Todo ha sido tiempo perdido. Hice todo lo que pude: fui al médico, pasé meses en tratamiento, hago rehabilitación todos los días… pero ¿para qué? Da igual cuánto me esfuerce en mejorar, en recuperarme; esos meses ya se fueron y no volverán.
Yo pensaba que, cuando regresara a las canchas, todo sería como antes, como si el tiempo se hubiese detenido esperando por mí. Pero no fue así. Mientras yo estaba atrapada en mi dolor y en mis rutinas de recuperación, el mundo siguió avanzando. Mis amigas siguieron entrenando, jugando torneos, mejorando cada día… y yo me quedé atrás. Es como si me hubieran sacado de la carrera y me hubieran obligado a mirar desde la orilla cómo las demás seguían corriendo.
Lo más difícil no es la lesión en sí, sino lo que me robó. El vóley no era solo un deporte para mí: era mi manera de sentirme viva, de pertenecer, de soñar con un futuro. Y ahora, con mi mano así, siento que me arrancaron una parte de lo que soy. Por eso me aferro al dolor. Porque, si lo suelto, ¿qué me queda? El dolor es lo único que me recuerda que algún día fui alguien distinta, alguien fuerte, alguien que creía que todo era posible.
Hay momentos en que me engaño y pienso que quizá todavía pueda volver a ser esa chica, que todo este esfuerzo servirá y recuperaré mi lugar. Pero enseguida la realidad me golpea: la vida no espera. No importa cuánto llore, cuánto me esfuerce o cuánto recuerde lo que fui… nada se detuvo por mí. Es como pedirle a un río que deje de fluir: imposible.
Me duele ver cómo los demás avanzan, cómo celebran victorias que yo nunca tendré. Y sí, intento convencerme de que aprendí cosas en este tiempo, que la paciencia y la resistencia también cuentan… pero en el fondo, lo que siento es vacío. Y ese vacío me asusta tanto que prefiero abrazar mi dolor, porque es lo único que me queda, lo único que todavía me hace sentir algo. Sin él, no sé quién soy.
Ahora me siento perdida. No sé qué hacer, no sé cómo volver a estar al nivel del resto. Siento que, mientras yo sigo atrapada en mi lesión y en mis pensamientos, los demás no han parado de crecer. Han mejorado sus marcas, han vivido experiencias, han compartido momentos que yo me perdí. Y yo sigo aquí, en este punto fijo, como si mi vida se hubiese detenido mientras todo lo demás sigue en movimiento.
Me comparo con ellas y la distancia se hace más grande cada día. Antes, cuando jugábamos juntas, yo sentía que formaba parte de algo, que mi esfuerzo tenía sentido. Ahora solo me queda mirar desde fuera, como una espectadora de una película en la que ya no tengo papel. Me duele porque no sé cómo alcanzarlas, no sé qué camino tomar para volver a sentirme en el mismo ritmo que ellas.
A veces me pregunto si en realidad se trata de volver a ser como antes o si debería aceptar que esa etapa ya terminó. Pero no quiero. No quiero resignarme todavía. Me cuesta aceptar que algo que amaba tanto pueda escaparse de mis manos así de fácil. Por eso sigo aferrándome a mi dolor, porque es lo único que me recuerda lo que significaba estar en la cancha, sudar, gritar, ganar un punto junto a mi equipo. El dolor es un recordatorio constante de lo que perdí, y aunque me lastime, es también lo que me mantiene conectada a lo que fui.
Siempre dicen que no puedes volver a ser feliz en el mismo lugar en el que dejaste de serlo, y creo que es verdad. Ya no me siento igual jugando. La cancha, que antes era mi refugio, ahora me recuerda lo que perdí. Cada pase, cada saque, cada intento por volver a ser la de antes me pesa como una carga. Ya no lo disfruto como antes, ya no me siento parte de ese mundo que antes era todo para mí.
Me cuesta aceptarlo, porque durante mucho tiempo pensé que el vóley era mi identidad, que sin él yo no era nadie. Pero ahora, poco a poco, empiezo a preguntarme si quizás ya no es para mí, si mi camino está en otro lugar. Y esa idea me da miedo, porque no sé qué podría reemplazarlo, no sé qué podría llenar ese vacío que dejó.
A veces me pregunto si aferrarme tanto a lo que ya no me hace feliz es lo que me está impidiendo avanzar. Tal vez sea hora de soltar, aunque duela. Tal vez soltar no sea perderlo todo, sino abrir espacio para algo nuevo. Pero por ahora, todavía no sé cómo hacerlo.
🏐
Se supone que ya debería estar bien. Que todo ha pasado, que lo peor quedó atrás. Que ahora solo queda respirar hondo, seguir adelante y sonreír como si nada. Pero no es así. No me siento bien. Al contrario… cada día me siento un poco peor. Como si la calma que llega después de la tormenta fuera en realidad un silencio demasiado grande, demasiado vacío.
