El Último año

23. Tiempo perdido

Saque. Recepción: el pase se dirige a la colocadora. La colocadora arma la jugada y coloca el balón a la central. La central ataca, pero enfrente la espera un bloqueo para su remate.
El bloqueo pasa a mi campo, muy pegado a la red. Solo podía llegar con una mano; no me daba tiempo a armar los brazos. El problema era que, si lo intentaba, tendría que hacerlo con la mano que había estado lesionada anteriormente.
Justo antes de tocar la pelota, en el mismo instante en que me di cuenta de lo mucho que arriesgaba, mi mirada se transformó en una de miedo, miedo puro. Eso me hizo apartar la mano.
El balón cayó al suelo. Punto para el otro equipo.
🏐
—Valeria, ¿qué ha pasado? —Nada… simplemente no me daba tiempo a darle. —Es un partido importante, no podemos perder puntos porque tú estés en tu mundo. —Pues no hubieras fallado el remate. —Ha sido un bloqueo. —Y lo mío un despiste, igual que el tuyo. Porque podrías haberlo esquivado. —¡No puedes llegar al equipo después de ocho meses fuera y decirme cómo jugar, Valeria! —¡Ni tú creer que tienes derecho a comportarte como si fueras mi padre! —Ah, es verdad… ¿ese que te abandonó, dices?
Eso fue un golpe bajo. Sabía que no debía entrar en su juego, pero no podía ignorar lo que acababa de decir.
—¡Estás muerto, Pablo!
—¡Basta ya!
El grito del entrenador se mezcló con el pitido del árbitro. Estábamos expulsados del set. Al parecer, gritarle a un compañero no estaba bien visto.
🏐
Al final del partido, nos metimos en los vestuarios, ya que jugábamos en casa.
—Valeria y Pablo, ¿se puede saber qué os ha pasado? —nuestro entrenador no toleraba las discusiones en el campo—. Primer día juntos y ya la habéis cagado. ¿En qué pensabais? —Valeria, que se cree mejor que todos. Después de haber estado ocho meses sentada y mirando, ahora piensa que puede corregirnos. —¿Y eso te da derecho a meterte conmigo porque mi padre se fue? ¡No! —¿Se fue? ¿O te abandonó? —Vuelve a decir algo y tenemos un problema, Pablo. —¿Ah, sí, Valeria? Jódete, eres igual de prescindible para él como para nosot…
No le dejé terminar. En cuanto mi puño chocó con su cara, él me la devolvió, pero yo di el último golpe. María y Ana vinieron corriendo a separarnos.
Con el labio partido, escuchaba la bronca del entrenador.
—Como me vuelva a enterar de que tú —dijo señalando a Pablo— te metes con ella por cualquier cosa, o tú —mirándome a mí— se la devuelves, os expulso. No quiero que volváis a hablaros, al menos en mi presencia. Ahora, disculpaos y poneos hielo en la cara. ¡Todos fuera!
Comencé a levantarme junto con los demás, pero me detuvo.
—Valeria, tú quédate.
El vestuario quedó en silencio cuando la puerta se cerró tras los demás. El entrenador se cruzó de brazos, mirándome fijo.
—Valeria… ¿te pasa algo? Últimamente estás demasiado irritable. —No me pasa nada —respondí demasiado rápido, casi a la defensiva. —No me mientas. Te conozco. Y quiero que me digas también por qué no fuiste a por ese balón en la red. Tú siempre vas a todo, ¿qué ha cambiado?
Bajé la mirada. La verdad me pesaba más que la derrota.
—Porque… tenía miedo. —¿Miedo? —repitió, sorprendido.
Asentí, apretando los labios.
—Miedo de que me doliera otra vez. La mano… últimamente me molesta cuando juego. No siempre, pero cuando bloqueo o golpeo fuerte, siento como si no terminara de estar bien.
Él suspiró, caminando unos pasos por el vestuario antes de volver a mirarme.
—Podrías haberme contado esto antes, Valeria. No tienes que cargar sola con ese miedo.
No contesté. Solo me encogí de hombros, incapaz de sostener su mirada.
—Escúchame bien —dijo con voz más baja, casi paternal—: no quiero perderte ocho meses más por no decirme lo que sientes. Si te duele, lo paramos. Y si tienes miedo, lo trabajamos. Pero no puedes seguir callándotelo. Ni tú ni el equipo se merecen eso. Prueba a jugar vendada y me dices qué tal.
Me mordí el labio. Las palabras se me quedaban atascadas, como si admitirlo en voz alta fuera aceptar que todavía no estaba lista para volver. No solo físicamente, sino mentalmente también.
🏐
Llegué a casa con el labio inflamado y un sabor amargo en la boca. Apenas crucé la puerta, mi padre me miró con ceño fruncido.
—¿Qué te ha pasado en el labio, Valeria? —Nada… —respondí, evitando su mirada. —Nada, ¿eh? Porque no parece nada. —Es solo una tontería del partido. No te metas. —¿No me meta? —Se acercó, con los brazos cruzados—. Eres demasiado brusca últimamente, y no solo en el juego. ¿Qué te pasa? —¡No es asunto tuyo! —grité. —¡Valeria, basta! —me cortó.
