El Último Baile

Capítulo 7 - A un paso

París tenía una manera cruel de jugar con las coincidencias.

Élise salió de casa más temprano de lo habitual aquella mañana. El aire estaba frío, limpio, y la ciudad aún no había terminado de desperezarse. Caminó con los auriculares puestos, aunque la música llevaba rato sin sonar. Sus pensamientos ocupaban todo el espacio.

Al doblar la esquina de la rue Saint-Honoré, se detuvo un segundo para dejar pasar a un coche negro que se estacionaba justo frente al café de siempre.

No levantó la vista.

Dentro del vehículo, Julien Beaumont bajó del asiento trasero mientras revisaba un mensaje en su teléfono. Alzó la mirada justo cuando la puerta del café se cerraba suavemente.

Vio solo la espalda de una mujer.
El movimiento familiar de su paso.
La forma en que se recogía el cabello.

Sintió algo parecido a un tirón en el pecho.

—Espera… —murmuró.

Pero ya era tarde.

Élise pidió su café sin mirar atrás. Julien entró un minuto después, recorriendo el lugar con la mirada. No la vio. Solo una mesa vacía junto a la ventana, aún tibia.

Se sentó sin pedir nada. No sabía por qué estaba allí. Solo sabía que había llegado tarde por segundos.

Más tarde ese día, Élise cruzó el Pont des Arts con una carpeta apretada contra el pecho. El viento levantaba hojas secas, y el río avanzaba indiferente bajo el puente.

Se detuvo a mirar el agua, pensando en la gala, en la pulsera, en cómo algunas noches se quedaban atrapadas en la piel.

Detrás de ella, Julien caminaba hablando por teléfono, distraído, escuchando apenas.

—No, no es una búsqueda oficial —decía—. Solo… necesito saber.

Pasó a menos de dos metros de Élise.

Ella se giró al sentir una presencia cercana. Vio solo su perfil alejándose, elegante, decidido, extrañamente familiar. El corazón le dio un salto absurdo.

—No —se dijo—. No puede ser.

Julien, ya del otro lado del puente, se detuvo sin saber por qué. Miró atrás. No vio a nadie.

Solo el eco de una sensación.

Por la noche, Élise aceptó una invitación que normalmente habría rechazado: una pequeña inauguración en una galería del Marais. No iba arreglada. No esperaba nada.

Julien llegó tarde al mismo lugar, empujado por una intuición que empezaba a volverse insistente.

Ella estaba observando un cuadro cuando él entró.
Él hablaba con el curador cuando ella se dio la vuelta.

Los separaban una columna, tres pasos, un suspiro.

Élise avanzó hacia la salida justo cuando Julien dio un paso hacia el interior de la sala. La gente se interpuso. Las luces cambiaron. El momento se rompió.

Julien vio solo una sombra alejarse.
Élise sintió que alguien la había buscado sin tocarla.

Ambos se quedaron quietos un instante, incómodos, inquietos.

Como si el destino hubiera pasado demasiado cerca.

Esa noche, los dos pensaron lo mismo desde lugares distintos de la ciudad:

No era casualidad.
París no era tan grande.
Y la distancia empezaba a sentirse deliberada.

El hilo que los unía se tensaba.

Y tarde o temprano, alguien iba a tirar de él.




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