Respiro hondo.
El silencio no es silencio; es una suma de respiraciones contenidas, de pasos amortiguados, de ruedas de camilla que pasan al fondo del pasillo. Cada sonido parece más importante de lo que debería.
Entonces lo escucho.
—Vamos…
Un susurro casi imperceptible, cerca de la máquina de café. No levanto la vista de inmediato. El sonido mecánico del café cayendo en el vaso de cartón rompe el aire. Luego, una voz masculina, baja, concentrada:
—Dieciséis… diecisiete… dieciocho…
Levanto la mirada sin querer. Está de pie frente a la máquina, con una chaqueta azul oscuro que no es exactamente de médico, pero tampoco de visitante. Tiene el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mano demasiadas veces por él. No parece nervioso. Parece… enfocado.
—Veinte.
El café termina de caer justo cuando pronuncia el número. Él exhala, apenas, como si hubiera ganado algo. No puedo evitarlo.
—¿Siempre cuenta? —pregunto antes de pensar.
Se gira hacia mí. Sus ojos me sorprenden. No por el color, sino por la forma en que miran: directos, pero sin invadir. Como si midieran distancias invisibles.
—Solo cuando tarda más de lo normal —responde. Su voz es tranquila. Demasiado tranquila para este lugar.
—¿Y qué pasa si llega a treinta?
Una esquina de su boca se curva apenas.
—Nunca llega a treinta.