Élise descubrió que el miedo no siempre grita.
A veces se instala con suavidad, como una costumbre.
Estaba sentada en el borde del sofá, con las manos apoyadas sobre las rodillas, observando el apartamento sumido en una quietud extraña. Madeleine y sus hijas habían salido temprano. El silencio que dejaron no era paz, sino un espacio vigilado, como si las paredes todavía esperaran órdenes.
Se levantó despacio y caminó hacia el espejo del pasillo. El mismo de siempre. El que la devolvía una imagen correcta, discreta, casi invisible. Se miró sin juicio, como quien observa a una desconocida.
—Así es como me ven —pensó—. Así es como aprendí a quedarme.
Recordó el primer día después de la muerte de su padre. Cómo Madeleine había reorganizado la casa sin preguntarle nada. Cómo su habitación fue “temporalmente” ocupada. Cómo el sofá se volvió definitivo. Nadie lo dijo en voz alta, pero Élise entendió el mensaje: no incomodar, no pedir, no existir demasiado.
Abrió la ventana. París respiraba ahí afuera, ajena a su historia. La gente caminaba deprisa, persiguiendo cosas que parecían urgentes. Élise se preguntó cuántas de esas personas se sentían atrapadas en vidas que no eligieron.
Se quitó los zapatos y apoyó los pies descalzos en el suelo frío.
Entonces, como si el cuerpo recordara antes que la mente, comenzó a moverse.
No era una danza completa. No había música. Solo gestos pequeños, casi imperceptibles. Un giro leve, un brazo que se eleva, una pausa. Bailaba así cuando nadie miraba. No para lucirse. Para no romperse.
En esos movimientos estaba todo lo que no decía.
El deseo de ser vista sin ser juzgada.
El cansancio de sostener silencios ajenos.
La pregunta que nunca se había permitido formular:
¿Y si merezco algo más?
Se detuvo al escuchar el sonido de la cerradura. El hechizo se rompió de inmediato. Élise volvió a ser quietud.
—¿No has limpiado aún el comedor? —preguntó Madeleine al entrar—. Vendrán visitas mañana.
—Lo haré ahora —respondió Élise.
Siempre ahora. Nunca después.
Más tarde, en su pequeño refugio improvisado —el sofá, la manta, la luz tenue— sacó la invitación de debajo del colchón. La observó como si fuera un objeto peligroso. No por lo que prometía, sino por lo que exigía: una decisión.
Ir significaba cruzar una frontera invisible.
Quedarse era seguir siendo quien todos esperaban.
Cerró los ojos y pensó en la gala. En la música. En un salón lleno de rostros desconocidos. Sintió vértigo. Pero también algo nuevo, frágil, insistente.
Esperanza.
En otra parte de la ciudad, Julien Beaumont se quitaba el reloj por primera vez en horas.
El despacho estaba en penumbra. Las luces de París entraban filtradas, reflejándose en superficies pulidas que no le decían nada. Se aflojó la corbata y se sentó, cansado de una fatiga que no era física.
Había hecho todo correctamente.
Había seguido cada paso.
Había sido exactamente lo que se esperaba de él.
Y aun así, algo le faltaba.
Pensó en la gala. En los discursos ensayados. En las manos que estrecharía. En las sonrisas calculadas. De pronto, esa perfección le resultó asfixiante.
Se levantó y puso música. No la que solía escucharse en eventos oficiales, sino una melodía suave, casi íntima. Caminó por el salón vacío del palacio, imaginando la pista llena.
—Un solo baile —murmuró—. Eso es todo lo que quiero.
No sabía con quién. No sabía por qué. Solo sabía que lo necesitaba.
Esa noche, Élise se acostó sin apagar la luz.
La invitación reposaba en la mesita, visible, real.
No soñó con vestidos ni con príncipes.
Soñó con espacio.
Con respirar sin permiso.
Con alguien que la mirara y no esperara que se encogiera.
Cuando despertó, el miedo seguía ahí.
Pero ya no estaba solo.