El Último año

37. Solo tenía que quedarme allí.

No sé cuánto tiempo estuvimos así.

Podrían haber sido unos segundos o varios minutos. No lo sé. Cuando alguien te abraza justo cuando ya no puedes más, el tiempo deja de importar.

Yo seguía llorando contra su pecho y él no decía nada. No intentaba convencerme de que todo iba a salir bien. No me decía que tenía que ser fuerte. No me preguntaba qué podía hacer.

Simplemente estaba allí.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que tuviera que hacer nada.

No tenía que explicar lo que me pasaba. No tenía que fingir que estaba bien. No tenía que pensar en mi padre, en mi madre, en los médicos ni en mi mano.

Solo tenía que quedarme allí.

La mejor sensación es cuando tu abuelo te abraza. Y ya solo me quedaba él.

🏐

Estaba dormida en el sofá cuando un ruido me despertó. Platos.

Mi abuelo estaba sacando el lavavajillas. Me levanté de un salto, tan rápido que hasta me mareé. Cuando aparecí en la cocina, él estaba tan tranquilo, a lo suyo, como si no pasara nada.

—Abuelo, deja los platos. Yo los recojo.

—No, no. Déjame a mí. Tú tienes que descansar la mano.

—Abuelo, no me pongas de excusa la mano, porque es diferente.

—No me lo parece. Yo puedo hacer esto bien.

—Sí, pero es lo que te dije. Hoy puedes, ¿pero y mañana? Mi mano ya se va a quedar así siempre. Tú puedes mejorar. Deja que lo haga yo.

—No hace falta. Ya he terminado casi.

—Mira, esto es un buen ejemplo. Si tuvieses aquí a alguien, podría hacer este tipo de cosas.

—Yo no necesito a nadie. Estoy bien.

—Tú no estás bien. Cada vez que andas se te escucha quejarte del dolor, te desvelas por las noches. Yo no soy tonta.

—Mira, cuando yo necesite a alguien, lo reconoceré, pero es que estoy bien. Tu abuelo, por ejemplo, sí habría necesitado a alguien.

—Él era diez años mayor que tú y, aun así, estaba mucho mejor. Eso solo fue un accidente. Tú puedes evitarlo si contratas a alguien o te vas a una residencia.

—¿Yo a una residencia? Ni muerto. En mi casa estoy perfecto. Además, tengo aquí al lado todo. Si me hace falta, llamo al panadero o al frutero y me acercan la comida a la ventana.

—¿Y por qué a ellos sí les pides ayuda y a nosotros no?

—No quiero molestaros, que estáis muy ocupados.

—No. Lo que nos molesta es que digas eso. La familia no está de adorno. Y cada vez que te preguntamos qué necesitas y nos dices que nada, además de mentirnos, estás haciendo que alguien más, que no tiene por qué, venga a ayudarte cuando a nosotros no nos cuesta nada.

—Pareces tu padre, que está todo el día riñéndome como si fuese un niño.

—¡Es que lo eres! No te estás dando cuenta, pero estás solo aquí. Y si te pasa algo, ¿quién sabe si podremos llegar a tiempo?

—Ay, pero no me grites.

—Aclárate. Un día quieres que te hable fuerte porque estás sordo y al otro no quieres que grite. No me cambies de tema.

—Uy, yo no hago eso.

—No, qué va.

Lo miré unos segundos antes de continuar.

—Mira, tú haz lo que quieras. Pero cuando dentro de poco estés peor, acuérdate de hoy.

Justo en ese momento, mi móvil empezó a sonar. Yupi. Era progenitor masculino, con el cual no quería hablar.

—Dime.

—¿Dónde estás? Te he estado escribiendo.

—Estaba con el abuelo, tu padre. Que, por si se te olvida, sigue vivo.

—Valeria...

—Valeria, no. Yo voy a verle más que tú.

—Yo tengo trabajo.

—Y yo clase, entreno y estudio.

—Bueno, ven ya a casa, que es tarde.

—El abuelo ha dicho que podía quedarme aquí.

—Ven ya.

—Voy.

Cuando llegué a casa, nada más abrir la puerta, escuché a mi padre desde la mesa.

—Niñas, poned la mesa.

Dejé mis cosas y fui a la cocina. Sara no respondió. Puse los platos, los vasos y los cubiertos. Lo hice todo prácticamente sola. No tenía ganas de discutir por eso.

Cuando terminé, me senté a la mesa.

La cena fue... normal. Mi madre hablaba con mi padre de cualquier cosa. Sara también participaba en la conversación como si no hubiese pasado nada durante el día. Yo apenas hablaba. Contestaba cuando me preguntaban algo, pero poco más.

No tenía ganas de contarles lo que había pasado con el abuelo. Ni de hablar del médico. Ni de mi mano. Simplemente quería terminar de cenar e irme a mi habitación.

Cuando acabé, cogí mi plato y lo llevé a la cocina. Después me fui a mi cuarto.

Me senté en la cama y apenas habían pasado unos minutos cuando escuché la puerta abrirse.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 31.08.2026

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