El Último Baile

Capítulo 4 - Antes de cruzar la puerta

El vestido colgaba del maniquí como si aún dudara de existir.

Élise lo observó desde la entrada del estudio de Amélie, sin atreverse a tocarlo. La tela era suave, ligera, del color de la noche justo antes de volverse azul oscuro. No era ostentoso ni exagerado. Era elegante en silencio, como si hubiera sido pensado para alguien que nunca quiso llamar la atención, pero que merecía hacerlo.

—No lo mires así —dijo Amélie, apareciendo con una taza de café—. Se va a poner nervioso.

Élise soltó una risa breve, casi incrédula.
—Siento que no es para mí.

Amélie dejó la taza y se acercó.
—Eso dices porque nunca te has visto como te ven los demás cuando no estás pidiendo permiso.

Con cuidado, ayudó a Élise a colocarse el vestido. Cada botón cerrado era una respiración contenida. Cuando terminó, giró el maniquí hacia el espejo.

Élise levantó la mirada.

Durante unos segundos no reconoció a la mujer reflejada allí. No porque fuera distinta, sino porque estaba presente. El vestido no la disfrazaba; la revelaba. Sus hombros, antes encogidos, parecían más firmes. Sus ojos, siempre atentos a no incomodar, brillaban con una mezcla de miedo y determinación.

—Mi padre… —susurró— habría sonreído.

Amélie apoyó una mano en su espalda.
—Entonces ya está. Eso es suficiente.

Antes de irse, Amélie sacó una pequeña pulsera del cajón.
—Por si necesitas recordar quién eres cuando todo te abrume.

Élise la tomó como si fuera un amuleto.

El apartamento estaba extrañamente silencioso cuando Élise regresó.

Demasiado.

Las luces del salón estaban encendidas. Madeleine revisaba unos papeles. Camille y Chloé hablaban animadamente cerca del espejo, ya vestidas para la gala. Los vestidos caros, los tacones, el perfume: todo gritaba pertenencia.

Élise cruzó el umbral.

El silencio se quebró.

—¿Y eso? —preguntó Camille, recorriéndola de arriba abajo.

Madeleine alzó la vista lentamente. Sus ojos se detuvieron en Élise con una precisión casi quirúrgica.

—¿A dónde crees que vas?

Élise tragó saliva.
—Tengo una invitación.

Chloé frunció el ceño.
—Eso es imposible.

Élise sacó la tarjeta del bolso. No la agitó. No la defendió. Simplemente la mostró.

Madeleine se levantó despacio.
—No tienes nada que hacer allí.

—Tal vez sí —respondió Élise, sorprendida de escuchar su propia voz firme.

Camille rió, incómoda.
—No hagas el ridículo.

Durante años, esa frase habría sido suficiente para detenerla. Pero algo había cambiado. Élise sintió el peso del vestido, la pulsera en su muñeca, el recuerdo de su padre.

—No voy a hacer el ridículo —dijo—. Voy a bailar.

El rostro de Madeleine se endureció.
—Si sales por esa puerta, no esperes privilegios.

Élise la miró a los ojos.
—Nunca los tuve.

Tomó su abrigo. Abrió la puerta.

Nadie la detuvo.

El aire nocturno de París la envolvió como un bautismo.

Élise caminó unas cuadras antes de detenerse, como si necesitara comprobar que realmente había salido. Llamó a un taxi con manos temblorosas. Cuando el vehículo arrancó, la ciudad comenzó a moverse frente a ella: luces, puentes, reflejos en el Sena.

Cada metro la alejaba de la casa… y de la persona que había sido allí.

El corazón le latía con fuerza. Pensó en el salón lleno de desconocidos, en las miradas, en la música. Pensó en darse la vuelta. En decir que había sido una locura.

Pero entonces recordó cómo se había sentido frente al espejo.

—Solo un baile —susurró.

El taxi se detuvo frente al Palacio de Valois. El edificio brillaba como una promesa imposible. Élise pagó y bajó despacio. Sus pies tocaron el suelo con una decisión nueva.

Respiró hondo.

Dentro, alguien estaba a punto de pedir ese baile sin saber su nombre.
Y ella, por primera vez, estaba lista para aceptarlo.




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