No sé cuándo empezó exactamente… solo sé que llevo mucho sintiéndome así. Y cada día pesa un poco más.
Estoy cansada. Cansada de fingir que todo va bien, de sonreír cuando por dentro me estoy rompiendo. Nadie lo nota. Nadie lo ve. Porque he aprendido a ocultarlo tan bien que hasta yo a veces me creo que estoy bien… hasta que lloro sin razón, hasta que el vacío me vuelve a llenar.
Era una niña buena, ¿sabes? Siempre he intentado hacer las cosas bien. Ayudar, cuidar, estar para todos. Pero parece que eso no importa. Porque, aunque yo esté para todos… nadie está para mí. Me esfuerzo tanto en ser fuerte, en no molestar, en no llorar delante de nadie… ¿y para qué? Para volver a casa sintiéndome invisible.
He perdido tantas cosas… amigos, sueños, ganas. Ya no espero nada. Ni siquiera sé qué quiero. Solo sé que duele. Duele estar rodeada de gente y seguir sintiéndome sola. Duele ver que nadie se da cuenta. Duele fingir.
Antes creía en Dios. Le hablaba en voz bajita por las noches, le pedía que me ayudara, que me cuidara, que me escuchara. Pero… ¿para qué? ¿Dónde estaba cuando más lo necesitaba? Dejé de creer. No porque no quisiera… sino porque no podía más. Porque tener fe dolía más que no tenerla.
Y ahora… ni siquiera disfruto los días que antes me gustaban. La Navidad me deja vacía. La Semana Santa no me dice nada. Son fechas que antes brillaban, y ahora solo me recuerdan lo sola que me siento. Lo mucho que he cambiado. Lo mucho que he perdido.
Y no quiero seguir siendo la fuerte. No quiero ser siempre la que aguanta. Solo quiero descansar un poco. Quiero que alguien me abrace y me diga que ya está, que todo va a pasar, aunque no lo crea del todo. Quiero dejar de fingir que no me importa, que no me duele, que estoy bien.
A veces me pregunto si alguien se daría cuenta si desapareciera. Me asusta pensar que quizá no. Que si me callo por un tiempo, el mundo seguiría igual. Pero al mismo tiempo… dentro de mí algo se resiste. Una chispa que no quiere apagarse del todo. Algo que me recuerda que, aunque rota, sigo viva.
Solo quiero que alguien me mire de verdad. Que vea más allá de mi sonrisa y me escuche incluso cuando no digo nada. Porque grito todo el tiempo, pero en silencio. Y a veces, en ese grito silencioso, todavía siento que alguien podría entender.
Sé que he cambiado. Ya no soy la niña que se dejó arrastrar por todo. Ahora soy más cautelosa, más desconfiada, más fría a veces. Pero no completamente. Hay partes de mí que siguen buscando calor, que siguen queriendo sentirse segura, querida.
Esta vez no volveré a ser exactamente la misma. Aprendí a protegerme. Aprendí que no puedo darlo todo sin recibir nada. Pero no voy a convertirme en alguien que odia, aunque a veces la rabia quiera tomarme. No quiero perderme en eso. Quiero dejar que mi dolor sea una lección, no una prisión.
Haré que mi sufrimiento me fortalezca, no me destruya. Que me enseñe a cuidar de mí misma, a valorarme, a poner límites. Que me recuerde que puedo sentir, que puedo doler, pero también que puedo sanar.
Porque dentro de todo este caos, todavía hay algo que no ha desaparecido. Esa chispa que me recuerda que puedo seguir adelante. Que puedo seguir buscando momentos de felicidad, incluso pequeños, incluso imperfectos. Que puedo vivir mi vida a mi manera, paso a paso, con miedo, con dudas… pero con ganas de seguir.
Hoy estoy cansada. Hoy me siento sola. Pero aún hay algo que late en mí, algo que me dice que no todo está perdido. Y eso, aunque pequeño, es suficiente para seguir respirando.