Me senté en la mesa de la cocina con mi cuenco de cereales entre las manos. Faltaba poco para las 17:30, la hora en que el entrenamiento comenzaba, y los nervios me hacían comer despacio, como si cada bocado pudiera retrasar el momento.
—Prométeme que vas a tener cuidado —dijo mi madre mientras me pasaba una cuchara—. No quiero que te esfuerces más de lo necesario.
Solté un suspiro leve, mirando los cereales como si de pronto hubieran perdido todo el sabor. —Mamá, sé lo que hago. No soy de cristal.
—No digo eso —respondió con calma, apoyando las manos en el respaldo de la silla—. Solo… no quiero que por las ganas termines lesionándote otra vez.
El nudo en mi estómago se tensó. Odiaba esa mezcla de ternura y desconfianza en su voz. Sentía que me trataba como si fuera frágil, como si no pudiera decidir por mí misma.
—Voy a estar bien —dije, con un tono menos firme de lo que pretendía. Sí, yo también tenía miedo, pero no por eso iba a dejar mi sueño de lado después de haber luchado tanto por recuperarlo.
Ella me miró unos segundos, como queriendo leer lo que había detrás de mis palabras, pero finalmente asintió. —Está bien. Ten cuidado.
Me llevé la última cucharada de cereales a la boca, masticando despacio para no dejar escapar la incomodidad. No quería discutir. No hoy. No cuando al fin iba a volver a pisar la cancha.
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El camino al gimnasio se me hizo eterno. Imaginaba mil escenarios: que la mano no respondiera, que un balón fuerte me golpeara y volviera el dolor, que se me escapara en medio de todos. Pero también visualizaba risas compartidas, bromas y los aplausos internos que siempre sentía cuando lograba algo que pensé imposible.
Al llegar, el ruido familiar me golpeó de lleno: el eco del balón rebotando contra la madera, las voces mezcladas, las zapatillas raspando el suelo. Ese sitio que se había convertido en mi lugar seguro. Era como abrir una puerta al pasado, pero con la diferencia de que ahora estaba lista para entrar.
—Valeria —dijo Lucas desde la esquina—. Dudaba de que fueras a venir hoy.
Mierda. Se me había olvidado: mi equipo era mixto. No tenía más remedio que aguantarle a él, y también a Paula y Patricia. Pero haría lo que fuera por volver a jugar… incluso soportar hablar con él.
—Eh… hola —dije, forzando una sonrisa mientras avanzaba hacia el grupo.
María corrió a mi lado. Su sonrisa me ancló. —Paso a paso, ¿recuerdas? —me susurró mientras me guiaba al centro.
—Paso a paso —repetí, inhalando profundo.
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Comenzamos con un trote alrededor de la cancha. El eco de nuestras pisadas me recordó lo que era ser parte de algo más grande que yo. Me sentía un poco torpe, como si todos supieran exactamente qué hacer y yo apenas estuviera recordando el guion.
Al empezar con los pases cortos, el miedo se me instaló en la garganta. Ana me lanzó el balón con suavidad. Lo recibí con un toque de antebrazos, demasiado rígido. El golpe vibró hasta mi mano y, por un segundo, contuve la respiración, esperando el dolor. No llegó.
—¡Bien ahí! —me animó Ana.
María me lanzó otro balón. Esta vez lo acomodé mejor, sintiendo cómo mi mano acompañaba el movimiento. Fue como reencontrarme con un viejo amigo: torpe al principio, pero reconfortante.
En ese momento, cuando me di cuenta de que no tenía por qué tener miedo, sentí que podía volver a respirar, como si hubiera estado ahogándome desde que había entrado al gimnasio.
Pasamos a los saques. Todos me miraban con una mezcla de curiosidad y respeto. Mi saque siempre había sido el más potente a pesar de ser la más pequeña del grupo y, además, “la niña”. Al principio sorprendía, después solo me pedían consejo.
Mi turno llegó demasiado pronto. Tragué saliva, ajusté el balón entre las manos. El peso, el contacto con la piel… había pasado tanto tiempo.
—Vamos, Valeri —dijo Lucas—. Como en los viejos tiempos.
