Élise despertó con la sensación de haber vivido algo que no encajaba del todo en su vida.
La luz gris de la mañana parisina se filtraba por la ventana, suave, casi tímida. El vestido de la gala colgaba del respaldo de la silla, inmóvil, como una prueba muda de que la noche anterior no había sido un sueño. Aun así, Élise tardó unos segundos en aceptar que todo había ocurrido de verdad.
Se incorporó lentamente y miró su muñeca.
Vacía.
El corazón le dio un pequeño vuelco. No era la pulsera lo que importaba —se dijo—, sino lo que había significado llevarla. Aun así, la ausencia pesaba. Como si hubiera dejado atrás algo más que un objeto.
Se levantó y caminó hasta el espejo. El reflejo le devolvió una versión de sí misma que reconocía… y al mismo tiempo no. Había algo distinto en su mirada. Una calma nueva. O tal vez una grieta.
—Solo fue un baile —susurró.
Pero no lo creyó.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Julien Beaumont observaba la pulsera apoyada sobre su escritorio como si fuera un enigma imposible de resolver.
Había intentado concentrarse desde temprano. Reuniones, correos, llamadas. Nada funcionaba. Su mente volvía una y otra vez al mismo punto: la forma en que ella había sonreído antes de irse. No con nostalgia, sino con valentía.
No había dicho su apellido.
No había dejado una promesa.
Solo una ausencia.
—Esto es absurdo —murmuró Julien, pasándose una mano por el cabello.
Y aun así, ahí estaba. Preguntando discretamente a los organizadores de la gala. Revisando listas de invitados. Haciendo llamadas que nunca solía hacer. No porque creyera que la encontraría fácilmente, sino porque no intentarlo le parecía peor.
La pulsera no era cara. No tenía iniciales ni marcas evidentes. Pero Julien había aprendido a leer detalles. Y ese detalle decía algo muy claro: ella no pertenecía del todo a ese mundo.
Eso, lejos de desanimarlo, lo intrigaba más.
Élise pasó el día intentando volver a su rutina. El café de siempre, el trayecto habitual, las mismas calles. Pero todo parecía ligeramente desplazado, como si la ciudad hubiera cambiado de eje sin avisar.
En el metro, se sorprendió buscando rostros desconocidos.
En cada reflejo de cristal, esperaba verlo.
Y se enfadó consigo misma por ello.
—No va a buscarte —se dijo con firmeza—. No tiene por qué hacerlo.
Y, sin embargo, una parte de ella deseaba que lo hiciera.
Por la tarde, mientras ordenaba papeles en el pequeño taller donde trabajaba, su jefa la observó en silencio unos segundos más de lo normal.
—Estás distraída —comentó—. Eso no te pasa a menudo.
Élise sonrió, esquiva.
—Solo estoy cansada.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
Julien salió de su oficina entrada la noche. París estaba encendida, viva, indiferente a su búsqueda. Caminó sin rumbo fijo durante un rato, algo que no solía permitirse. Pensó en cómo había cambiado su forma de moverse durante el baile. En cómo había seguido su ritmo sin imponer el suyo.
Eso no le pasaba nunca.
Se detuvo frente al Sena y sacó la pulsera del bolsillo del abrigo. La sostuvo entre los dedos, pensativo.
—No desapareces así como así —dijo en voz baja—. No después de mirarme de esa forma.
No era obsesión. Era certeza.
Julien sonrió apenas, como quien acepta un desafío inesperado.
Esa noche, Élise se acostó temprano. Cerró los ojos con la esperanza de dormir sin pensar. No lo logró. La imagen de Julien regresó, insistente, pero distinta. No como un recuerdo, sino como una pregunta abierta.
¿Y si no había terminado?
En algún punto, casi sin darse cuenta, Élise se quedó dormida con una idea que no se atrevía a formular del todo:
Que algunas historias no empiezan cuando dos personas se conocen…
sino cuando intentan olvidarse y no pueden.
Y, en algún lugar de la ciudad, Julien Beaumont pensaba exactamente lo mismo.