El Último año

28. Un peso invisible

Despertarte después de haber vivido un sueño es duro. Soñar no pesa; vivir lo que sueñas, sí. Yo quería que esa fuese mi realidad. No solo porque la deseaba, sino porque me esforzaba en ello. Yo hacía, hacía y volvía a hacer. Cumplía. Avanzaba. Pero siempre quedaban cosas en esa lista invisible de pendientes. Cosas que nunca lograba tachar porque nunca estaban lo suficientemente bien.
En mi casa no había tiempo para descansar. O al menos así lo sentía yo. Mi madre trabajaba mucho, y yo lo entendía. Le gustaba lo que hacía, y además tuvo que hacerse cargo de todo cuando mi padre se fue. La mayor parte de su atención iba para Sara. Era pequeña, estaba más necesitada. Y yo lo aceptaba. En parte, incluso sentía que era culpa mía.
Quería atención, sí, pero no sabía pedirla. No de forma directa. No sin sentir que estaba molestando. Al final, renunciaba a ella porque me repetía que podía con todo. Y el resultado fue exactamente ese: terminé siendo capaz de todo. De aguantar todo lo que vino después, lo mío y lo de los demás. De caer y volver a levantarme como si no pasara nada.
Yo tenía mis tareas, mis clases, mis extraescolares. Tenía mi vida. O eso pensaba. La realidad es que lo estaba pasando mal desde hacía mucho tiempo. Las discusiones eran cada vez más graves. Yo me iba hundiendo poco a poco y, aun así, hacia fuera parecía que todo seguía igual. Yo sentía que no había nadie para mí.
Estoy acostumbrada a ser la fuerte. La que aguanta. Y cuando ven que puedes con algo, te ponen más peso encima. Siempre hay algo más que añadir. Yo iba cargando con lo mío y con lo de Sara. Yo hacía más, pero ella siempre tenía una excusa. Yo cumplía, y eso se daba por hecho.
Con el tiempo empecé a sentir que no importaba cuánto me esforzara. Nunca era suficiente. Siempre había algo que corregir, algo que mejorar, algo pendiente. Un defecto. Un “por hacer”. Ahí fue cuando empecé a exigirme más. A duplicar todo. A hacerlo todo dos veces mejor, dos veces más rápido, dos veces más fuerte.
Así empezó todo.
No porque quisiera ser perfecta.
Sino porque no quería fallar a nadie más
🏐
Yo volvía del colegio, cansada, con un montón de cosas por hacer todavía. Últimamente en clase no hablaba mucho. Me dedicaba a adelantar deberes en los ratos libres para poder estudiar en casa el máximo tiempo posible.
Llegué, dejé las cosas sobre la cama y miré el móvil. Ningún mensaje. Como siempre, silencio. Después fui a prepararme la comida. Esa era mi rutina: llegaba, hacía mi comida y la de mi padre, y luego me ponía con los deberes. Cuando estaba cansada, dejaba de estudiar, pero nunca descansaba del todo. Ordenaba, tachaba cosas de la lista pendiente, hacía algo. Siempre estaba ocupada. No quería pensar en nada, porque si lo hacía, todo aquello de lo que huía, todo lo que me dolía, volvía a mí de golpe.
Cuando llegaba la hora de cenar, me duchaba, recogía todo, preparaba mis cosas para el día siguiente y, aparentemente, cuando todo estaba hecho, iba a la cocina. No había menú. Tenía que pensar qué cocinar. Tenía que ser algo equilibrado, pero también que le gustara a Sara, que hacía de todo menos dar las gracias y comer lo que yo le ponía delante.
Si lo miras desde fuera, no es nada del otro mundo. Pero si te pones en mis zapatos, si miras con mis ojos, ves que para mí era un desafío constante. Sentía que podía hacer lo que quisiera, decidir según mi criterio… y aun así, al final del día, esa ilusión se desvanecía ante la opinión y la crítica de los demás.
Llegué a la cocina y me puse a preparar la mesa. Mi madre estaba a mi lado, recogiendo un poco de todo y suspirando.
—Gracias… se me había olvidado hacer la cena —dijo con naturalidad—.
Asentí sin decir nada y seguí colocando los platos y los cubiertos. Mientras tanto, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. “Siempre igual… ¿por qué tengo que asumirlo todo? Hoy no me tocaba, pero al final siempre termino haciendo lo que alguien olvida o no quiere hacer… y nadie se da cuenta”.
Cuando por fin me senté, Sara se acomodó en la silla frente a mí, mirando con desgana el plato. Mi padre, sentado a su lado, lanzó una de sus frases categóricas:
—No podemos cenar carne si ya hemos comido carne antes.
Sara frunció el ceño y añadió con desdén:
—Además, a mí el tomate no me gusta.
Yo suspiré, apoyando los codos en la mesa, mientras el aire parecía volverse más pesado alrededor. Todo estaba preparado, equilibrado, pensado para que todos pudieran comer, y aun así siempre había algo que no estaba bien.
—Siempre es lo mismo —dije, dejando escapar la frustración que llevaba acumulada desde que entré en la cocina—. Nunca hay menú. Yo tengo que pensar la comida, prepararla, asegurarme de que todo esté bien… y al final me dicen que no está bien. ¡Cuando le tocaba a otra persona!
Hubo un silencio incómodo. Nadie respondió. Solo la sensación de que, aunque cumpliera, nunca era suficiente.
Así que, en completo silencio, acabé lo que me quedaba en el plato, me levanté, recogí mis cosas y me fui a la cama, terminando el día como el resto de la semana.
Cada paso pesaba más de lo normal, como si arrastrara con cada uno todo el cansancio y la frustración acumulados de la semana.
Ya en la cama, dejé que el silencio me envolviera. La habitación estaba oscura, y por un instante, solo por un instante, pude sentir mi propio cansancio sin que nadie lo juzgara. Cerré los ojos y respiré profundo, intentando que el peso del día no me aplastara. Pero la rutina, la sensación de que siempre era mi responsabilidad, seguía ahí, pegada a mí como una sombra silenciosa.
Y mientras me acurrucaba entre las sábanas, no podía dejar de pensar en todo lo que todavía me esperaba mañana. Todo lo que iba a tener que hacer, todo lo que iba a cargar. La certeza de que nadie más iba a asumirlo, y de que, aunque cumpliera, nunca era suficiente.
En ese momento entendí algo más: no era solo el cansancio físico. Era el cansancio de ser la que siempre debía sostenerlo todo. Y aun así, aun con ese peso, todavía estaba aquí. Todavía me levantaba. Todavía seguía. Pero eso no evitó que la primera lágrima de la noche cayese.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 20.02.2026

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