El Último año

29. Expuesta

Hubo un día en el que todo se mezcló. Eso que yo intentaba aguantar con todas mis fuerzas, eso que separaba para no venirme abajo, eso que escondía, terminó saliendo a la luz.

🏐

Llevaba varios exámenes suspensos, de esos en los que estudias horas y nada se queda, de esos en los que te esfuerzas, pero no salen bien. En casa nada estaba bien, había más discusiones y yo tenía menos paciencia. La mano me dolía desde hacía días; a veces al peinarme, otras al tocar algo. Dolía, pero aun así me tocaba jugar un partido. No era solo cansancio; era la sensación de sostenerlo todo con hilos cada vez más finos, sabiendo que en cualquier momento podían romperse. Era un cansancio del que no te recuperas durmiendo, de ese que reconcome por dentro, que se queda hasta tu última gota de energía y te deja con cara de vacío.

Llegué al pabellón con el cuerpo presente y la cabeza en otra parte. Mientras me cambiaba, intentaba repetirme que solo era un partido, que tenía que concentrarme, que después ya pensaría en todo lo demás. Pero no funcionaba: mi cabeza seguía llena de cosas que no dejaba de sobrepensar. Nada funcionaba últimamente.

Desde el primer punto sentí que el equipo se apoyaba en mí. Que el deporte fuera mi fuerte no implicaba que yo también tuviera que sostener al equipo. Si no llegaba a un balón, no lo hacía nadie. Si no corría, el juego se caía. Otra vez. Como siempre. Lo peor era que, al ir a todo, nada salía bien. Lo peor era que, además de cargar con todo eso, si fallaba, era mi culpa.

La mano me ardía con cada golpe, pero no decía nada. No quería añadir un problema más. No quería fallar. A pesar de no poder, quería demostrarme que sí podía.

—¡¿Qué te pasa?! —gritó el entrenador desde el borde del campo—. ¡Estás fallando todo!
—¡Pues claro que fallo! —le respondí, jadeando—. ¡No es mi balón, es el de otra!
—¡Entonces díselo! Habla con ellas, que son tus compañeras y son las que están en el campo —insistió, intentando mantener la calma.
—¡No! —exploté—. Siempre tengo que ir a por todo, ¡y nadie más mueve un dedo! Pero claro, si fallo es solo culpa mía, ¡no de la que parece que tiene los pies con pegamento!
—¡Tienes que controlarte! —me advirtió, con la voz más dura—. No puedes perder la cabeza en medio del punto.
—¡Pues estoy harta de controlarme! —grité, mientras las piernas me temblaban—. Estoy harta de cargar sola con todo el peso del equipo.
—Entonces sigue jugando, ¡no puedes abandonar ahora! —dijo él, firme, pero yo apenas escuchaba.

🏐

Perdimos.
No fue una derrota cualquiera. Fue la confirmación de algo que llevaba tiempo creciendo dentro de mí: que ni siquiera dándolo todo era suficiente. Que podía dejarme la piel, el cuerpo, la cabeza… y aun así no bastaba.

Cuando terminó el partido, algo se rompió. No de golpe, sino despacio, como cuando ya no te queda fuerza ni para contenerte. Todas se fueron y mi entrenador me llamó, quería saber qué me pasaba, y yo empecé a llorar.

Y lo peor no fue llorar. Lo peor fue dónde lo hice. Lloré delante de mi madre. Lloré delante de mi entrenador.

Nunca había llorado por un partido. Nunca. Pero esa noche no estaba llorando por el marcador. Estaba llorando por todo lo demás. Por lo que nadie veía y aun así yo aguantaba. Por lo que llevaba meses arrastrando. Por el cansancio, por la presión, por sentir que siempre tenía que poder con todo. Por sostener el mundo mientras sostenía mi propio peso.

Y entonces llegaron las palabras: Consejos. Explicaciones. Frases bienintencionadas sobre cómo debía llevar mi dolor, sobre cómo superar la tristeza, sobre cómo afrontar “esto”.

Como si fuera tan fácil. Como si el dolor tuviera instrucciones. Como si alguien que no vive tu vida, que no carga tus días, que no llora tus lágrimas, pudiera decirte cómo hacerlo mejor.

Yo solo pensaba en una cosa mientras me decían eso: si no has vivido mi vida y llorado mis lágrimas, no tienes derecho a decirme cómo tengo que sentirme al respecto.

Escuchaba, asentía, pero por dentro algo se cerraba. No necesitaba que me explicaran cómo dejar de sentir. No necesitaba soluciones rápidas. No necesitaba que minimizaran lo que me pasaba envolviéndolo en palabras bonitas. Necesitaba que alguien entendiera que no estaba llorando por perder. Estaba llorando porque ya no podía más.

Aquella noche lloré durante horas. En silencio. Sin público. Sin consejos. Solo yo y todo lo que había estado conteniendo demasiado tiempo.

Y entendí algo que dolió casi tanto como el resto: incluso cuando te rompes delante de otros, sigues estando sola con lo que sientes. No porque no haya gente alrededor. Sino porque nadie puede vivir tu dolor por ti.

Y nadie tiene derecho a decirte cómo hacerlo.

Aun así, mientras me dejaba llevar por esas lágrimas, sentí que algo dentro de mí cambiaba. No era alivio, ni fuerza inmediata, ni consuelo de nadie más. Era algo más pequeño, casi imperceptible: una chispa de entendimiento. Que el dolor no necesitaba instrucciones. Que estaba bien que doliera. Que estaba bien que llorara. Que estaba bien ser solo yo, incluso en mi peor momento.

Ese llanto no arreglaba nada fuera, pero algo dentro de mí ya estaba distinto.



#2329 en Otros
#104 en No ficción

En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 20.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.