El Último año

26. Una promesa

Me quedé mirando la pelota en el suelo, inmóvil. Era la misma pelota con la que tantas veces había entrenado, pero ahora parecía un objeto extraño, ajeno. La toqué con la punta del pie, despacio, como si me quemara.
La gente dice que cuando te curas todo vuelve a ser igual. Que vuelves a tu vida como si nada. No hablan de las noches en que te preguntas si merece la pena. No hablan del miedo que se queda dentro.
María me había escrito tres veces. “Entrenamos hoy a las cinco, ¿vienes?”. No contesté. El entrenador quería que probara a jugar vendada. Tampoco contesté. Ni siquiera abrí los mensajes de David.
La mano me dolía, pero lo peor no era eso. Era esa pregunta que no se callaba: “¿Y si ya no soy la misma? ¿Y si nunca vuelvo a serlo?”.
Respiré hondo, sintiendo el eco de mis propias dudas rebotar en las paredes de mi cuarto. Tal vez, pensé, era momento de parar. Tal vez había perdido demasiado tiempo persiguiendo algo que ya no existía. Tal vez tenía que dejarlo ir.
Llevaba mucho tiempo fuera. Había comprobado que no podía olvidar todo lo vivido, había visto que ya las cosas no eran lo mismo. Podían sin mí, y yo sentía que ese ya no era mi lugar.
No hay nada peor que sentir que el lugar donde eras feliz ya no es para ti. Y si era eso. Y si ya no era mi camino.
Me senté en el suelo con las rodillas recogidas contra el pecho, la pelota inmóvil frente a mí como un testigo silencioso. Durante meses había soñado con volver. Ahora, que estaba de vuelta, solo quería salir corriendo.
Cerré los ojos. La respiración me temblaba. Me vino la imagen del primer día que pisé ese gimnasio, del olor a madera, de las risas que llenaban la pista. Me vino Paula, me vino Patricia. Me vino la niña que yo era, la que nunca dudaba.
¿Qué pensaría de mí ahora? ¿Me reconocería? ¿O me vería como yo me veía: cansada, rota, perdida?
No respondí a ninguna de esas preguntas. Me limité a abrazar mis piernas y dejar que el silencio me cubriera. Por primera vez en mucho tiempo no sabía si quería volver.
Tenía un único sueño en la vida: ser feliz. Creía que para ello tenía que ser la niña de antes: alegre, simpática, optimista. Pero he visto que así solo te decepcionan. He sufrido, he sentido más dolor del que podía aguantar, pero he podido, lo he superado. Al final, todo aquello que te pasa en la vida es para algo, ¿no? Ahora soy más fuerte, soy mejor. No pienso volver a hundirme.
Abrí los ojos y miré la habitación: los estantes llenos de libros, fotos y recuerdos parecían observándome. Cada objeto me recordaba momentos de mi vida, algunos felices, otros dolorosos, todo parte de lo que me había hecho quien soy.
Recordé aquel verano antes de que todo cambiara, cuando Paula y Patricia y yo pasábamos tardes enteras en el parque, riendo y sin preocuparnos por nada. Ahora todo parecía tan lejano… y, sin embargo, estaba dentro de mí, vivo, como una chispa que nunca se apaga del todo.
Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera el sol empezaba a caer detrás de los edificios, tiñendo de naranja las calles vacías. Sentí el aire fresco contra mi rostro y por un instante, solo un instante, sentí una paz extraña. Pero después vino la duda de nuevo: ¿y si no podía recuperar lo que había perdido? ¿Y si el vóley, mi pasión, ya no era para mí?
Recogí la pelota y la sostuve entre las manos. Era más pesada de lo que recordaba, no físicamente, sino emocionalmente. Cada vez que la tocaba, sentía todas las derrotas, todos los miedos, todas las lágrimas de los últimos meses. ¿Podría volver a jugar sin que todo eso me pesara?
Me senté en la cama con la pelota en el regazo. Abrí el cuaderno que llevaba meses escribiendo y empecé a garabatear, sin pensar en palabras perfectas. Solo dejé que mis pensamientos fluyeran. Escribí sobre la frustración, sobre la impotencia, sobre la sensación de estar atrapada entre lo que quería ser y lo que realmente era.
Después de un rato, apoyé la cabeza sobre la pelota y respiré profundo. Me di cuenta de que no podía obligarme a volver, pero tampoco podía huir para siempre. Tenía que encontrar una manera de reconciliarme con mi miedo, de aceptarlo como parte de mí y no como un enemigo.
Por primera vez entendí algo importante: no necesito ser la niña de antes para ser feliz. No necesito volver a ser perfecta, ni la más rápida, ni la más fuerte. Solo necesito seguir adelante, paso a paso, a mi manera.
Dejé la pelota en el suelo junto a la cama y me quedé mirando el techo. La luz de la tarde entraba por la ventana, suave, cálida. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar de verdad. Que estaba viva. Que nada de lo que había pasado me quitaba la posibilidad de ser feliz.
Me incorporé, decidida a enfrentarme al próximo día, sin prometer perfección, sin fingir que no tenía miedo. Solo prometiéndome a mí misma algo simple: no voy a volver a hundirme.
Y con eso en mente, cerré los ojos un momento y sonreí, aunque pequeña, aunque tímida. La chispa seguía allí. Y esta vez, decidida, no la dejaría apagar.
Ese día llegué a casa sin decir una palabra. Dejé la mochila en el pasillo, solté las zapatillas y me metí en la ducha. El agua caliente cayó sobre mis hombros y sentí como si intentara borrar todo el peso del día. Después cené lo de siempre, sin ganas, con la televisión encendida de fondo, como un ruido lejano que ya ni escuchaba.
Antes de dormir, me quedé un momento de pie en el pasillo, sin saber muy bien por qué, hasta que acabé frente al espejo del baño. Me miré. El reflejo me devolvió unos ojos cansados, con ojeras profundas, el cabello húmedo pegado a la cara. No era la niña de antes. No era la jugadora de antes. Era yo, ahora, con mis cicatrices y mis dudas.
Me apoyé en el lavabo, respiré hondo y, con mi reflejo delante, me hice una promesa:
La vida a veces es muy dura con la gente. A mí me tocó sufrir para conseguir lo que quería, lo que me gustaba; me tocó ver cómo se alejaban de mí. El mundo es muy injusto y no por ello voy a rendirme ahora. Voy a ser una persona nueva, una que no viva en el pasado, porque el futuro está por venir. Voy a quererme, voy a ser feliz y, cuando mire atrás, pensaré que lo superé todo, que no me rendí a pesar de que estaba cansada, que aguanté todo. Porque yo soy fuerte, porque soy buena persona y por ello sigo aquí. He sufrido mucho como para seguir haciéndolo. Hay que vivir el momento. Una vez vi la frase que decía: “No te rindas, todavía hay gente en el cielo que puede estar orgullosa de ti”.
Por la gente que me ve desde arriba y la gente que está conmigo aquí abajo, que me cuida y me da ánimos. Nunca sobran los intentos.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 20.02.2026

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