El Último Baile

Capítulo 5 - Cuando dos mundos se reconocen

El Palacio de Valois brillaba como una promesa imposible.

Élise se detuvo unos segundos antes de cruzar la entrada. Desde fuera, el edificio parecía respirar luz: columnas iluminadas, música flotando en el aire, voces suaves mezcladas con el tintinear de copas. Todo parecía ajeno a ella. Demasiado perfecto. Demasiado ajeno.

Apretó los dedos alrededor del pequeño bolso. Sintió la pulsera en su muñeca. Recordó el espejo. Recordó que había salido de casa sin pedir permiso.

Y dio el primer paso.

El vestíbulo la recibió con un murmullo constante, elegante, medido. Tacones sobre mármol, risas discretas, miradas que evaluaban sin disimulo. Élise avanzó despacio, consciente de cada movimiento de su cuerpo, como si el suelo pudiera desaparecer si se movía demasiado rápido.

Nadie la conocía.
Nadie sabía de dónde venía.
Y, por primera vez, eso no la debilitaba.

Un camarero pasó a su lado con una bandeja de copas. Élise tomó una solo para tener algo que sostener. El vestido se movía con ella, ligero, obediente. No era un disfraz. Era una piel nueva.

Algunos invitados la miraron con curiosidad. Otros apenas repararon en ella. Élise no buscaba atención. Solo intentaba respirar.

Entonces, al fondo del salón, Julien Beaumont levantó la vista.

No estaba buscando a nadie. Escuchaba a medias una conversación sobre donaciones y futuros proyectos, asentía por costumbre. Pero algo —una presencia, una interrupción invisible— lo hizo girar la cabeza.

Y la vio.

No fue inmediato. No fue un golpe. Fue una pausa.

La mujer que acababa de entrar no hablaba, no reía, no se movía como los demás. Había en ella una quietud distinta, una forma de estar que no pedía nada. Julien sintió que el ruido del salón se apagaba ligeramente, como si el mundo hubiera bajado el volumen.

Élise levantó la mirada…
y sus ojos se encontraron con los de él.

El tiempo se contrajo.

No hubo sonrisas ensayadas ni gestos estudiados. Solo dos miradas sosteniéndose un segundo más de lo necesario. Julien no pensó en su apellido, ni en la gala, ni en su papel. Pensó, absurdamente, en cómo esa mujer parecía estar cruzando una frontera invisible.

Élise sintió el impacto en el pecho. No sabía quién era él. Solo supo que, por alguna razón inexplicable, ese hombre la estaba mirando como si la viera.

No como un adorno.
No como un error.
Como alguien real.

Apartó la mirada primero, sobresaltada por la intensidad. Bajó los ojos hacia su copa, respiró hondo. No te encierres, se dijo. No esta noche.

Julien, en cambio, no pudo apartar los suyos de inmediato. Algo en la forma en que ella se movía —cauta, pero firme— lo desarmó. No pertenecía al desfile habitual de la gala. No estaba allí para ser vista. Estaba allí a pesar del miedo.

—Disculpa —dijo alguien a su lado.

Julien reaccionó tarde.
—Sí… perdón.

Pero ya no escuchaba. Su atención volvía una y otra vez a ella, mientras Élise avanzaba hacia el salón principal, como si cada paso fuera una decisión consciente de no desaparecer.

La música cambió. Un murmullo recorrió el lugar.

Julien dejó la conversación sin despedirse. Caminó despacio, como si temiera romper algo delicado. Élise se detuvo cerca de la pista, observando el espacio con una mezcla de asombro y vértigo.

Sintió su presencia antes de escucharlo.

—Buenas noches.

La voz era calmada, grave, sin pretensión. Élise giró despacio.

Julien estaba frente a ella.

No sonreía de manera exagerada. No la examinaba. Simplemente estaba ahí, como si ese lugar los hubiera llevado inevitablemente al mismo punto.

—Buenas noches —respondió ella.

Hubo un silencio breve. No incómodo. Denso.

—No creo haberte visto antes —dijo él.

Élise sostuvo su mirada.
—No suelo estar en lugares como este.

Julien inclinó apenas la cabeza, intrigado.
—Me alegra que hoy lo estés.

Ella no supo qué responder. El corazón le latía fuerte, pero no con miedo. Con reconocimiento.

La música volvió a subir, envolviéndolos.

Julien extendió la mano, no como una orden, sino como una invitación sincera.
—¿Bailas?

Élise dudó solo un segundo.

Pensó en el sofá.
En la puerta cerrándose.
En la noche que había decidido no huir.

Colocó su mano en la de él.

—Sí —dijo.

Y mientras se dirigían a la pista, ninguno de los dos sabía aún que ese gesto sencillo, ese primer cruce de miradas, estaba a punto de convertirse en el momento que dividiría sus vidas en un antes y un después.

La música no era rápida.
Tampoco grandiosa.
Era una melodía suave, sostenida, como si alguien hubiera decidido tocar solo para ellos.

Julien colocó una mano en la espalda de Élise con cuidado, como si temiera invadir un espacio sagrado. Ella apoyó la suya en su hombro, ligera, consciente de cada respiración compartida. El salón siguió girando, pero a una distancia prudente, como un recuerdo borroso.

—Bailas muy distinto —dijo él en voz baja.

Élise alzó la mirada, sorprendida.
—¿Distinto?

—Sí —respondió Julien—. No estás pensando en cómo te ves. Estás… escuchando.

Ella sonrió apenas.
—Es la única forma que conozco.

Dieron un giro lento. Élise sintió cómo el cuerpo recordaba antes que la mente. El miedo se disolvía en el movimiento. El vestido seguía cada paso como si siempre hubiera sido suyo.

—No pareces cómoda con los lugares llenos de gente —continuó él—. Y aun así, aquí estás.

Élise dudó.
—A veces hay que entrar a un lugar para saber si realmente no perteneces… o si solo te lo hicieron creer.

Julien la observó con atención. No había dramatismo en su voz. Solo verdad.

—¿Y qué estás descubriendo esta noche?

Ella respiró hondo.
—Que pertenecer no siempre significa encajar.




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