Ese día el despertador sonó temprano, a las 8:30. Lo apagué y me levanté sin pensarlo demasiado. El cuerpo me pesaba, sobre todo los brazos, como si no fueran del todo míos. Aun así, me vestí, desayuné y salí de casa con la ropa de entrenar y el balón bajo el brazo.
Antes de salir, me paré un segundo en la puerta. Ahí estaban las vendas, dobladas, como siempre. Sabía que debía ponérmelas. Sabía que sin ellas iba peor. Pero estaba harta. Harta de que no me mirasen a mí, de que todo el mundo mirase la mano primero. Las dejé ahí, sin tocarlas, y cerré la puerta.
Cuando llegué al parque, estaba María. Me acerqué sin decir mucho y empezamos a tocar. Me gusta recibir, así que se las colocaba una detrás de otra. Al principio todo salía bien. El cuerpo respondía. Durante unos segundos, fue como antes.
Hasta que no.
En uno de los balones, al ir a dar de dedos, algo falló. No fue solo dolor. Fue peor. La mano se volvió rígida, como si no fuera mía, pero a la vez sentía cada movimiento por dentro, cada milímetro, como si algo se estuviera desgarrando despacio.
No fui capaz de colocar. La pelota cayó al suelo. Y yo me quedé quieta, mirándola, sabiendo que algo ya no funcionaba igual.
—¿Estás bien? —preguntó María, deteniendo el balón con el pie—. Has puesto cara rara.
—Sí. Me ha resbalado, nada más.
María me miró con duda, pero volvió a lanzar. Esta vez el balón venía más alto, con más peso. Me coloqué debajo, flexioné las piernas y armé las manos. En mi cabeza, el movimiento era perfecto. En la realidad, mi mano se dobló hacia atrás antes incluso de tocar el cuero. Un chispazo me recorrió la muñeca y solté un gemido que intenté tragarme.
—Valeria, para —María cruzó la red imaginaria que nos separaba—. No llevas las vendas. Tienes la mano hinchada.
—No está hinchada. Dame el balón —dije, estirando el brazo. Mis dedos temblaban de forma involuntaria.
—No te lo voy a dar. Así no puedes jugar, solo te vas a hacer más daño del que ya tienes.
—¡Que me des el balón! ¡Estoy bien! —le grité. Me ardía la cara de rabia. No era contra ella, era contra ese trozo de carne y hueso que se negaba a obedecer.
Le arrebaté la pelota y retrocedí hasta alejarme lo suficiente. Iba a rematar. Si podía rematar con fuerza, el diagnóstico no significaba nada. Lancé el balón hacia arriba, salté y busqué el impacto con toda la rabia que acumulaba desde la cita médica.
El golpe fue seco, pero el ruido no fue el de un buen ataque. Fue el sonido de algo que se quiebra.
Caí al suelo de rodillas, abrazándome el brazo contra el pecho. El dolor era tan agudo que me nubló la vista durante un segundo. El balón no había pasado ni a dos metros de mí; había caído muerto, casi a mis pies.
María se acercó corriendo, pero yo no me moví. Me quedé sentada sobre los talones, mirando mi mano. Estaba allí, pálida, inerte. Intenté cerrar el puño, pero los dedos apenas se movieron un par de milímetros antes de bloquearse.
—¿Ves? —dijo María en un susurro, con una voz que me dolió más que la muñeca—. Te lo dije. No puedes.
No le contesté. No podía. Me quedé mirando mis propios dedos, extraños y ajenos sobre mi regazo. No era que doliera, el dolor era lo de menos. Lo que me vaciaba por dentro era la certeza de que mi mano ya no era mía como antes.
Porque no era solo el dolor. Era la confirmación. Algo ya no funcionaba como antes. Y no estaba volviendo.
🏐
No. Otra vez no.
—Valeria, no te levantes —María se arrodilló a mi lado—. Quédate quieta, ¿sí? Te estás hiperventilando.
Lo sabía. Lo notaba sin necesidad de que me lo dijeran. El aire entraba mal, a tirones, como si el pecho no me perteneciera. Alrededor, el parque seguía, pero distorsionado, lejano, como si estuviera detrás de un cristal. Solo existía el suelo y mi mano.
Mi mano.
Medio cerrada, rígida, torpe. La misma que había aprendido a obedecer desde pequeña. La misma que mi padre había cuidado como si fuera frágil incluso cuando no lo era. La misma que llevaba meses avisando en silencio. Y ahora estaba ahí otra vez, negándose en el momento exacto en el que más la necesitaba.
—Valeria, mírame —María me sujetó la cara con cuidado—. Estoy aquí, ¿vale? No estás sola.
Quise responderle. Decir cualquier cosa, aunque fuera mínima. Pero la voz no salía. Todo dentro de mí estaba demasiado lleno. El dolor en la muñeca, el pulso descontrolado en el pecho, el recuerdo exacto del médico diciendo “no tiene solución”, como si esa frase se hubiera quedado enganchada en algún sitio de mi cuerpo.
“¿Podrá seguir jugando?” La pregunta volvió, pero ya no era una pregunta. Era algo más pesado. Algo que ya no necesitaba respuesta.
Y lo entendí antes de querer entenderlo. Algo dentro de mí ya había cambiado. No era solo la mano. Era yo.
Y entonces el ruido empezó a irse, como si alguien estuviera alejando el mundo. Las voces seguían ahí, pero no entraban del todo. María seguía cerca, pero su presencia se volvía borrosa, como si mi cuerpo se estuviera desconectando poco a poco de todo lo que no fuera ese punto exacto de dolor.