El Último Baile

Capítulo 11 - Donde empieza el suelo firme

Caminaron unos minutos sin hablar.

París seguía ahí, indiferente, luminosa, como si no acabara de ocurrir algo importante. Élise avanzaba con las manos en los bolsillos del abrigo, el cuerpo aún tenso. Julien caminaba a su lado sin invadir su espacio, como si entendiera que ese silencio también era parte de la conversación.

—No tenías que decir nada por mí —dijo ella finalmente.

Julien la miró de reojo.
—No hablé por ti. Te escuché.

Élise tragó saliva.
—No estoy acostumbrada a que alguien lo haga.

Se detuvieron frente a un pequeño café todavía abierto. Las luces cálidas contrastaban con el frío de la calle.

—¿Puedo invitarte a sentarte? —preguntó Julien—. Prometo no hacer preguntas si no quieres responderlas.

Ella dudó apenas un segundo antes de asentir.

Dentro, el ruido era suave, casi protector. Élise envolvió la taza caliente entre sus manos. Julien la observó con atención, no con lástima, no con curiosidad vacía.

—No soy quien parezco en esos eventos —dijo Élise de pronto—. No pertenezco a ese mundo.

Julien apoyó los codos sobre la mesa.
—Nadie pertenece a un lugar solo por estar invitado.

Ella esbozó una sonrisa breve, cansada.
—Ellas siempre se encargan de recordármelo.

—¿Desde cuándo? —preguntó él, con cuidado.

—Desde que tengo memoria.

El silencio se llenó de todo lo que Élise no decía: las órdenes disfrazadas de favores, las humillaciones pequeñas, constantes, el espacio reducido que le habían asignado en la vida.

—Esta noche —continuó— fue la primera vez que no me callé.

Julien sostuvo su mirada.
—Y no temblaste.

—Sí lo hice —admitió—. Pero no bajé la cabeza.

Julien sonrió con algo parecido al orgullo.
—Eso lo cambia todo.

El teléfono de Élise vibró sobre la mesa.

Un mensaje. Luego otro. Y otro más.

Ella no los abrió.

—No tienes que responder ahora —dijo Julien.

—Lo sé —respondió ella—. Pero necesito hacerlo.

Leyó los mensajes sin expresión.

¿Dónde estás?
No hagas un drama.
Esto no se queda así.

Élise dejó el teléfono boca abajo.

—Las consecuencias inmediatas —dijo con una calma que la sorprendió—. Siempre llegan rápido.

Julien la observó en silencio unos segundos.
—¿Tienes dónde quedarte esta noche?

Ella negó con la cabeza.

No hubo compasión en su respuesta, solo una realidad desnuda.

—Tengo un departamento vacío cerca del canal Saint-Martin —dijo Julien—. Es pequeño. Nadie entra. Nadie pregunta. Solo por hoy. Solo si tú quieres.

Élise lo miró fijamente.
—No quiero depender de ti.

—No lo harías —respondió—. Sería una pausa. No una jaula.

Algo en la forma en que lo dijo —sin urgencia, sin presión— la convenció.

—Está bien —susurró—. Solo esta noche.

El departamento era sencillo. Claro. Silencioso.

Élise dejó el bolso en el suelo y respiró profundamente, como si su cuerpo entendiera antes que su mente.

—Nunca había estado en un lugar donde no me pidieran nada —dijo.

Julien apoyó la mano en el respaldo de una silla.
—Entonces quédate con eso. Con la idea de que este no es el final… es el inicio.

Ella lo miró, los ojos brillantes, pero firmes.

—Mañana buscaré algo —dijo—. Un lugar. Un trabajo mejor. Algo que sea mío.

Julien asintió.
—Y yo estaré aquí si necesitas una puerta abierta. No más que eso.

Élise sonrió por primera vez sin miedo.

Cuando Julien se marchó, Élise se sentó en el suelo del departamento vacío. No era un palacio. No era un sueño.

Pero era libertad.

Sacó la pulsera de su bolso —la que había recuperado esa noche— y la colocó sobre la mesa.

No como recuerdo.

Como promesa.




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