La inauguración del showroom no era un gran evento, pero para Camille y Sophie era suficiente. Lo bastante visible. Lo bastante social. Lo bastante público.
Élise había intentado excusarse.
—Solo será un rato —dijo Camille mientras ajustaba su abrigo frente al espejo—. Y no te preocupes, no tienes que hablar con nadie.
La frase no era alivio. Era advertencia.
El lugar estaba lleno de voces elegantes, risas medidas y miradas que evaluaban sin pudor. Élise se mantuvo cerca de la pared, con una copa de agua entre las manos, deseando pasar desapercibida.
No lo logró.
—Ah, ella es Élise —anunció Sophie en voz alta, sonriendo demasiado—. Vive con nosotras. Nos ayuda bastante en casa.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente.
—¿Ayuda? —preguntó una mujer con curiosidad—. ¿Es asistente?
Camille inclinó la cabeza, teatral.
—Algo así.
Élise sintió cómo el calor le subía al rostro. No era la primera vez. Pero nunca había sido así. Nunca frente a desconocidos. Nunca con esa ligereza cruel.
—Es muy creativa —añadió Sophie—. Aunque no terminó sus estudios, claro.
Alguien rió incómodo. Otro desvió la mirada.
Élise apretó la copa con fuerza. El cristal vibró entre sus dedos.
Y entonces ocurrió.
No lloró.
No huyó.
No bajó la cabeza.
Por primera vez, se quedó.
—No terminé mis estudios porque tuve que trabajar —dijo con voz clara.
Las conversaciones cercanas se detuvieron.
Camille giró lentamente.
—Élise…
—Trabajo desde los diecisiete —continuó ella—. No “ayudo en casa”. Vivo allí. Y pago lo que puedo.
El silencio ahora era pesado.
Sophie abrió la boca, sorprendida.
—No seas dramática.
Élise dejó la copa sobre una mesa. Sus manos temblaban, pero su espalda estaba recta.
—No lo soy —respondió—. Solo estoy cansada de fingir que esto es normal.
No esperó respuesta. Caminó hacia la salida con pasos firmes, aunque el corazón le latía con fuerza descontrolada.
Al cruzar la puerta, respiró como si hubiera estado conteniendo el aire durante años.
No vio a Julien.
Pero él estaba allí.
Había llegado tarde, como casi siempre, y se detuvo al escuchar su voz. No entendió todo el contexto, pero entendió lo esencial: la forma en que ella se defendía, sin gritar, sin exagerar, sin pedir permiso.
La vio salir.
Y supo que no podía dejar pasar ese momento.
Élise caminó varias calles sin rumbo. El aire frío le ardía en los pulmones. Se detuvo frente a una vitrina oscura y se miró.
No era valentía lo que veía.
Era decisión.
Sacó el teléfono y escribió un mensaje breve. Simple. Definitivo.
Esta noche no vuelvo.
No explicó más. No se justificó.
Guardó el teléfono antes de que la duda pudiera alcanzarla.
—Élise.
La voz la detuvo.
Se giró lentamente.
Julien estaba a unos pasos de distancia, con el abrigo abierto, el rostro serio, los ojos atentos. No elegante. No distante. Presente.
—Te vi salir —dijo—. Y… lo siento. No debía escuchar, pero…
Ella negó con la cabeza.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Julien dio un paso más cerca.
—No tienes que volver ahí si no quieres.
Élise lo miró, sorprendida por la certeza de sus palabras.
—No lo sabes.
—No —admitió—. Pero sé reconocer cuando alguien deja de aceptar lo que no merece.
El silencio entre ellos ya no era tensión. Era algo nuevo. Algo honesto.
Élise respiró hondo.
—Creo que acabo de hacer algo irreversible.
Julien sonrió apenas.
—Las mejores decisiones suelen serlo.
Ella no respondió. Solo asintió.
Por primera vez, no estaba huyendo antes de la medianoche.
Estaba eligiéndose.