La noche cayó lenta sobre París, como si también dudara en llegar.
Élise estaba en el balcón, apoyada en la barandilla, mirando las luces reflejarse en la distancia. Tenía el sobre del pequeño estudio en la mano, aún sin decidir. No porque no supiera qué quería… sino porque ahora, por primera vez, tenía algo que perder.
Escuchó la puerta abrirse detrás de ella.
No se giró de inmediato.
Sabía que era Julien.
—Sigues aquí —dijo él, con esa calma que ya le resultaba familiar.
—Estoy aprendiendo a quedarme —respondió ella.
Julien se apoyó a su lado, sin tocarla. El silencio entre ambos ya no era incómodo. Era una tensión suave, constante, como una cuerda que sabía que iba a tensarse más tarde o temprano.
—Camille no va a rendirse —dijo Élise, sin mirarlo.
—Yo tampoco —respondió él.
Eso la hizo girarse.
—¿Por qué? —preguntó, con la voz apenas firme—. ¿Por qué yo?
Julien la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque contigo no tengo que ser quien esperan —dijo—. Y porque tú… no intentas ser alguien más.
El corazón de Élise se desordenó.
—No soy fácil —advirtió ella.
Julien sonrió apenas.
—No te quiero fácil.
El aire cambió.
No hubo música.
No hubo espectadores.
Solo ellos… y todo lo que se había acumulado entre miradas, silencios y decisiones.
Élise bajó la mirada un segundo, como si aún dudara de dar ese paso invisible.
—Esto no es un cuento —susurró—. No termina bien solo porque lo intentemos.
Julien dio un paso más cerca.
—No quiero un final —dijo—. Quiero empezar.
El espacio entre ellos desapareció sin que ninguno lo notara.
Élise levantó la mirada.
Julien no la apartó.
Y entonces… dejaron de contenerse.
El beso no fue impulsivo.
Fue lento. Seguro. Como si ambos quisieran memorizar el momento desde el primer segundo.
Élise sintió cómo todo lo que había guardado durante años —miedo, dudas, silencios— se deshacía en ese contacto. Julien la sostuvo con una suavidad firme, sin apurarla, sin tomar más de lo que ella ofrecía.
Cuando se separaron, no hubo prisa.
Solo respiraciones cercanas.
—Esto sí lo cambia todo —susurró Élise.
Julien apoyó su frente contra la de ella.
—Lo sé.
Y por primera vez… ninguno quiso irse antes de la medianoche.