París despertaba con la puntualidad indiferente de siempre. El murmullo de los autos, el eco lejano del metro y el aroma del pan recién horneado se colaban por las ventanas abiertas de los edificios antiguos, como si la ciudad respirara por cada grieta. En el pequeño apartamento de la rue de Belleville, ese sonido marcaba el inicio de otro día más… uno que Élise Moreau no había elegido.
El despertador no sonó. Nunca lo hacía. Élise se levantaba antes, por costumbre, por miedo a molestar, por esa disciplina silenciosa que se le había incrustado en el cuerpo desde que su padre murió y la casa dejó de sentirse suya.
Se deslizó fuera del sofá —su lugar para dormir desde hacía dos años— y caminó descalza hacia la cocina. El suelo estaba frío. Siempre lo estaba. Preparó café, sirvió tres tazas que no bebería y dejó la mesa impecable antes de que nadie apareciera. El ruido de una puerta cerrándose con brusquedad anunció la llegada de Camille.
—¿No has planchado mi blusa blanca? —preguntó sin saludar, revisando su teléfono—. La necesito ahora.
Élise asintió de inmediato.
—La hago enseguida.
No discutía. No preguntaba. No explicaba que ya había planchado tres vestidos, dos camisas y un abrigo. En esa casa, su cansancio no tenía valor.
Mientras la plancha deslizaba el calor sobre la tela, Élise pensó —como cada mañana— en cómo había llegado hasta ahí. Recordó la risa de su padre llenando el apartamento, las tardes en que ponía música y la hacía girar por la sala, diciéndole que algún día bailaría en grandes escenarios. Entonces, la casa era luz. Ahora era silencio tenso y órdenes disfrazadas de cortesía.
—Élise —llamó Madeleine Moreau desde la puerta—. Asegúrate de limpiar bien el salón hoy. Tendremos visitas esta noche.
Élise levantó la mirada.
—¿Visitas?
—Gente importante —respondió Madeleine, ajustándose el collar frente al espejo—. No quiero que nada desentone.
Nada. O nadie.
Chloé apareció detrás de su madre, con una sonrisa suave que nunca llegaba a los ojos.
—Ah, y no olvides dejar la ropa lista antes de salir. Camille y yo iremos a una gala esta semana. Tendrás mucho trabajo.
Una gala.
La palabra quedó flotando en el aire, clavándose en Élise como una punzada breve pero insistente. No dijo nada. Nunca decía nada.
Cuando la puerta se cerró y el apartamento quedó en calma, Élise terminó sus tareas y se permitió algo que solo hacía cuando estaba sola: encender la música. Bajita. Casi en secreto. Sus pies se movieron sin pensarlo, descalzos sobre el suelo, siguiendo un ritmo que conocía de memoria. El cuerpo recordaba lo que la mente intentaba olvidar.
Bailar era su único lugar seguro.
Giró una vez. Dos. Se detuvo al escuchar pasos en el pasillo del edificio. Apagó la música. El silencio volvió a ocuparlo todo.
Al otro lado de la ciudad, en un despacho amplio con vista al Sena, Julien Beaumont observaba París desde un ventanal que lo separaba del mundo. El traje oscuro, perfectamente ajustado, le quedaba como una armadura. Elegante. Impecable. Vacía.
—La confirmación llegó esta mañana —dijo su asistente, dejando una carpeta sobre el escritorio—. La gala benéfica será el evento cultural del año. Todas las miradas estarán sobre usted.
Julien asintió sin entusiasmo.
La gala. La palabra tenía otro peso para él. No era solo un evento, era un cierre. Una despedida de la vida que conocía antes de aceptar el rol que su apellido exigía. Director, heredero, figura pública. Todo menos libre.
—Quiero que sea perfecta —dijo finalmente—. Pero no fría. Que se sienta… distinta.
Su asistente lo miró con curiosidad.
—¿Distinta cómo?
Julien tardó en responder.
—Como si esa noche pudiera cambiar algo.
Cuando quedó solo, apoyó las manos en el vidrio del ventanal. La ciudad se extendía ante él, hermosa y distante. Había conocido a muchas personas, había bailado en innumerables salones, pero ninguna de esas noches le había dejado algo real.
Tal vez por eso organizaba esa gala.
Tal vez por eso sentía que algo —o alguien— aún estaba por llegar.
Esa misma tarde, Élise salió del apartamento con una bolsa de tela colgando del hombro. Caminó hasta un pequeño estudio escondido entre tiendas antiguas y cafés ruidosos. Amélie Laurent la recibió con una sonrisa exagerada y los brazos abiertos.
—¡Por fin! Pensé que te habían encerrado de nuevo.
Élise sonrió, cansada pero sincera.
—Casi.
Amélie la observó con atención.
—No puedes seguir desapareciendo, Élise. El mundo no se va a dar cuenta de ti si tú sigues escondiéndote.
Élise bajó la mirada.
—No todos pueden elegir.
Amélie negó con la cabeza.
—Eso es mentira. Algunos solo necesitan una excusa.
Entre telas, bocetos y risas suaves, Élise sintió algo parecido a paz. No sabía que esa conversación, ese lugar y esa tarde serían el primer paso hacia una noche que lo cambiaría todo.
Porque sin saberlo, mientras París seguía su ritmo implacable, dos vidas avanzaban en líneas paralelas…
a punto de encontrarse en una pista de baile donde el tiempo dejaría de importar.
Y donde Élise Moreau, por primera vez, no sería invisible.