Respiré hondo, lancé el balón al aire, girándolo en mi dirección para darle el efecto que tanto me gustaba, y lo golpeé bajando la muñeca para que no se saliera del campo. El sonido seco de mi mano contra la pelota me estremeció. El balón pasó la red, aunque un poco desviado. No fue perfecto, pero fue real.
—¡Eso es! —gritó María, aplaudiendo.
Sonreí. Mi mano ardía, no de dolor, sino de vida.
En los bloqueos, al principio dudaba en saltar. No por el motivo de siempre —mi altura—, sino por la mano. Tenía miedo de extender demasiado los dedos. Pero el instinto volvió: salté, levanté los brazos y sentí el contacto del balón chocar con mis manos. La vibración me recorrió entera, y esta vez reí.
—¡Grande, Valeri! —gritó Mario—. ¡Ya te extrañábamos en los partidos!
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Organizamos un partido amistoso. Al principio me escondía un poco, dejando que otros tomaran las pelotas más complicadas. Pero pronto me descubrí corriendo tras cada balón, lanzándome al piso, levantándome con rapidez.
La primera vez que recibí un saque fuerte, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. La pelota vino directo hacia mí, rápida, implacable. Extendí los brazos, con la mano herida en primera línea. El impacto fue duro, seco, vibrante. Contuve el aire un segundo, temiendo lo peor. Pero no hubo dolor. Logré controlarla y levantar el balón para que María armara la jugada.
—¡Perfecto! —gritó ella mientras saltaba para rematar.
El punto fue nuestro. Y en ese instante supe, con una claridad que me llenó por dentro, que estaba de vuelta.
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Terminamos exhaustos, con las camisetas pegadas al cuerpo y el pelo húmedo de sudor. Nos sentamos en los bancos, compartiendo agua y risas. Yo acariciaba mi mano en silencio, agradecida de que estuviera entera, de que todavía pudiera confiar en ella.
—Gracias… por estar aquí, por todo —le susurré a María.
—Siempre, Valeri. Hoy diste un gran paso, y mañana será otro. Paso a paso, con todos.
Cuando me cambiaba en el vestuario, encendí el móvil. La pantalla se iluminó con una notificación que me congeló: Paula.
No hablábamos desde hacía casi un mes. Mi respiración se aceleró al ver su nombre. Dudé, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, pero al final abrí el chat.
«es verdad qe volviste a entrenar?»
Mis dedos temblaron sobre la pantalla.
«Sí.»
Pasaron unos segundos eternos antes de que respondiera.
«ah, no lo sabia»
Me mordí el labio. Podía leer el reproche escondido detrás de esas palabras.
«No sabía q tenia q decírtelo. Fue difícil. »
«Difícil también fue para mí. No era lo mismo sin ti.»
Un silencio. Quise decirle que yo también la había extrañado, que la había necesitado en mis peores días, pero no salían las palabras, no después de la última vez que hablamos.
«eso me han dicho, pero una cosa es el equipo y otra la amistad»
«no podemos arreglarlo?»
Sentí una punzada de culpa, pero también recordé que no quería volver ahi. Paula formaba parte de un capítulo que ya no quería arrastrar.
«podemos, pero ser amigas de nuevo es algo que ya no quiero»
«como quieras»
Guardé el móvil. Nostalgia, tristeza y cariño se mezclaban en mi pecho. Pero por encima de todo estaba la certeza de que mi presente estaba en esas risas, en el eco del balón y en las miradas que me habían recibido sin condiciones.
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Al salir del gimnasio, el aire fresco de la tarde me golpeó. Caminaba junto al equipo, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí espectadora. Era parte de ellos.
María me pasó un brazo por los hombros. —Entonces… mañana también, ¿no? —Mañana y todos los días que pueda —respondí, riendo.
El sol se escondía detrás de los edificios, tiñendo el cielo de naranja. Y mientras lo miraba, entendí algo: no solo había vuelto a moverme, había vuelto a vivir.
Hoy respiré libertad. Hoy sonreí sin miedo. Y lo hice con las manos en alto, con mi equipo, con mi gente.
Fue una vuelta triunfal.