El último segundo

Capitulo 4

Hay una intimidad extraña que solo existe en los hospitales. No es romántica. No es cómoda. Es una cercanía nacida del desgaste. De coincidir demasiadas veces en el mismo lugar sin planearlo.

El séptimo día, cuando entro a la sala de espera, Adrián ya está sentado frente a la máquina de café, el vaso intacto entre las manos.

No está contando.

Está mirando el reloj.

3:17.

—Hoy no empezaste a contar —digo mientras me acerco.

Levanta la vista y algo en su expresión se suaviza al verme.

—Dame un segundo.

Sus labios se mueven apenas.

Uno.

Dos.

Tres.

Exhala.

—Ahora sí.

Pulsa el botón de la máquina.

—¿Cuántos crees? —pregunta.

—Veinte.

—Siempre optimista. .El café comienza a caer.

—Dieciséis… diecisiete…

Me apoyo en la pared, observándolo.

—¿Y si un día tarda menos? —pregunto.

—Significaría que algo cambió.

—¿Y eso sería bueno?

—No necesariamente.

—Veinte.

El café termina de caer.

—Veintiuno —añade.

Me mira como si esa pequeña variación tuviera peso real.

—Hoy está inestable —dice.

Sonrío.

—Solo es una máquina.

—Nada es solo una cosa cuando estás esperando.

La frase me atraviesa más de lo que debería.

Nos sentamos.

—¿Cómo está tu padre? —pregunto.

Siempre lo hago. Y siempre responde igual.

—Igual que siempre.

Lo dice sin irritación, pero con un cansancio que no había notado antes.

—¿Y eso qué significa exactamente?

Se toma un segundo.

—Significa que los médicos usan palabras que no comprometen a nadie.

—Estable.

Asiente.

—Estable.

Juega con el borde del vaso.

—Mi padre nunca ha sido un hombre que acepte ayuda —añade, como si estuviera hablando más consigo mismo que conmigo—. Siempre resolvía todo solo. Supongo que esto le enfadaría.

—¿El qué?

—Depender.

No profundiza. No menciona diagnósticos. No describe máquinas. Solo esa idea: depender.

—¿Te pareces a él? —pregunto.

Una sombra de sonrisa.

—Más de lo que me gustaría.

Silencio.

No incómodo.

—¿Y tú? —dice de pronto—. Nunca hablas de nada que no sea tu hermana.

Me encojo de hombros.

—No hay mucho más que contar.

—Siempre hay algo más.

Lo dice con calma, pero con intención.

Me sorprende que quiera saber.

—Estuve con alguien —empiezo, sin planearlo.

No digo nombres.

—¿Hace mucho?

—Un tiempo suficiente.

—¿Terminó mal?

Respiro hondo.

—Terminó… complicado.

Eso es lo más honesto que puedo decir.

—¿Te hizo daño?

La pregunta no suena posesiva. Suena curiosa. Casi cuidadosa.

—No fue tan simple —respondo—. Nadie hizo daño a propósito.

Se inclina ligeramente hacia adelante.

—Entonces, ¿qué pasó?

Miro mis manos.

—Miedo, supongo.

—¿Tuyo o suyo?

Sonrío sin humor.

—De los dos. Pero él insistía en volver. Siempre pensaba que podíamos arreglarlo.

Adrián no dice nada. Solo escucha.

—¿Y tú? —pregunta.

—Yo dudaba más.

La confesión me sorprende incluso a mí.

—¿Por qué?

—Porque a veces querer no es lo mismo que saber quedarse.

El silencio se estira un poco.

—¿Lo querías? —insiste.

Levanto la mirada.

—Sí.

No vacilo.

—Entonces, ¿por qué no volviste?

Me tomo un segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.