Élise empezó a sentirlo como una presión constante, suave pero persistente. No era miedo exactamente. Era algo más parecido a una verdad que se aproximaba sin pedir permiso.
Esa mañana, París amaneció cubierto por una llovizna ligera. Élise caminaba sin paraguas, dejando que el agua le humedeciera el abrigo. Le gustaba pensar que así podía pasar desapercibida, mezclarse con la ciudad, ser solo otra silueta más.
Pero no lo era.
Se detuvo frente al escaparate de una librería en Saint-Germain. Fingió interés por los títulos expuestos, aunque su reflejo en el cristal la distraía. Observó cómo la gente pasaba detrás de ella… y entonces lo vio.
No de frente.
No claramente.
Solo el contorno de un hombre detenido a unos metros, mirando hacia el interior de la tienda.
Su respiración se volvió lenta.
No podía ser una coincidencia más. No después de todo.
Élise se giró con cuidado. Julien ya no estaba ahí. En su lugar, una pareja y un hombre mayor con un periódico. Aun así, la sensación permanecía, firme, innegable.
Alguien la estaba buscando.
Julien caminaba rápido, molesto consigo mismo. Se había detenido frente a la librería sin saber por qué. Solo había seguido una intuición, esa misma que llevaba días empujándolo en direcciones absurdas.
No la vio.
Pero la sintió.
Era como si algo invisible lo obligara a frenar justo antes del encuentro. Como si el tiempo jugara con él.
—Basta —se dijo en voz baja—. Esto no puede seguir así.
Sacó el teléfono y miró la foto de la pulsera, que había decidido guardar. No tenía pistas reales. Solo una certeza incómoda: cuando la encontrara, nada sería simple.
Y aun así, quería hacerlo.
Por la tarde, Élise regresó al taller. El olor a telas y papel la calmó un poco. Se concentró en su trabajo, en los detalles pequeños, en lo concreto. Necesitaba recordar quién era antes de la gala, antes del baile.
Pero incluso allí, segura entre paredes conocidas, algo cambió.
Un cliente entró, dejó la puerta abierta unos segundos. Élise levantó la vista por reflejo. No era Julien.
Sintió decepción.
Eso la asustó más que cualquier coincidencia.
Julien llegó esa noche a un evento al que no tenía ganas de asistir. El lugar estaba lleno, las conversaciones eran previsibles. Saludó a conocidos sin escucharlos realmente.
De pronto, creyó verla cruzar el salón.
Su corazón reaccionó antes que su mente.
Avanzó entre la gente, ignorando llamados, excusas, compromisos. Cuando llegó al punto exacto, solo encontró un abrigo colgado y una copa olvidada.
Julien se quedó quieto, respirando hondo.
No era frustración.
Era decisión.
Élise, por su parte, se sentó esa noche en el borde de la cama, con las manos entrelazadas. Pensó en la pulsera, en la huida, en los pasos que casi coincidían una y otra vez.
—Si vuelve a pasar… —susurró— no voy a huir.
No sabía si lo decía como promesa o advertencia.
En distintos puntos de la ciudad, ambos llegaron a la misma conclusión sin saberlo:
El siguiente cruce no podía ser evitado.
Ya no era cuestión de destino.
Era una elección.
Y París estaba a punto de dejarlos frente a frente.