El Último Baile

Capítulo 2 - La invitación que no debía existir

La carta llegó un martes por la tarde, escondida entre publicidad y sobres que no llevaban su nombre.

Élise la encontró cuando vaciaba el buzón del edificio, con el gesto automático de quien no espera nada. El sobre era grueso, color marfil, con letras negras cuidadosamente impresas. No estaba dirigida a ella. Lo supo de inmediato.

Madeleine Moreau.

Élise sostuvo el sobre unos segundos más de lo necesario. Reconoció el sello, el tipo de papel, incluso el peso exacto de algo importante. Las manos le temblaron apenas, pero no por curiosidad, sino por ese presentimiento incómodo que se le instalaba siempre que algo extraordinario se acercaba demasiado a su vida.

Subió las escaleras despacio, como si el sonido de sus pasos pudiera despertar una tormenta.

En el apartamento, Madeleine revisaba su reflejo frente al espejo del recibidor. Camille estaba sentada en el sofá, revisando redes sociales; Chloé escribía mensajes desde la mesa.

—Ha llegado el correo —dijo Élise, dejando los sobres sobre la consola.

Madeleine tomó el marfil de inmediato.

—Por fin.

Lo abrió con una sonrisa contenida. Sus ojos se iluminaron apenas.

—La gala Beaumont —anunció—. Palacio de Valois. Este viernes.

Camille soltó un pequeño grito ahogado.
—¿La gala cultural? ¿La de Julien Beaumont?

—La misma —respondió Madeleine—. Solo asistirán invitados selectos.

Chloé levantó la mirada, interesada.
—¿Cuántas invitaciones?

Madeleine sacó una tarjeta rígida.
—Dos.

El silencio cayó como un peso invisible.

Camille ya se había puesto de pie.
—Iré yo.

—Por supuesto —dijo Madeleine—. Chloé me acompañará.

Élise no reaccionó. No esperaba otra cosa. Se giró para ir a la cocina cuando la voz de Madeleine la detuvo.

—Necesitaré que ajustes los vestidos esta noche —ordenó—. Y que te encargues del resto. No quiero contratiempos.

—Sí —respondió Élise, sin mirarlas.

Pero algo no encajaba. Lo sintió mientras cortaba verduras, mientras planchaba telas caras que nunca tocarían su piel, mientras escuchaba a Camille hablar de fotógrafos y a Chloé de contactos importantes.

La invitación había traído consigo un aire distinto. Como si el apartamento se hubiera llenado de expectativas ajenas… y de una posibilidad prohibida.

Esa noche, cuando por fin quedó sola, Élise volvió a abrir el sobre vacío. Dentro, algo había quedado atrapado en el pliegue: una tarjeta adicional, más pequeña, sin nombre.

Una invitación extra.

El corazón le dio un vuelco.

La sostuvo entre los dedos como si pudiera desaparecer en cualquier momento. No decía para quién era. Solo la fecha, la hora, el lugar. Como si estuviera esperando a la persona correcta.

Élise cerró los ojos.

—No —susurró—. Esto no es para mí.

Pero el papel no se movió.

El estudio de Amélie Laurent olía a café y a telas nuevas. Élise llegó con la invitación guardada en el fondo del bolso, como un secreto que quemaba.

—Te pasa algo —dijo Amélie apenas la vio—. Se te nota en los hombros.

Élise dudó antes de sacar la tarjeta.

Amélie la leyó una vez. Dos. Luego alzó la vista lentamente.

—¿Es una broma?

—No —respondió Élise—. No debería existir.

Amélie sonrió de lado.
—Las mejores cosas nunca deberían.

—No puedo ir —dijo Élise con rapidez—. No tengo vestido. No tengo dinero. No tengo…

—Valor —terminó Amélie—. Eso sí lo tienes, aunque no lo uses.

Élise negó con la cabeza.
—No pertenezco a ese mundo.

Amélie dejó la invitación sobre la mesa de trabajo, entre bocetos y alfileres.
—Escúchame bien. No se trata de pertenecer. Se trata de atreverte a entrar.

Se acercó a un maniquí cubierto por una tela suave, aún sin terminar.

—Este vestido iba a ser para otra persona —confesó—. Pero no lo es. Nunca lo fue.

Élise lo tocó con cuidado, como si pudiera romperlo.

—Amélie…

—Una noche —insistió—. Un solo baile. Nadie te va a pedir explicaciones.

Élise cerró los ojos. Vio el rostro de Madeleine, la casa, el sofá, los años perdidos. Luego recordó cómo su padre la hacía girar, riendo.

—¿Y si todo sale mal? —preguntó.

Amélie sonrió.
—Entonces habrá salido real.

Mientras tanto, en el Palacio de Valois, Julien Beaumont recorría el salón vacío. Los preparativos avanzaban con precisión milimétrica, pero algo seguía faltando.

—¿Está todo listo? —preguntó su asistente.

Julien asintió, distraído.

Caminó hasta el centro de la pista de baile. Imaginó la música, las luces, las conversaciones vacías. Todo era perfecto. Demasiado.

Sin saber por qué, pensó en alguien que aún no conocía.

En una presencia distinta.

—Quiero un momento sin discursos —dijo de pronto—. Solo música. Un baile.

Su asistente lo miró sorprendido.
—¿Para quién?

Julien no respondió.
—Para quien lo necesite.

Esa noche, Élise guardó la invitación bajo el colchón del sofá. El vestido aún no estaba terminado. El miedo seguía ahí.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez, el reloj avanzaba…
y ella no estaba segura de querer detenerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.