El Último Baile

Capítulo 12 - Aprender a quedarse

El silencio despertó a Élise antes que la luz.

Abrió los ojos sin sobresaltos, sin esa sensación conocida de urgencia o culpa. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Luego recordó: el departamento, la noche anterior, la decisión.

Se incorporó lentamente. La claridad del amanecer entraba por la ventana, suave, honesta. París parecía distinta desde allí. Más cercana. Más posible.

Caminó descalza hasta la cocina y se preparó un café con movimientos torpes, pero libres. Nadie la observaba. Nadie esperaba nada de ella.

Se apoyó en la encimera y respiró.

—Así se siente —murmuró—.

Libertad.

Julien despertó con el teléfono vibrando sin descanso.

Mensajes. Llamadas perdidas. Su nombre repetido con ese tono urgente que solo usaban cuando algo no encajaba en el guion.

En la oficina, más tarde, la incomodidad fue inmediata.

—¿Desde cuándo te vas de los eventos sin despedirte? —preguntó un socio, con una sonrisa tensa.

Julien dejó el abrigo sobre la silla.
—Desde que empiezo a escucharme.

Las miradas se cruzaron.

—Anoche hiciste sentir incómodas a algunas personas —añadió otro—. No es propio de ti involucrarte en asuntos… familiares.

Julien sostuvo la mirada sin alterarse.
—No me involucré. Presencié. Y no pienso fingir que no lo hice.

El silencio que siguió fue distinto. No de juicio. De sorpresa.

Por primera vez, Julien no estaba interpretando un papel.

Élise pasó la mañana caminando sin rumbo. Entró a tiendas solo para mirar, se sentó en un banco del canal Saint-Martin y sacó una libreta vieja de su bolso.

Escribió sin pensar demasiado:

Un lugar propio.
Un trabajo que no me empequeñezca.
No pedir perdón por existir.

Doblando la esquina, vio un pequeño atelier con un cartel discreto en la ventana:

Se busca asistente.

Se detuvo.

El impulso fue más fuerte que el miedo.

Entró.

Julien salió temprano de la oficina ese día. Pasó por el departamento solo para asegurarse de que Élise tuviera espacio, silencio, tiempo. No dejó nota. No quiso invadir.

Mientras caminaba, pensó en lo fácil que habría sido seguir igual. Y en lo imposible que se sentía ahora.

No estaba enamorado. Aún no.

Pero estaba despierto.

Al atardecer, Élise regresó al departamento con los ojos brillantes y una sonrisa contenida.

—Empiezo mañana —dijo en voz baja, como si el lugar pudiera escucharla—. Es pequeño. No prometen mucho. Pero es mío.

Se miró en el espejo del pasillo. Se recogió el cabello de otra forma. Se quitó el abrigo que ya no le gustaba. No cambió de ropa.

Cambió de postura.

Esa noche, Julien y Élise se encontraron en el balcón estrecho del edificio, cada uno apoyado en su propio silencio.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Estoy aprendiendo a quedarme —respondió ella.

Julien sonrió, sincero.
—Yo también.

París seguía girando. Las hermanastras seguían existiendo. Los conflictos no habían desaparecido.

Pero Élise ya no estaba esperando que alguien la rescatara.

Estaba construyendo.

Y ese era el verdadero comienzo.




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