El último segundo

Capitulo 1.1

Llegué al hospital a las 3:17 de la tarde.
Lo sé porque miré el reloj del vestíbulo en cuanto crucé las puertas automáticas. No porque me importara la hora, sino porque necesitaba fijar algo concreto en medio de todo lo demás.

Madrid siempre huele distinto cuando tienes miedo. No es el café de las mañanas ni el humo tibio de los puestos de castañas en invierno. Es otra cosa. Algo metálico. Algo que se queda en la garganta.

Tengo treinta y dos años y aún no sé cómo caminar dentro de un hospital sin sentir que estoy invadiendo territorio sagrado. Como si el suelo brillante pudiera quebrarse bajo mis pasos si peso demasiado con mis pensamientos.

UCI.

Tercera planta. Repito esas palabras desde hace cuatro días. Desde el accidente. No lloro. No aquí. He descubierto que en los hospitales el llanto es casi una moneda común, y no quiero parecer una más intercambiando dolor en público.

Antes de ir al ascensor, me desvío hacia la sala de espera. No estoy preparada para verla todavía. No hoy. No tan pronto.

La sala está iluminada por una luz blanca que no perdona ojeras ni mentiras. Un televisor sin sonido muestra un informativo que nadie mira de verdad. Un hombre mayor sostiene un rosario entre los dedos como si fuera una cuerda de seguridad.

Una mujer duerme encogida ocupando dos sillas, con la cabeza apoyada contra la pared. El tiempo aquí no avanza. Se estanca.
Me siento en una esquina. Dejo el bolso a mi lado. Cruzo las piernas. Las descruzo. Miro el móvil. Ningún mensaje nuevo. Mamá ya llamó temprano. “¿Cómo sigue?” Como si yo pudiera responder algo distinto a “igual”.
Igual que siempre.




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