Salimos del centro médico con el mismo frío con el que habíamos entrado, solo que ahora todo pesaba más. No era el aire. Era lo otro. Lo que no se decía.
Mi padre caminaba a mi lado sin mirar el móvil, sin hablar con nadie, sin hacer nada de lo que normalmente haría alguien que está simplemente esperando. Iba conmigo. Eso era todo. Pero incluso eso se sentía distinto.
Yo llevaba la mano pegada al cuerpo. No por protección consciente, sino porque cualquier movimiento pequeño me recordaba que algo no funcionaba bien. Cada paso era normal solo en apariencia.
—Vamos a pedir otra opinión —dijo él al rato.
No lo miré.
—Vale.
No sonó a acuerdo. Sonó a cierre automático de conversación. Seguimos andando. El sonido de los pasos era lo único constante. Él giró un poco la cabeza hacia mí, como si quisiera medir algo que no sabía medir.
—¿Te duele mucho?
Me encogí de hombros.
—Depende.
No preguntó de qué dependía. Eso fue lo único bueno del silencio. Cruzamos una calle sin coches. Luego otra. El mundo seguía funcionando como si nada de lo que acabábamos de escuchar dentro del centro médico importara demasiado. Dentro, sí importaba. Fuera, no había sitio para eso.
Yo notaba el pensamiento fijo en la cabeza, repetido, sin descanso. No tiene solución. No tiene solución. Como si la frase no hubiera salido del médico, sino de algún sitio más profundo. Mi padre suspiró una vez, corto, casi imperceptible.
—Ya pensaremos bien qué hacer —dijo.
«Ya pensaremos». Siempre había un «ya».
No respondí. Seguimos dos pasos más. Y entonces me paré. No fue dramático. No fue una escena. Simplemente dejé de caminar. Él también se detuvo, como si mi parada lo hubiera obligado a aterrizar de golpe. Me giré despacio hacia él.
—¿Ahora te importa?
Lo dije sin subir la voz. Eso fue lo extraño. No había rabia en la forma. Solo una especie de cansancio limpio, como si la pregunta hubiera estado ahí desde hacía demasiado tiempo y por fin hubiera salido.
Él frunció el ceño.
—Claro que me importa.
Asentí una vez, muy leve, sin humor.
—No cuando hacía falta.
El silencio cayó sin esfuerzo. No hubo choque. Solo ausencia de respuesta inmediata. Seguimos andando unos pasos más por inercia, pero ya no era el mismo ritmo. Era como si el camino se hubiera roto un poco entre los dos.
Mi padre respiró hondo.
—He estado intentando… —empezó.
Se quedó a medias. Yo solté una risa breve, sin alegría.
—No —lo dije bajo—. No me digas eso.
Volví a mirarlo. Esta vez sí.
—No me sirve ahora. —Hice una pausa. Sentí la mano doler un poco más, o quizá era otra cosa—. No me sirve que ahora estés aquí si antes no estabas.
Él abrió la boca, pero no salió nada. Eso fue peor que cualquier frase. Yo seguí, más despacio aún.
—No cuando yo estaba intentando entender todo esto sola.
El aire parecía más pesado alrededor.
—No estabas sola —dijo él al fin.
Lo miré fijo.
—Sí lo estaba.
No había dramatismo. Solo hecho. Mi padre bajó la mirada un segundo. Como si esa parte no supiera cómo sostenerla.
—No sé cómo hacerlo mejor —dijo después.
La frase cayó entre nosotros sin defensa, sin estructura, sin nada que la protegiera. Me quedé quieta. No porque no tuviera respuesta, sino porque esa respuesta no servía. Asentí otra vez, más lento.
—Ya… ese es el problema.
No añadí nada más. Me giré y seguí caminando. Esta vez, él no me siguió de inmediato.
Él tardó unos segundos en volver a caminar. Yo seguí adelante sin girarme. Escuchaba sus pasos detrás de mí, más lentos ahora. Como si estuviera pensando demasiado cada uno.
Durante un rato no hablamos. El ruido de una persiana bajando en algún local, un coche pasando al fondo y el viento frío moviendo las hojas llenaban mejor el espacio que nosotros.
Sentía el pecho apretado. No por la discusión. Era otra cosa. Había dicho algo que llevaba demasiado tiempo dentro y ahora ya no podía meterlo otra vez ahí.
—Creía que estaba haciendo lo correcto —dijo él al final.
Seguí mirando al frente.
—Pues te equivocaste.
Mi voz salió cansada. Ni siquiera sonó enfadada. Eso era lo peor. Mi padre bajó la mirada un momento mientras seguíamos andando. Se pasó una mano por la cara despacio, como si estuviera intentando despertarse de algo.
—No sabía cómo acercarme a ti después de todo.
Tragué saliva.
—Podías haberlo intentado igualmente.
El silencio volvió otra vez. Más pesado. Más incómodo. Esta vez no desapareció rápido. Me dolía la mano. Mucho. Pero debajo de eso había otra cosa peor. Algo más profundo. Como si estuviera demasiado cansada para seguir sosteniendo todo sola. Mi padre miró de reojo la venda de mi muñeca.