He luchado tanto por estar bien… por mantenerme en pie, por ser fuerte. He intentado ayudar a todos, estar para todos, cuidar a quienes me rodean, aunque nadie haya hecho lo mismo por mí. He dado todo lo que tenía —y más de lo que tenía— para que otros no sintieran el dolor que yo sentía por dentro. He regalado paz cuando dentro de mí solo había guerra. He entregado comprensión, ternura, tiempo, amor… todo eso que a mí siempre me faltó.
Y, aun así, nunca ha sido suficiente.
Siempre he estado cuando me han necesitado. Siempre he escuchado, siempre he dado consuelo, siempre he ofrecido un hombro incluso cuando yo era la que más lo necesitaba. Les he dado todo lo que yo jamás tuve. Les he ofrecido esa parte rota de mí que aún brillaba, creyendo que con eso sería suficiente para ser querida. Para ser vista. Para ser cuidada alguna vez.
Pero nadie se quedó.
He aguantado tanto. Más de lo que se puede esperar de alguien que, como yo, solo quería un poco de amor. He soportado gritos, insultos, desprecios. Golpes. Dolor tras dolor, sin entender por qué me tocaba a mí. Sin haber hecho nada para merecerlo. Lo he aceptado todo como si fuera parte del castigo de existir. Como si mi única misión en este mundo fuera resistir sin romperme… aunque por dentro estuviera hecha pedazos.
Y cuando pensé que lo peor ya había pasado, que no podía doler más, el dolor siguió. Nunca se fue. Se escondió bajo la piel, disfrazado de cansancio, de tristeza, de esa sensación constante de no pertenecer, de no ser suficiente.
He hecho todo lo posible por no molestar con mi dolor. Por no cargar a nadie con mis heridas. He fingido estar bien miles de veces solo para que nadie se sintiera mal por mí. He sonreído cuando quería llorar. He dicho “estoy bien” mientras me ahogaba. He llorado en silencio, siempre sola, porque tenía miedo de que, si alguien me veía débil, me hiciera aún más daño.
Y cuando quise algo de verdad, algo que me importaba con el alma, me lo quitaron.
Dicen que Dios da y quita. Que todo lo hace por nuestro bien. Que, si creemos, nunca estaremos solos. Que Él cuida de nosotros, que nos guía, que nos ama. Que no permitiría que perdiéramos lo que amamos si no fuera necesario. Pero yo... no lo he sentido así.
Desde pequeña he creído. He rezado con los ojos cerrados y el corazón abierto. He buscado consuelo en Él cuando no encontraba consuelo en nadie más. Pero ahora, después de todo, lo único que siento es abandono. Soledad. Destrucción.
Me ha quitado tanto. Amigos, personas que eran mi refugio, mi mundo. Ha dejado que mi vida se desmorone, que mi alma se haga trizas, y cuando más lo necesité, no apareció. Me dejó sola ante el desastre, sola ante los escombros de todo lo que había construido dentro de mí.
No entiendo el castigo. No entiendo por qué. No sé qué hice mal. No sé si es una deuda de otra vida, si es simplemente mala suerte o si hay algo en mí que no merece la paz que tanto he buscado.
Siempre somos los buenos los que más sufrimos. Los que damos sin pedir, los que cuidamos mientras estamos rotos, los que amamos con todo y, aun así, terminamos vacíos. Siempre somos nosotros los que pagamos por los errores ajenos, los que cargamos con el dolor que otros dejan atrás sin mirar.
Yo, que solo quise hacer las cosas bien. Yo, que solo quise ser querida. Yo, que di mi todo por aquellos que amaba... soy la que más ha sufrido. Soy la que más ha llorado. Soy la que está rota, la que ya no sabe cómo seguir adelante sin sentir que cada paso duele más que el anterior.
Estoy cansada. Cansada de esta lucha constante. Cansada de caer una y otra vez y tener que levantarme sola. Cansada de fingir, de esperar, de querer que algo cambie. Cansada de ser siempre la que da sin recibir, la que ama sin ser amada, la que escucha sin ser escuchada.
Y ya no sé si tengo fuerzas para seguir levantándome.
A veces no quiero seguir. No porque quiera desaparecer, sino porque estoy tan cansada que ya no veo el sentido. Me he esforzado tanto por ser luz para otros que me he olvidado de mí. Me he quedado a oscuras.
Y aun así, hay algo dentro que aún late. Algo que grita en silencio, que no se rinde del todo. Tal vez esperanza. Tal vez rabia. Tal vez un último deseo de que algún día esto cambie. De que algún día alguien vea más allá de mi sonrisa fingida, de que alguien escuche sin que tenga que pedirlo. De que alguien se quede.
No quiero compasión. No quiero lástima. Solo quiero que alguien me mire a los ojos y entienda. Que vea mi dolor y lo respete. Que me abrace sin preguntas. Que no me diga “todo pasará” como si fuera tan fácil.
Porque no, no todo pasa.
Hay heridas que se quedan para siempre. Hay dolores que se hacen parte de una. Y lo único que podemos hacer es aprender a vivir con ellos. Pero no sola. Ya no más sola.
Hoy no estoy bien. Y eso está bien.
Porque por fin lo digo. Por fin lo escribo. Por fin dejo que esta verdad deje de dolerme en silencio.
Hoy no estoy bien.
Y necesito que alguien se quede.