Estaba en casa.
No sabía qué hora era, pero fuera estaba oscuro. Todo parecía normal. Mis padres estaban en el salón y Sara estaba haciendo algo en la mesa.
Intenté levantarme. No pude. Volví a intentarlo, esta vez con más fuerza. Nada. Miré mis piernas. Estaban ahí. Podía verlas, pero no conseguía moverlas.
—Mamá.
No respondió.
—Mamá.
Lo dije más fuerte. Nada. Intenté mover los brazos. Uno de ellos apenas se movió.
—Mamá, ayúdame.
Mi madre pasó por delante de mí. Me miró. O eso creí. Siguió caminando.
—¡Mamá!
Empecé a gritar. Nadie reaccionaba. Mi padre estaba sentado en el sofá hablando con Sara. Los dos se reían de algo.
—¡Papá!
Nada.
—¡Papá, no puedo moverme!
Grité hasta que me dolió la garganta. Pero era como si no estuviera allí. Como si fuese invisible. Intenté arrastrarme por el suelo. No conseguía avanzar. Cada vez que intentaba moverme, mi cuerpo pesaba más.
Entonces sonó un teléfono. Mi padre dejó de hablar y miró la pantalla. Contestó. Yo seguía intentando llamar su atención.
—¿Sí?
Su expresión cambió.
—¿Qué ha pasado?
Me quedé quieta. Algo había pasado.
—¿Dónde está?
Sentí que se me cerraba el pecho. Mi padre se levantó.
—¿En el hospital?
Hospital.
No.
No, no, no.
—¿Quién está en el hospital?
Nadie respondió.
—¡¿Quién está en el hospital?!
Mi padre seguía hablando por teléfono.
—Voy para allá.
Se puso de pie y empezó a buscar las llaves.
—¡Papá!
Nada.
—¡Es el abuelo!
No sabía si lo había dicho o simplemente lo había pensado. Intenté levantarme otra vez. Nada. Intenté moverme hacia la puerta. Nada.
Mi padre salió de casa.
—¡Espera!
Mi madre lo siguió. Sara también. Los tres salieron. Y yo me quedé allí. Sola.
Intenté gritar.
—¡Esperad!
Nadie volvió.
Miré hacia la puerta. El abuelo estaba en el hospital. Y yo no podía moverme. No podía ir con él. No podía ayudarlo. No podía hacer absolutamente nada.
Empecé a llorar.
—Abuelo...
Intenté levantarme una última vez.
Y entonces me desperté.
🏐
Eran las cuatro de la madrugada del domingo. Después de aquella pesadilla, me quedé en la cama pensando un buen rato, pero ya no conseguía volver a dormirme.
«Se acabó», pensé.
Me levanté de la cama y empecé a sacar cosas de la mochila. Quedaba poco más de un mes para que comenzasen los exámenes finales y todavía me quedaban varios exámenes antes de llegar a ellos. Cuando ya tenía los libros fuera, junto con los cuadernos, escribí en la pizarra de la pared todo lo que tenía que hacer. Ya eran casi las cuatro y media y tenía por lo menos hasta las ocho para repasar.
04:30 - Repaso del vocabulario de inglés - 05:00 05:00 - Repaso de Biología - 06:00 06:00 - Repaso de Historia - 07:00 07:00 - Actividades de Física - 07:30 07:30 - Actividades de Matemáticas - 08:00
Esas tres horas y media fueron bastante productivas. De madrugada solía concentrarme más porque no había distracciones. A las ocho me levanté de la silla y me estiré un poco. Empezaba a dolerme el cuello por la mala postura que tenía al estudiar.
Saqué el móvil y empecé a escribirle un mensaje a mi abuelo para preguntarle si desayunábamos juntos ese día.
🏐
Me duché, me vestí y salí de casa sin entretenerme demasiado. Todavía tenía sueño, pero no quería volver a la cama. Además, había quedado con el abuelo.
Tardé unos minutos en llegar a su casa y abrí con mi llave.
—¿Quién es?
—Soy yo.
Escuché cómo se acercaba a la puerta.
—Buenos días, dormilona.
—Buenos días. ¿Dormilona yo? Llevo despierta desde las cuatro.
Me miró durante unos segundos.
—¿Desde las cuatro?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Tenía cosas que hacer.
—Valeri...
—No empieces.
Sonrió y negó con la cabeza.
—Pasa. Te estaba esperando.
Entré y dejé la mochila junto a la puerta.
—¿Has preparado algo para desayunar?
—He preparado café. Lo demás lo tienes que hacer tú.
—Entonces no has preparado nada.
—El café es lo importante.
—Eso lo dices porque no sabes cocinar.
—Eso lo dice alguien que todavía no sabe hacer un café decente.
—El mío está bueno.
—El tuyo sabe amargo.
—Me gusta cargado.
Me senté con él en la cocina. Durante un rato hablamos de cosas completamente normales. Me preguntó por los exámenes, por mis amigas y por el vóley. Yo le conté algunas cosas y él me escuchaba mientras desayunaba tranquilamente.
Después empezó a contarme historias suyas. Me encantaba cuando hacía eso. Me contaba cómo había sido su infancia en el internado, cómo había conocido a la abuela, historias de su trabajo, de la familia… Había veces que hasta me contaba cosas de papá o mías de cuando era muy pequeña. Casi me sabía su vida entera de memoria.
A veces me contaba la misma historia varias veces y yo ya sabía exactamente lo que iba a decir. Aun así, nunca lo interrumpía. Me gustaba escucharlo hablar.
Aquella mañana me contó una historia de cuando era joven que ya había escuchado al menos tres veces. Sabía cómo empezaba, sabía qué iba a decir después y hasta sabía dónde iba a hacer una pausa para reírse de sí mismo.
—Eso ya me lo has contado —le dije.
—¿Ah, sí?
—Sí. Unas veinte veces.
—Entonces será que es una buena historia.
—O que tienes mala memoria.
Se rio y siguió contándomela como si nada. Me gustaban esas mañanas. No tenía que hacer nada especial. Podía sentarme allí durante horas y escucharlo hablar. Cuando terminamos de desayunar, me levanté para recoger las tazas.
—Déjalo —dijo él—. Ya lo hago yo.
—No.
—Valeria.
—He venido a ayudarte.
Me miró durante un segundo y finalmente apartó la taza.
—Bueno. Entonces ayúdame con una cosa después.