Es mi decisión. Es mi mano, mi sueño; sobre todo, es mi vida y soy yo la que decide cómo vivirla. Y, por mucho que a veces lo olviden, es mi decisión.
Soy yo la que decide si quiero volver al médico. Yo. No mamá, no el entrenador, no los que creen que saben lo que siento porque me vieron llorar una vez. Nadie más puede saber lo que significa para mí volver a esa sala blanca, al eco del pasillo, al olor a desinfectante que me revolvía el estómago. Nadie, salvo yo, ha vivido esos meses de tratar de arreglar lo que parecía imposible.
Me llamo Valeria y, aunque por fuera no lo parezca, estoy cansada. De verdad. Estoy cansada de fingir que todo está bien. Cansada de sonreír mientras por dentro me deshago. Cansada de que me digan lo que tengo que hacer como si no supiera lo que está pasando dentro de mí.
Sí, me duele. Otra vez.
Volví a jugar. Volví al voleibol porque lo necesitaba. Porque extrañaba la pista, el sonido seco del balón contra las palmas, los gritos, las caídas, la adrenalina. Porque durante meses fui paciente, obediente, callada. Dejé de entrenar, pasé por el tratamiento, fui a todas las consultas. Fui valiente, o eso decían. Me decían que si hacía todo bien, volvería a jugar. Me lo repetían como un mantra: “Todo esfuerzo tiene recompensa”.
Y lo hice todo bien. Todo.
Hasta que volví. Sentí ese chasquido otra vez. No fue tan fuerte como la primera vez. No hubo lágrimas. No hubo gritos. Solo ese dolor seco, familiar, como si algo dentro de mí dijera: aquí estamos de nuevo.
No dije nada. Ni a mi madre, ni a mi entrenador, ni a mis amigas. Fingí. Me envolví la muñeca, me eché hielo cuando nadie miraba. Me convencí de que era normal. De que era el miedo hablando, no el cuerpo. De que si me mantenía callada, si no lo pensaba, se iría.
Pero no se fue.
Días de mentiras diminutas: “no, estoy bien”, “es solo una sobrecarga”, “me la doblé un poco, pero no pasa nada”. Cada palabra, un muro entre el mundo y yo. Hasta que ayer… no pude más. Mamá me vio sacar la bolsa de hielo de la mochila. Me vio la mano, más hinchada de lo que debería estar. Y entonces lo solté. No sé cómo. No sé por qué justo entonces. Tal vez porque por fin quería que alguien lo supiera. O tal vez porque ya no me quedaban fuerzas para seguir mintiendo.
—Me duele otra vez —solté.
Y fue como si el tiempo se detuviera. Ella me miró con los ojos muy abiertos, como si le acabaran de decir que se había roto algo dentro de ella. Como si la herida fuera suya. Y entonces empezó todo otra vez.
—Tenemos que ir al médico, Valeria.
Yo no dije nada.
—No podemos dejarlo pasar. Tienes que hacerte pruebas.
Silencio.
—Valeria, no puedes tomártelo a la ligera. Sabes que estas cosas no se curan solas. ¿Y si es peor que antes?
Y ahí exploté.
—¡No quiero volver al médico! ¡No quiero volver a pasar por todo eso otra vez! No quiero, no me obligues, por favor.
Fue la primera vez que grité. La primera vez que hablé desde el miedo y no desde la obediencia. Mamá se quedó quieta. No entendía. No podía entenderlo. Porque para ella, ir al médico es una solución. Para mí… es una condena.
No quiero volver a sentarme en esa camilla mientras alguien me examina como si fuera una máquina rota. No quiero volver a escuchar palabras en voz baja, términos que no entiendo, miradas que no se atreven a decir la verdad. No quiero volver a que me hablen como si tuviera que agradecer cada gesto, cada pinchazo, cada promesa vacía.
No quiero que vuelvan a decirme que no hay solución.
Esa frase todavía me acompaña como una sombra. La primera vez que la escuché, pensé que había entendido mal. “Es una lesión difícil. Puede que no se recupere del todo. Tendrás que aprender a convivir con ciertas limitaciones”.
Limitaciones. Como si fuera una advertencia suave. Como si dijeran: “tu vida ya no va a ser igual, pero sonríe, que hay cosas peores, gente que lo pasa peor”. Lo dijeron con una sonrisa. Como si fuera normal. Como si a mi edad una pudiera simplemente aceptar que hay cosas que ya no podrá hacer igual. Como si una pasión pudiera dejarse a un lado como quien deja un cuaderno viejo en una estantería.
No. Yo no quiero pasar por eso otra vez. No quiero volver a ilusionarme con la idea de que me van a curar, para luego escuchar que no es tan simple. No quiero más tratamientos que no terminan nunca. No quiero que me prometan que voy a volver a jugar como antes… solo para acabar otra vez en la misma silla, con la misma venda, con la misma impotencia.
Y hay algo más. Algo que me cuesta decir. Me da miedo que se rían de mí. Sí. Tal vez suene tonto, pero lo sentí. Lo vi. La enfermera que me miró raro cuando volví por tercera vez en el mismo mes. El médico que murmuró algo sobre “niñas que no hacen caso”. La sensación de que pensaban que exageraba. Que era débil. Que estaba ahí por gusto.
Yo no soy débil. Puedo ser ingenua respecto a mi mano, puedo ser muchas cosas, pero débil nunca. He aguantado más dolor del que puedo explicar. He seguido yendo a clase con la mano vendada. He estudiado mientras sentía calambres. He llorado sola para que nadie se preocupara. ¿Eso es debilidad?
Lo que pasa es que estoy cansada. Y no quiero volver a abrir esa puerta.
No quiero que otra vez me miren como si fuera un caso más. No quiero sus gestos de lástima. No quiero sus "vamos a intentarlo otra vez" cuando ni siquiera ellos creen en lo que dicen. No quiero volver a ver cómo mi madre me sonríe con esperanza y luego se le apaga la cara al salir de la consulta.
No quiero hacerme ilusiones. No otra vez. Prefiero vivir con el dolor que ya conozco, que arriesgarme a otra decepción. Y si suena cobarde, que lo sea. Pero es mi decisión.
Yo decido si voy al médico o no. Yo decido si quiero volver a empezar todo ese proceso. Es mi mano, mi tiempo, mi miedo. Mamá dice que lo hace porque me quiere. Y lo sé. Lo sé de verdad. Veo cómo me mira, cómo se preocupa, cómo me abraza por las noches pensando que estoy dormida. Pero esta vez no puedo dejar que me lleve sin más. Esta vez quiero que me escuche. Aunque me tiemble la voz. Aunque se me quiebre el alma. Quiero que, por una vez, escuche mi silencio.