El último segundo

Capitulo 3

Siempre tardo más de lo necesario en recorrer el pasillo hacia la UCI.

No es largo. Pero se siente como si lo fuera.

Las puertas se abren con un sonido suave, casi respetuoso. El aire cambia. Más frío. Más limpio. Más definitivo.

La primera vez que entré, miré todo. Las máquinas. Los cables.

Las pantallas con números verdes latiendo en silencio. Ahora ya no. Ahora elijo dónde posar los ojos.

Camino hasta su habitación contando pasos sin darme cuenta.

Uno.

Dos.

Tres.

Me detengo frente a la puerta.

Respiro.

Entro.

Mi hermana está exactamente igual que ayer.

Y el día anterior.

Y el anterior.

No la miro de inmediato a la cara. Primero dejo el bolso en la silla. Después me acerco a la ventana, aunque la vista sea solo luz blanca y reflejo. Luego me giro despacio, como si mi cerebro necesitara tiempo para aceptar la imagen.

Está allí.

Quietud absoluta.

Tiene el cabello recogido de una forma que no le pertenece. Ella nunca se peinaba así. Hay algo artificial en la manera en que reposa. Como si alguien hubiera intentado devolverle orden a algo que fue caos.

Me acerco a su lado izquierdo. Siempre al izquierdo.

Evito mirar la parte derecha de su frente. No porque no sepa lo que hay allí, sino porque prefiero recordarla completa.

Le tomo la mano.

Está tibia.

Eso me tranquiliza más de lo que debería.

—Hola —susurro.

La palabra cae en la habitación sin eco.

No hablo mucho cuando estoy aquí. No quiero llenar el espacio con cosas que no sé si puede oír.

Tampoco quiero escucharme decir lo que me niego a pensar.

La observo de perfil. Sus pestañas no se mueven. Su pecho sube y baja con una regularidad que no es suya, sino de algo que la ayuda.

Trato de recordar cómo era su risa. Lo hago a propósito. Me obligo. Porque si no lo hago, empiezo a recordar otra cosa.

La última conversación.

La última frase.

—No era para tanto —le dije.

O eso creo.

La escena vuelve en fragmentos cortos, como si mi mente hubiera decidido editarla.

Estábamos en el coche.

Yo estaba enfadada.

Ella también.

No recuerdo quién empezó.

Recuerdo el tono. Tenso. Cortante.

Recuerdo mirar por la ventana para no mirarla a ella.

—Siempre haces lo mismo —me dijo.

—¿Qué hago ahora? —respondí.

No recuerdo la respuesta exacta. Solo recuerdo que no fue amable.

Aprieto su mano un poco más fuerte.

—No quise… —empiezo, pero no termino la frase.

No quise qué.

No quise herirte.

No quise gritar.

No quise que la última conversación fuera esa.

El monitor emite un sonido suave, constante. No lo miro. Me prometí no aprender qué significa cada número.

Me inclino un poco más cerca.

—Si puedes oírme… —susurro.

No sé cómo seguir.

El problema no es el silencio. El problema es la culpa.

Hay algo profundamente injusto en que alguien quede suspendido en un momento y la otra persona tenga que seguir avanzando con lo que dijo antes de que todo cambiara.

Cierro los ojos.

Intento reconstruir el instante exacto antes de que todo se rompiera.

Pero mi memoria se detiene justo ahí.

Como si hubiera un segundo borrado.

Un segundo que no logro atravesar.

Abro los ojos y vuelvo a evitar la parte derecha de su frente.

—Voy a estar aquí —digo, aunque no sé si es promesa o penitencia.

Acaricio su mano con el pulgar.

Me quedo así varios minutos.

O segundos.

Aquí el tiempo no se siente lineal.

Cuando finalmente me separo, doy un paso atrás sin mirar el conjunto completo. Prefiero fragmentos.

Prefiero la ilusión de que nada es definitivo.

Antes de salir, vuelvo la vista hacia ella una última vez.

Siempre hago lo mismo.

Busco un movimiento que no llega.




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