Sin decir nada más, salí de casa. Afuera me esperaba David. Su sola presencia era un respiro, aunque no podía ignorar el dolor que ardía en mi labio.
—¿Qué tal el partido? —preguntó, tratando de sonreír. —Normal —murmuré. —Vamos al parque, a jugar un rato al fútbol. Te hará bien —insistió.
Llegamos al parque y allí ya estaban Carlos, Pedro, Miguel y Luis, listos para jugar. Carlos me miró con preocupación. Luis se mantenía distante, cruzado de brazos.
—¿Qué ha pasado, Valeria? ¿Te duele el labio? —dijo Carlos. —No es asunto tuyo —le contesté—. No te metas. —Alguien tiene que poner un poco de crueldad en el grupo —dijo Luis con frialdad—. No todo gira alrededor de tus miedos y dramas.
David dio un paso hacia mí y puso una mano en mi hombro: —Ignóralo, Val. Vamos a jugar, que es para divertirnos.
Pero no podía evitar que la tensión me siguiera. Me froté el labio y respiré hondo. Luis seguía allí, como un muro frío que no iba a ceder. Por dentro, sentía cómo el miedo y la rabia se mezclaban, igual que en aquel bloqueo que me había paralizado en el partido.
—Venga, Val —dijo David.
El balón rodó frente a mí, y por un instante pensé en jugar… pero no me salió. Me disculpé y me fui, dejando que ellos siguieran sin mí.
Me alejé del grupo, dejando que el sonido del balón y las risas quedara atrás. Caminé despacio por el parque, con la cabeza baja y las manos temblorosas. Cada paso parecía pesar el doble; cada recuerdo del partido volvía a mi mente como una película que no podía pausar.
Me senté en un banco, frotándome el labio partido. Dolía, pero no tanto como la sensación de impotencia que llevaba dentro. Respiré hondo, intentando calmarme, pero el miedo seguía ahí, aferrado a mi mano, recordándome que no estaba del todo lista.
“¿Por qué me paralizo así?”, pensé, apretando los puños. “No es solo el dolor… es el miedo a fallar otra vez, a que todos me vean débil.”
Me mordí el labio y cerré los ojos, tratando de ordenar mis pensamientos. Recordé al entrenador diciéndome que podía hablar sobre mis miedos, que no tenía que cargar sola con ellos. Y aunque sabía que tenía razón, admitirlo en voz alta todavía me parecía imposible.
Un suspiro escapó de mis labios. No podía rendirme, pero tampoco podía forzarme a ser fuerte antes de tiempo. Tal vez necesitaba dar un paso atrás, aceptar mi miedo y aprender a manejarlo antes de volver a jugar de verdad.
David no estaba allí, ni Luis, ni nadie del equipo; solo yo y mi miedo, mezclados con la frustración y el dolor. Y, por primera vez, sentí que quizás enfrentarme a eso sola era el primer paso para volver a levantarme.
Me levanté del banco, todavía con la mano un poco rígida y el labio hinchado, pero con la determinación de no dejar que el miedo me controlara por completo. Un día a la vez, me dije. Solo un día a la vez.
🏐
Al llegar a casa, mis padres habían salido y Sara estaba en una excursión del colegio, así que cogí mi cuaderno y me senté en el suelo.
Me apoyé contra la pared, abriendo las páginas en blanco. Las palabras parecían más fáciles de enfrentar que cualquier persona en ese momento. Tomé el lápiz y empecé a escribir, dejando que todo lo que llevaba dentro —el miedo, la frustración, el dolor en el labio y la mano— saliera de alguna forma.
El silencio de la casa era reconfortante; no había voces que me juzgaran, ni risas que me recordaran mis errores en la cancha. Solo yo, mis pensamientos y el cuaderno.
Cada palabra que escribía me ayudaba a poner un poco de orden en el caos que sentía dentro. Poco a poco, noté que la tensión en mis hombros disminuía, aunque sabía que mañana seguiría siendo un desafío enfrentar todo de nuevo.
Se supone que todo ha vuelto a la normalidad, que ya todo está bien… pero no me siento así. Voy a intentar levantar un muro, que nadie me vea débil, que las cosas no me afecten, que no voy a caer en la misma trampa.
El vóley me ayudaba a tener las ideas ordenadas, la mente clara, a sentirme bien… y ahora ya no es así. Ahora juego con miedo, frustrada; me doy cuenta de que me quedé atrás y que el mundo siguió sin mí. Me doy cuenta de que no puedo recuperar esos ocho meses perdidos.
Pero, como siempre, soy yo, Valeria. Encontraré la forma de salir adelante, aunque no tenga en quién apoyarme.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

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