El Último año

32. Sentir el frío

La anestesia dejó de ser una reacción para convertirse en un método. No fue una decisión consciente cada mañana; simplemente, empecé a funcionar así. Sin cuestionamientos. Sin buscar explicaciones. La emoción ya no era necesaria para moverme; la disciplina, en cambio, sí lo era.

Me despertaba y cumplía con lo establecido: clase, casa, entrenamiento, estudio, orden. Respondía lo justo. Escuchaba sin implicarme. Sonreía cuando resultaba conveniente. Todo estaba medido, bajo control. No era una frialdad impulsiva, sino puro cálculo.

Descubrí que, cuando no esperas nada, decepcionarte es complicado. Cuando no te explicas, nadie puede malinterpretarte. Cuando no te muestras, nadie puede tocarte. Era simple, y lo simple funciona. Mi cuerpo también aprendió la lección: espalda recta, mandíbula firme, hombros tensos. Una postura que no invitaba a preguntas. Ya no necesitaba defenderme; la distancia hacía el trabajo por mí.

Cumplía con todo. Nadie tenía nada que reprocharme. Si hablaba, era precisa. Si fallaba, lo asumía. Si algo me molestaba, lo resolvía sin dramatismos. Había eliminado el exceso y, con él, el desgaste. No era felicidad; era eficiencia.

La rutina me otorgó algo que antes era ajeno para mi: previsibilidad. Cada día era un calco del anterior. Sin sobresaltos, sin altibajos, sin nada que pudiera desbordarme. Eso era poder. Y cuanto más tiempo pasaba así, más natural parecía; como si esta versión hubiera estado esperando su turno desde siempre. Como si la anterior no hubiera sido más que una fase demasiado blanda para el mundo real. Funcionaba.

Hasta que una noche, al apagar la luz, el silencio dejó de ser silencio. Fue una profundidad abrumadora. Y, por primera vez en semanas, me costó cerrar los ojos.

🏐

Llegó un día de clase distinto. Me sentía más ausente de lo habitual, pero me dio igual. No hice nada. No ordené, no recogí, no limpié. No estudié. El cuerpo estaba agotado, pero mi mente seguía calculando cada paso: cumplir con el mínimo. Fui al entrenamiento, soporté las miradas ajenas y, al volver a casa, me encontré con la reprimenda esperada. Mis padres me lo reprocharon todo: el estado de la casa, mis deberes, la falta de estudio. Están acostumbrados a la hija perfecta y no toleran el día que fallo. Después discutí con mi hermana, para variar. Resultaba irónico que, además de mis tareas, pretendiera que las suyas también fueran responsabilidad mía. En fin, una dinámica recurrente en mi casa. Pero ese día, nada me afectó.

Respondí con calma, con neutralidad. No hubo reproches ni cambios en el tono de voz. Cada palabra estaba medida, cada respiración controlada, como si ensayara un guion. Mi falta de reacción parecía irritarlos más que cualquier respuesta emocional. Yo solo observaba.

Sin embargo, al peinarme frente al espejo, lo vi: mis manos temblaban. Era un temblor mínimo, casi imperceptible. El único indicio de que, bajo la coraza, algo seguía existiendo. Todavía no era lo suficientemente fuerte.

🏐

El fin de semana trajo consigo el partido, una nueva prueba. Cada jugada, cada pase, cada error que acudía a mi memoria me hacía estremecer. No lograba dejar de pensar en lo que había hecho mal, en lo que no debía repetir. Me invadía un mal presentimiento. Mi entrenador lo notó; me sujetó las manos, pero no dijo nada. Su mirada fue suficiente para obligarme a recuperar la concentración.

Mi cuerpo estaba rígido. Cada músculo funcionaba, cada gesto era calculado y cada respiración medida. Por fuera, eficiencia; por dentro, una lucha encarnizada. La coraza seguía intacta, pero ya no podía ignorar la fisura que el miedo y el recuerdo habían abierto. Y entonces llegó lo más difícil.

Más tarde, apareció la presión social. Mis amigas querían salir, dar una vuelta. En otro momento habría dicho que sí sin dudarlo, pero esta vez me negué. Estaba cansada, no había sido un buen día y no tenía energía para seguir fingiendo. Para mi sorpresa, María me escribió: "¿Estás bien?". Respondí que sí, con precisión y neutralidad.

Mi cuerpo parecía estar en calma, pero mi mente no. Pensamientos incontrolables empezaron a cobrar vida propia: quizá solo hacía falta dejar de salir para que ella se diera cuenta... Intenté silenciarlos, empujarlos al rincón del olvido como siempre hacía, pero permanecieron allí, trabajando en la sombra. Una fisura más en el método que me mantenía en pie. Y volví a temblar.

🏐

Funcionaba. Todo funcionaba. La rutina era mi dominio. Cada ámbito de mi vida había sido domado y convertido en hábito. Mi eficiencia era casi absoluta, aunque todavía percibiera pequeños vestigios de emoción. Pero al acostarme esa noche, al apagar la luz y cerrar los ojos, el silencio volvió a ser denso. Demasiado profundo, demasiado incómodo.

En ese instante, un pensamiento, un temblor, un recuerdo fugaz atravesó la coraza. Apenas un hilo, un breve instante, pero lo suficiente para recordarme que, por mucho que apagara el mundo, por mucho que lo controlara todo, no todo podía ser contenido.

Funcionaba... hasta que mi propio cuerpo empezó a reclamar lo que aún no podía controlar. Tras media hora intentando conciliar el sueño, me levanté y me senté ante el escritorio. Allí estaba: bajo el protector del escritorio, la ficha que tenía pendiente de rellenar.

Me senté, saqué el folio y empecé a escribir. Diez minutos después, la hoja estaba completa: escrita en tinta roja y manchada de lágrimas.

Yo creía que estaba bien, que todo seguía el curso esperado. No era así. A veces la mente sufre tanto que omite el dolor, lo hace desaparecer. Nos convencemos de que esa es la realidad hasta que el cuerpo nos desmiente. Porque la cabeza puede engañarnos, pero el cuerpo siempre muestra la verdad.

Me quedé inmóvil, con la espalda totalmente recta, observando cómo la tinta roja revelaba todo lo que yo no había sido capaz de decir. Era una prueba física, un recibo de algo que mi mente había intentado cancelar sin éxito. Durante un tiempo me convencí de que la eficiencia era el destino final, que la meta era convertirme en una máquina que no necesitaba mantenimiento emocional. Pero la hoja decía otra cosa.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 01.04.2026

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