—Debe ser extraño —digo—. Trabajar aquí y… estar del otro lado.
Su mandíbula se tensa apenas.
—No te enseñan a ser hijo en la ambulancia.
No sé por qué esa frase me atraviesa.
Nos quedamos en silencio. No es incómodo. Es un silencio que entiende que hay cosas que no se preguntan.
Lo observo sin que se note. Tendrá unos treinta y cuatro. Hay una cicatriz fina en el dorso de su mano derecha. Sus dedos no tiemblan, pero cuentan algo invisible sobre el cartón del vaso.
—Veintidós segundos hoy —dice, mirando la máquina otra vez.
—¿Llevas registro mental?
—A veces contar ayuda.
—¿A qué?
Se toma exactamente un segundo antes de responder.
—A no perder el control.
Lo dice sin dramatismo. Como un dato clínico.
—¿Control de qué?
Me mira fijo.
—De lo que puede pasar en un segundo.
La frase se queda suspendida entre nosotros.
Un segundo.
Intento recordar la última conversación con mi hermana antes del accidente. Las palabras exactas. El tono. Algo se bloquea justo antes. Como una puerta cerrada por dentro.
—Un segundo cambia todo —añade él, más bajo.
Afuera se escucha una ambulancia detenerse. Su cuerpo reacciona antes que su mirada. Un reflejo automático. Profesional.
Y sin embargo está aquí. Sentado frente a mí. Visitando a su padre.