Julien no dijo nada cuando Élise terminó de contarle lo ocurrido con Camille y Sophie.
No la interrumpió. No opinó. Solo escuchó, apoyado en la encimera del pequeño departamento, como si cada palabra se le quedara un poco más adentro de lo previsto.
—No intentaron herirme —concluyó Élise—. Intentaron asustarme.
Julien asintió despacio.
—Es lo único que les queda cuando pierden el control.
Ella lo miró, sorprendida.
—Hablas como si lo conocieras bien.
Julien sonrió apenas.
—Los mundos elegantes también saben ser crueles. Solo usan otras palabras.
El silencio que siguió fue distinto. Más íntimo. Más cargado.
Julien respiró hondo, como quien toma una decisión incómoda pero necesaria.
—Quiero decirte algo —dijo—. Y no tienes que responderme ahora... ni nunca.
Élise levantó la vista.
—Voy a mudarme del departamento del canal —continuó—. Es cómodo, pero no es mío. Y tú... no deberías quedarte en un lugar que depende de mí.
Élise frunció el ceño.
—Julien, no—
—Déjame terminar —la interrumpió con suavidad—. No te estoy pidiendo que te vayas. Te estoy ofreciendo algo distinto.
Sacó un sobre del bolsillo del abrigo y lo dejó sobre la mesa, sin empujarlo hacia ella.
—Un contacto. Un pequeño estudio disponible. Cerca del atelier. Barato. Nada lujoso. Pero es un comienzo real.
Élise no tocó el sobre.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, con la voz más baja.
Julien la miró sin rodeos.
—Porque me importas. Y porque no quiero que me necesites para quedarte.
Algo en el pecho de Élise se aflojó. Era un gesto sin posesión. Sin deuda. Sin jaula.
—Gracias —susurró—. Eso... lo cambia todo.
Julien sonrió.
—Lo sé.
Al día siguiente, la oportunidad llegó sin avisar.
Madame Laurent la llamó a su despacho al final de la jornada.
—He visto tu trabajo —dijo—. Y he hablado con alguien.
Élise se tensó.
—Una casa de diseño busca asistente fija. Es más exigente. Mejor paga. Más exposición.
El corazón le latía con fuerza.
—Pero... —añadió Madame Laurent— no es un ambiente amable. Es competitivo. No siempre justo.
Seguridad.
Estabilidad.
Reconocimiento.
Y, al mismo tiempo, el riesgo de volver a encogerse.
—Tómate el fin de semana —concluyó—. Decídelo con calma.
Esa noche, Élise caminó sola por la ciudad. Pensó en la casa que había dejado. En el atelier. En Julien. En el estudio pequeño del sobre que aún no había abierto.
Seguridad significaba no caerse.
Deseo significaba crecer... y tal vez romperse un poco.
Se detuvo frente al Sena y sacó el sobre del bolso. Lo abrió. La dirección era sencilla. Cercana. Posible.
Julien no le había ofrecido un atajo.
Le había ofrecido elección.
Élise sonrió, con una mezcla de vértigo y emoción.
Por primera vez, el futuro no le daba miedo.
Le daba ganas.