El atelier olía a tela nueva y café recién hecho.
Élise llegó diez minutos antes de la hora. Se quedó un instante frente a la puerta, respirando hondo, como si cruzarla fuera un gesto solemne. Luego entró.
—Tú debes ser Élise —dijo una mujer de cabello recogido y manos manchadas de hilo—. Soy Madame Laurent. Pasa.
No hubo preguntas incómodas. No hubo miradas de arriba abajo. Solo trabajo.
Élise se puso el delantal con cuidado, como si fuera un símbolo. Sus manos temblaban un poco, pero no de miedo. De expectativa.
—Aquí nadie grita —advirtió Madame Laurent—. Y nadie es invisible.
Élise levantó la vista.
—Gracias.
No sabía a quién le agradecía más.
A media mañana, su teléfono vibró.
¿Dónde estás?
No puedes desaparecer así.
Esto es una falta de respeto.
Camille.
Élise miró la pantalla unos segundos. Luego la guardó sin responder.
Por primera vez, el silencio era suyo.
En la oficina de Julien, el día transcurría como siempre… y no.
Se descubrió mirando el reloj más de la cuenta. Pensando si Élise estaría bien. Si habría dormido tranquila. Si el mundo la estaría tratando con la dureza habitual.
—¿Te pasa algo? —preguntó un colega.
Julien negó con la cabeza.
—No. Creo que me está pasando algo bueno.
No supo explicarlo mejor.
Al salir del atelier, Élise se detuvo frente al reflejo del vidrio. Tenía una mancha de hilo en la mejilla, el cabello desordenado, los ojos brillantes.
Se reconoció.
Ese reconocimiento la sostuvo.
La reacción no tardó en llegar.
Esa noche, Camille apareció en el departamento con una sonrisa tensa y palabras cuidadosamente venenosas.
—Mamá está muy decepcionada —dijo—. No es correcto irte sin avisar.
Élise la observó con calma.
—No me fui. Me fui de ustedes.
Sophie rió, incrédula.
—¿Y crees que puedes sola?
Élise respiró hondo.
—Estoy empezando.
No cerró la puerta con fuerza. No hizo drama.
La cerró con firmeza.
Más tarde, Julien pasó por el departamento. Élise estaba sentada en el suelo, comiendo algo simple.
—Primer día —dijo ella—. No fue perfecto. Pero fue mío.
Julien la escuchaba con una atención que no solía dar a nadie. Cada palabra de Élise parecía quedarse con él un segundo más de lo normal.
Mientras ella hablaba, Julien pensó algo que lo inquietó:
Quiero proteger este momento.
No a ella como persona.
A lo que estaba construyendo.
Y entonces lo entendió, con una calma que asustaba.
No estaba cayendo.
Ya había caído.
París seguía latiendo afuera.
Las hermanastras empezaban a perder el control.
Élise comenzaba a ganar el suyo.
Y Julien, sin darse cuenta, ya estaba enamorado.