El Último año

31. Anestesia

Me acosté y no sentía nada. Vacío. No le di vueltas a la cabeza. No pensé. Solo esperé a que mis ojos se cerraran. Ese día dormí. Sin sobresaltos. Sin mirar el móvil. Sin contar horas. Dormí como si mi cuerpo hubiese estado esperando ese lugar desde hacía meses.
Después de lo que pasó, me aparté. No de los demás: de mí. Dejé de luchar.
Dentro de mí había dos versiones y, por primera vez, dejé de intentar conciliarlas. La que sabía aguantar, la que sonreía, la que buscaba entender… se hizo a un lado. No murió. La empujé. Entendí que así no podía seguir y cambié.
La otra salió sin pedir permiso. Era seca. Era dura. No tenía paciencia. No regalaba nada y no le importaba la frialdad de sus palabras. Decía lo que pensaba solo cuando le preguntaban y, aun así, sin cuidado. No discutía para explicar; hablaba para marcar límites.
Pedía perdón por sus errores, pero no cargaba con los de nadie más. Estaba cansada de aguantar, y reconocerlo fue nuevo. Con esa versión, todo era más simple. Menos emociones, menos expectativas, menos decepciones. No era feliz. Pero funcionaba.
Me convencí de que así estaba mejor. Que, si no sentía, no dolía. Que apagar algo por dentro era una forma válida de seguir adelante. Que sería mi forma. Y durante un tiempo, lo fue. No estaba bien. Pero por primera vez en mucho tiempo, tampoco me sentía rota.
En el día a día, todo se volvió mecánico. Llegaba a clase, interactuaba lo justo, respondía con monosílabos cuando alguien me hablaba. Sonreía por compromiso, no por alegría. Sabía cómo me veían, pero no me importaba. Nadie se atrevía a preguntar demasiado. Y yo no daba pie.
Mi cuerpo también se acostumbró a esta versión de mí. Los músculos tensos, el cuello rígido, los hombros siempre levantados; una coraza que funcionaba. Por dentro, los pensamientos seguían ahí, pero los empujaba a un rincón oscuro. Cada vez era más fácil no prestarles atención.
Sentía una especie de anestesia interna. Las emociones estaban presentes, sí, pero lejanas, como si las viera a través de un cristal grueso. Las lágrimas ya no brotaban con facilidad. La rabia y la tristeza seguían, pero se contenían. Todo dolor era medido, administrado, controlado. Era una versión de supervivencia.
Y mientras todo esto ocurría, entendí algo más: podía desaparecer dentro de mí misma sin que nadie lo notara. Podía seguir funcionando, cumplir con lo esperado, y aun así no sentirme viva. La soledad no estaba en los demás, sino en mí. Y no importaba cuánta gente me rodeara: nadie podía tocar esa parte apagada.
Era dura, pero era segura. Era cruel, pero era libre. Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de no depender de nadie, de no esperar nada, de no mostrarse vulnerable, me dio algo que antes no había tenido: control.
En clase tocaba tutoría. De esas que pretenden remover algo por dentro. Nos dieron una hoja. No era larga, pero pesaba. Había apartados para todo: lo que me estresaba, lo que me entristecía, mis problemas, mis virtudes, lo que tenía que cambiar, posibles soluciones. Todo muy ordenado, como si ponerle títulos al caos lo hiciera manejable.
No escribí nada. Fui pasando la vista por cada pregunta sin detenerme. No porque no supiera qué poner, sino porque sabía demasiado. Llegué al último apartado: ¿Qué tienes que empezar a hacer para mejorar? Ahí sí escribí. Sin pensar. Sin dudar.
Rellenar esta ficha. Nada más.
Mis amigas me miraron de reojo. Me preguntaron por qué no hacía la actividad. Les contesté que no quería. Así, tal cual. Sin excusas. Sonó seco. Sonó mal. Me dio igual. No estaba enfadada; estaba vacía. Explicarlo habría sido un esfuerzo innecesario.
Doblé el papel cuando terminó la clase. No lo rompí. Tampoco lo guardé con cuidado. Lo dejé ahí, como se deja algo que no se quiere perder, pero tampoco mirar.
Esa semana fue exactamente como esperaba que fuera todo a partir de entonces: plana. Sin sobresaltos. Sin emociones fuertes. Sin nada que destacar. Funcionaba.
Incluso pensé en no ir a entrenar. Después de lo que pasó en el partido, no tenía ganas de ver a nadie. No tenía ganas de nada. Mi padre me obligó. Fui.
Aguanté. Di varios balonazos mal dados. Me lo reprocharon. ¿Qué esperaban? ¿Un aplauso? No. Eso no iba a pasar. Cumplí con estar allí, que ya era suficiente.
Volví a casa cansada, pero no triste. Tampoco enfadada. Solo cansada de sostener un cuerpo que hacía lo justo para seguir funcionando. Y durante esos días me repetí lo mismo: así estaba mejor. Si no sentía, no dolía. Si no miraba demasiado hacia dentro, nada podía desbordarse.
Llegué a casa y me dejé caer en la cama. No lloré. No pensé. No recordé.
Solo respiré, controlando cada movimiento, cada emoción, cada pensamiento. Era lo único que podía hacer: existir sin sentir, sobrevivir sin mostrarme. Y en ese silencio absoluto, entendí que podía sostenerme así, que podía seguir adelante, aunque por dentro algo estuviera apagado, esperando.



#2329 en Otros
#104 en No ficción

En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 20.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.