El hospital tiene una forma peculiar de robar el sonido.
Las conversaciones se vuelven susurros.
Las risas, errores.
La esperanza, una disciplina.
Yo ya me había acostumbrado.
Lo que no esperaba era acostumbrarme a él.
Adrián estaba frente a la máquina de café cuando llegué.
No parecía cansado, pero tampoco descansado.
Sostenía el vaso vacío como si esperara que algo más que café cayera dentro.
—Estás invadiendo mi territorio —dije.
No se giró de inmediato.
—Territorio compartido. Tú llegas a las 3:17. Siempre.
Me detuve.
—Eso es inquietantemente específico.
—Paramédico —respondió, encogiéndose de hombros—. Observamos patrones.
El vaso cayó mal colocado.
—Otra vez torcido —murmuré.
—Siempre lo dejas así.
Se acercó, rozando mi brazo sin intención aparente.
Ajustó el vaso con cuidado, como si estuviera corrigiendo algo más frágil que plástico.
El café empezó a caer.
Uno.
Dos.
Tres.
No lo dijo en voz alta, pero vi el movimiento casi imperceptible en su mandíbula.
—¿Sigues contando? —pregunté.
—No para que termine el café.
—¿Entonces?
Me miró.
—Para que no termine demasiado rápido.
El vapor subió entre nosotros.
Me entregó el vaso.
—Sin azúcar.
—No me gusta el azúcar.
—Lo sé.
—Nunca te lo dije.
—Siempre lo dejas intacto.
Sonreí.
No fue una sonrisa defensiva ni automática.
Fue… ligera.
Nos sentamos.
Esta vez sin la silla intermedia.
No fue un accidente.
Afuera, una ambulancia pasó dejando un reflejo azul en la pared.
—¿Cuántos hoy? —pregunté.
—Los suficientes.
No insistí.
El silencio no pesaba.
Eso era lo extraño.
En el hospital, el silencio siempre pesa.
Aquí no.
—¿Sabes qué es lo raro? —dije, mirando el café oscuro.
—¿Qué?
—Cuando estoy contigo… no siento que esté esperando algo terrible.
La confesión salió suave, pero real.
No la retiré.
Él tampoco se burló.
—Eso es peligroso —dijo.
—¿Por qué?
—Porque el hospital no está hecho para dar paz.
—Pues tú sí.
No supe de dónde salió eso.
Él tampoco parecía esperarlo.
Se apoyó más cerca.
No me tocó.
No hacía falta.
—Valeria —dijo mi nombre como si lo probara—, un segundo cambia todo.
Lo miré.
—Ya lo sé.
—No me refiero a un accidente.
El aire se tensó apenas.
—¿Entonces?
—A veces un segundo es el momento exacto en que decides dejar de huir.
El corazón me golpeó con fuerza.
Intenté bromear.
—¿Y tú de qué estás huyendo?
Sonrió.
—De nada.
—Mentiroso.
Su risa llegó primero como un suspiro y luego como algo más abierto.
Me reí también.
Y ahí ocurrió.
Algo pequeño.
Pero definitivo.
La risa rompió la gravedad constante del lugar.
Hacía semanas que no me reía así. Hacía meses que no me sentía… en calma.
—No deberíamos reírnos aquí —murmuré.
—Precisamente por eso deberíamos hacerlo.
Me observó un segundo más de lo necesario.
No fue deseo inmediato.
Fue reconocimiento.
—Cuando estás aquí —dijo en voz más baja—, el tiempo no pesa tanto.
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba.