatorio silencioso de que podía volver a ser yo misma, sin miedo constante.
En el recreo, María se acercó. Su sonrisa era la misma de siempre, tranquila y sincera, y me hizo sentir que algo no había cambiado del todo.
—Valeri, ¡me alegro de verte bien! —dijo, y yo reí, aunque todavía con un hilo de nerviosismo. —Gracias… la verdad es que todavía me siento un poco extraña —confesé. —Normal —me respondió—. Después de todo lo que pasó, cualquiera lo estaría. Pero, eh, podemos ir al gimnasio juntas después de clase si quieres.
Esa invitación me hizo sonreír más de lo que esperaba, solía jugar con ella aun que fuese con un brazo, pero esta vez era de verdad. Unos meses atrás me había apuntado al gym para ir recuperando resistencia y estar en forma para mi regreso, la idea se retrasó un poco pero había valido la pena. De hecho, empecé a levarme mejor con ella por eso.
Después del recreo, me dirigí al gimnasio. No era un reto físico intenso, solo quería sentir mis piernas y mis brazos en movimiento, recordar cómo se sentía mi cuerpo sano. Al principio caminaba lentamente, pero luego me permití trotar un poco, escuchar mis pulmones llenarse de aire fresco y sentir los músculos que respondían con fuerza y libertad. Cada movimiento era un recordatorio de que podía volver a ser yo misma.
María me acompañaba, animándome, bromeando sobre nuestra “vuelta triunfal”. Sus risas hacían que todo se sintiera más ligero, más fácil. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo al intentar algo nuevo.
—¡Vaya, Valeri! No estaba segura de si ibas a venir hoy.
—Pues… aquí estoy. Solo quería probar un poco, no mucho —dije mientras estiraba los brazos, intentando no parecer demasiado nerviosa.
—Tranquila, no vamos a hacer maratones ni nada. Solo un poco de calentamiento y algo de práctica con la pelota. Sin presión.
—Vale… todavía siento miedo de que me duela o algo —confesé, bajando la mirada hacia mis pies.
—Te entiendo. Pero el médico te ha dado el alta. Ocho meses y ahora estás curada. No es un salto al vacío, es volver a disfrutar.
—Sí… lo sé. Solo que… no quiero que algo pequeño arruine todo.
—Por eso estamos juntas. Yo te cubro, te ayudo, y si notas cualquier molestia, paramos. Nada de estrés.
—Gracias, María… de verdad —sonreí un poco, más relajada.
—Y además, ¡mira el lado bueno! —dijo, levantando la pelota de voleibol—. Podrás devolverme todos los golpes que te he dado estos meses de entrenamiento imaginario.
—Muy graciosa… Pero prepárate, que la semana que viene vuelvo al equipo.
—Eso me gusta escuchar. Vamos a calentar primero y luego un poco de saque. Paso a paso, ¿vale?
—Paso a paso —repetí, inhalando profundo y sintiendo cómo mi cuerpo empezaba a despertar de nuevo.
Comenzamos trotando suavemente alrededor de la pista. Sentí la sangre fluyendo, los músculos despertando después de meses de reposo.
—¿Recuerdas la última vez que vinimos aquí? Apenas podías peinarte sin dolor. Mira ahora, vas a empezar a sacar.
—Sí… es raro. Todavía no lo creo del todo. Todo este tiempo pensé que nunca volvería a sentirme así.
—Yo sabía que lo lograrías. Solo necesitabas paciencia. Y algo de magia, supongo —bromeó, lanzándome la pelota suavemente.
—Magia, eh… Bueno, la verdad es que sentir mi mano funcionando otra vez se siente como magia —respondí, atrapando la pelota con cuidado.
—Eso es. No pienses en lo que no puedes hacer, piensa en lo que ya puedes. —Me pasó la pelota de nuevo, esta vez un poco más rápido—. Venga, prueba un saque. Suave, solo para calentar.
—Bueno… vale —y lancé la pelota con un pequeño golpe. No fue perfecto, pero cayó cerca de ella.
—¡Eso! —rió—. Perfecto para ser el primer día después de tanto tiempo.
—Sí… esto… lo echaba de menos.
—Ahora vamos a probar unos pases. No te preocupes si fallas, solo son unos toques.
Lanzábamos la pelota de un lado a otro, aumentando poco a poco la velocidad. Mis piernas se movían libres, mis brazos respondían con fuerza, y por primera vez en meses, sentí que mi cuerpo no era un enemigo.
—¡Wow! Es mejor de lo que recordaba. —dije, tocando la pelota y lanzándola con más confianza.
—Te lo dije. Solo necesitabas volver a probarlo. Esto es como montar en bicicleta, pero con un toque extra de adrenalina —rió mientras seguíamos.
—Sí, es verdad… —mi sonrisa se ensanchó—. Y no duele nada. Nada de nada.
—Exacto. ¿Y si hacemos uno contra uno?
—Vale… suena divertido —dije, un poco nerviosa pero emocionada.
Empezamos nuestro partido flojito. Al principio caía muchas veces, pero pronto encontré el ritmo. Cada pase exitoso me hacía sentir más fuerte, más viva.
—¡Eso es! —gritó, animándome—. ¿Ves? No es un desafío, es diversión. Y tú lo estás haciendo increíble, solo te falta que me remates.
—Esto sí que es un buen comienzo… —sentí que un calor de felicidad se extendía por todo mi pecho—. Gracias, María, por estar aquí conmigo.
—Siempre, Valeri. Siempre. Y mañana, si quieres, podemos probar un poco de saque completo. Paso a paso, como hoy.
—Paso a paso… sí. Eso suena perfecto —susurré, mientras hice un remate, sintiendo que por fin estaba lista para retomar mi vida, sin miedo, con alguien que me apoyaba.
Mientras caminábamos de regreso a clase, pensé en Paula y Patricia. La nostalgia me invadió otra vez, pero esta vez no me impidió seguir. Cerré los ojos un momento y recordé nuestras risas, nuestras pequeñas peleas, todo lo bueno y lo malo. Ya no estaban, y aceptar eso dolía, pero también me liberaba. Ya había cerrado ese ciclo, y podía abrir otro sin remordimientos.
Al volver al aula, algunos compañeros se me acercaron otra vez, curiosos pero amables. Me preguntaban por mi cita médica, por cómo me sentía. Prácticamente, todos sabían que estaba lesionada desde hacía tiempo. Respondí con sencillez, sin exagerar nada, y la conversación fluyó sin que yo me sintiera observada ni juzgada. Era una sensación extraña: formar parte del grupo sin necesidad de fingir, sin necesidad de esconderme.
Al final del día, mientras bajaba por las escaleras del instituto, sentí un peso menos sobre mis hombros. Cada paso que daba me recordaba que podía avanzar, que podía retomar mi vida sin miedo ni dudas.
Cuando llegué al piso, me senté junto a la ventana con un cuaderno. Escribí sobre todo lo que había sentido durante el día: la libertad, la nostalgia, la alegría. María me había enviado un mensaje para quedar el fin de semana a entrenar un poco de voleibol. Sonreí, dejando que la emoción burbujeara dentro de mí.
«este finde sales?»
«hoy voy a jugar al voley con unos amigos»
«te vienes? ellos son mas de futbol»
«claro, en dos horas paso por tu casa»
«ok»
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía vivir sin límites. Que podía reír sin culpa, llorar sin miedo, y disfrutar de cada instante. Porque el ciclo que había comenzado con dolor y miedo ahora estaba cerrado, y un mundo nuevo me esperaba para ser vivido paso a paso.



#3219 en Otros
#183 en No ficción

En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.