El último segundo

Capitulo 2

Los hospitales crean hábitos que nadie elige.

El mío empezó al sexto día.

Llegar a las 3:17

Mirar el reloj del vestíbulo como si confirmara algo importante.

Ir primero a la máquina de café.

Después subir a la UCI.

No sé en qué momento empecé a incluirlo en la rutina.

Lo vi antes de que él me viera. Esta vez no estaba en la máquina.

Estaba sentado al fondo de la sala de espera, inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, mirando sus manos como si contara algo invisible.

No parecía un hombre que trabajara salvando vidas. Parecía solo un hijo esperando.

Me acerqué a la máquina sin saludarlo. No quería que pensara que lo buscaba.

Pulsé el botón.

El ruido mecánico comenzó.

—Cinco… seis… siete…

Sonreí antes de girarme.

—¿Hoy no empiezas en quince?

Levantó la cabeza. Me reconoció de inmediato.

—Depende del día —respondió, levantándose—. Hoy empezó antes.

Se acercó sin prisa.

—Diez… once… doce…

—¿Siempre sabes en qué número vas? —pregunté.

—Siempre.

—Eso es preocupante.

—Es entrenamiento.

El café cayó en el vaso.

—Diecinueve… veinte.

Silencio.

—Veintiuno.

Alzó una ceja.

—Hoy se pasó.

—¿Eso qué significa?

—Que algo cambió.

Lo dijo sin ironía.

Le tendí el vaso sin pensar.

—Prueba. A ver si ahora sabe a algo.

Lo sostuvo, dio un sorbo mínimo.

—No. Sigue sabiendo a nada.

—Entonces nada cambió.

—O todavía no lo notamos.

Nos miramos un segundo más de lo habitual.

Era extraño lo fácil que resultaba hablar con él. No había preguntas incómodas. No había frases

vacías.

—¿Turno largo? —pregunté, señalando su chaqueta azul.

Negó con la cabeza.

—Libre.

—¿Y vienes igual?

Asintió.

—Mi padre no distingue los días laborales de los festivos.

La frase no tenía dramatismo. Solo verdad.

—¿Está en la UCI también?

—Sí.

—¿Desde hace mucho?

Se tomó un segundo antes de responder.

—Más del que esperaba.

No insistí. Él tampoco lo hace cuando hablo de mi hermana.

Un celador pasó a nuestro lado empujando una camilla vacía.

Adrián la siguió con la mirada apenas un instante. Fue automático. Profesional.

—Es imposible que desconectes, ¿verdad? —dije.

—No del todo.

—Debe ser agotador.

—Te acostumbras.

Se apoyó contra la pared junto a la máquina.

—En la ambulancia no tienes tiempo para pensar. Solo para actuar.

—¿Y eso te gusta?

Lo pensó.

—Me gusta que todo sea claro. Llegas. Evalúas. Decides. A veces ganas. A veces no. Pero sabes que un segundo marca la diferencia.

Ahí estaba.

La frase.

—¿Un segundo cambia todo? —pregunté.

Asintió.

—Siempre.

No lo dijo como una metáfora romántica. Lo dijo como alguien que lo ha visto suceder.

—Suena injusto —murmuré.

—Lo es.

Por primera vez noté algo distinto en su expresión. No tristeza. No exactamente. Algo más contenido.

Como si hubiera una experiencia específica detrás de esa certeza.

—¿Y qué haces cuando el segundo ya pasó? —pregunté.

Su mirada volvió a mí.

—Aprendes a vivir con lo que quedó después.

No supe qué decir.

El reloj del vestíbulo marcaba 3:17 otra vez.

Parpadeé.

—¿Siempre vienes a esta hora? —me preguntó.

—Después del trabajo.

—¿Qué haces?

—Arquitecta.

—Entonces te gustan las estructuras.




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