El Último Baile

Capítulo 9 - El lugar al que siempre vuelve

La casa estaba en silencio cuando Élise llegó esa noche.

Un silencio tenso, de esos que no tranquilizan, solo anuncian algo. Se quitó los zapatos con cuidado y dejó el abrigo colgado junto a la puerta. El olor familiar —una mezcla de limpieza reciente y algo rancio— la recibió como siempre.

—Llegas tarde —dijo una voz desde la cocina.

Élise cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Sí.

Camille apareció primero. Perfecta, impecable, con esa expresión de leve fastidio que nunca parecía abandonarla. Detrás, Sophie se apoyaba en el marco de la puerta, revisando su teléfono, aunque escuchaba cada palabra.

—¿Sabes qué hora es? —preguntó Camille—. Mamá llamó dos veces.

Élise dejó el bolso sobre la mesa.
—No escuché el teléfono.

—Claro —intervino Sophie sin levantar la vista—. Siempre estás en tu mundo.

El comentario cayó con la naturalidad de algo repetido demasiadas veces. Élise no respondió. Había aprendido que defenderse solo prolongaba el momento.

Camille cruzó los brazos.
—Mañana necesitamos que llegues temprano. Hay que ordenar el comedor. Vienen invitados.

—Trabajo —dijo Élise en voz baja.

—Siempre trabajas —replicó Sophie—. Como si eso fuera una excusa.

Élise apretó los labios. No era una excusa. Era lo único que tenía.

Subió a su habitación con el pecho apretado. El espacio era pequeño, funcional, claramente el que sobraba. Se sentó en la cama y dejó caer los hombros.

A veces se preguntaba en qué momento se había acostumbrado a pedir permiso para existir.

Recordó la gala. El baile. La forma en que Julien la había mirado, como si no necesitara justificarse, como si no tuviera que encogerse para no molestar.

La comparación dolió.

A la mañana siguiente, el maltrato fue más sutil. Más eficaz.

—¿Vas a usar eso? —preguntó Camille señalando una chaqueta de Élise—. Está… pasada.

Sophie rió sin humor.
—Es muy tú.

Élise desayunó en silencio, recogió los platos que no había ensuciado y salió sin despedirse. Nadie lo notó.

En el metro, con la multitud empujándola, pensó que tal vez eso era lo que más dolía: no el desprecio, sino la indiferencia.

Por la tarde, al volver, encontró una nota pegada en la nevera:

No olvides limpiar el salón antes de las ocho.

No había firma. No hacía falta.

Élise arrancó el papel y lo dobló con cuidado, como si así pudiera controlar la rabia. Sus manos temblaban ligeramente.

—No es para siempre —se dijo—. No puede serlo.

Pero el cansancio la traicionó. Se sentó en el suelo del salón, apoyó la espalda contra el sofá y dejó escapar una lágrima que no pensaba permitir.

En ese instante, recordó algo que Julien había dicho durante el baile, casi en un susurro:

No deberías irte como si no merecieras quedarte.

El recuerdo la sacudió.

En otro punto de París, Julien terminaba una llamada cuando algo lo inquietó sin razón aparente. Una imagen cruzó su mente: ella, sola, sosteniéndose a sí misma.

No sabía por qué.
No sabía cómo.

Solo sabía que quería verla de nuevo.

Y que, cuando lo hiciera, no permitiría que nadie la tratara como si fuera invisible.

Élise se levantó del suelo con una determinación frágil pero nueva. Se secó el rostro, respiró hondo y miró alrededor.

Aquella casa seguía siendo un lugar al que volvía…
pero ya no era el lugar al que pertenecía.

Y eso, por primera vez, le dio fuerza.




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