El mensaje llegó a media tarde, justo cuando Élise terminaba de ordenar unas telas.
Tenemos que hablar. Es importante.
—Camille
Élise sostuvo el teléfono unos segundos. No sintió miedo. Sintió cansancio.
—Puedes irte antes hoy —dijo Madame Laurent—. Has trabajado bien.
Élise asintió. No explicó nada. No debía hacerlo.
La cafetería era neutra. Elegida con intención.
Camille y Sophie ya estaban allí cuando Élise llegó. Demasiado arregladas. Demasiado correctas. Como si el escenario pudiera inclinar la conversación a su favor.
—Gracias por venir —dijo Camille, sonriendo.
Élise se sentó sin quitarse el abrigo.
—Habla.
Sophie cruzó las manos.
—Mamá está muy afectada. No entiende por qué te fuiste así.
—Yo sí —respondió Élise.
Camille suspiró, teatral.
—Te dimos un lugar. Un techo.
—Me dieron condiciones —corrigió Élise—. Y humillación.
El silencio se tensó.
—No exageres —intervino Sophie—. Siempre fuiste sensible.
Élise sostuvo su mirada.
—Siempre fui clara. Ustedes no escucharon.
Camille se inclinó hacia ella.
—No puedes sola. Lo sabes. París no es amable.
Élise sonrió apenas.
—Ustedes tampoco.
Por primera vez, Camille perdió la compostura.
—Estás cometiendo un error. Ese hombre… no es para ti.
El nombre no fue dicho.
No hizo falta.
Élise se puso de pie lentamente.
—No saben nada de mí. Nunca lo supieron.
Sophie alzó la voz.
—Vas a volver. Siempre vuelves.
Élise tomó su bolso.
—No esta vez.
Esa noche, Julien la encontró distinta. Más callada. Más firme.
—Vinieron —dijo Élise sin rodeos—. Intentaron recuperarme.
Julien no preguntó cómo.
—¿Y tú?
—No cedí.
Julien asintió con algo parecido al orgullo.
—Eso no va a gustarles.
—Lo sé.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cómplice.
Más tarde, sola en el departamento, Élise recibió un último mensaje:
No olvides de dónde vienes.
Ella lo leyó sin temblar.
Escribió una sola respuesta:
Por fin lo sé.
Bloqueó el número.
Apoyó el teléfono boca abajo y respiró hondo.
No había ganado una guerra.
Pero había recuperado algo más importante:
Su voz.