El último segundo

Capitulo 7

La lluvia siempre empieza igual.

Primero una advertencia suave contra el vidrio.

Luego una insistencia.

Después, una invasión.

Estoy de pie frente a la ventana del pasillo cuando el cielo se rompe sobre Madrid.

Las gotas golpean el cristal con una violencia ordenada, casi hipnótica. El asfalto se vuelve espejo. Las luces de los coches se deforman en líneas rojas y blancas.

Y entonces vuelve.

No completo.

Nunca completo.

Un parabrisas cubierto de agua.

El sonido rítmico de los limpiaparabrisas marcando un compás irregular.

Mis manos tensas.

Un semáforo cambiando de color demasiado rápido.

La sensación de que algo iba a pasar.

Pero no recuerdo el impacto.

No recuerdo el instante exacto.

Solo recuerdo la lluvia.

Cierro los ojos.

El olor a hospital desaparece.

Lo sustituye el olor metálico de la tormenta, el interior cerrado de un coche, la electricidad suspendida en el aire.

Hay una voz.

No distingo las palabras.

Solo mi nombre.

Dicho con urgencia.

O con miedo.

No sé.

Abro los ojos de golpe.

El pasillo vuelve, frío y blanco.

Mi respiración no.

La lluvia arrecia, como si insistiera en terminar la historia que mi memoria se niega a mostrarme.

Intento forzar el recuerdo.

Una curva.

Un destello de luces reflejadas en el agua.

El sonido de frenos.

Un golpe seco que no logro escuchar completo.

Y luego… silencio.

Un silencio espeso.

Como si el mundo hubiera quedado bajo el agua.

No veo quién iba conmigo.

No veo quién conducía.

No veo el momento en que todo cambió.

Solo sé que estábamos avanzando.

Y que en algún punto dejamos de hacerlo.

Apoyo la frente contra el vidrio frío.

Me pregunto si mi mente me protege o me castiga.

—Valeria.

La voz de Adrián me devuelve al presente.

No me había dado cuenta de que estaba temblando.

Se coloca a mi lado, sin invadir.

Lo suficiente cerca como para que el aire cambie.

—La lluvia —dice, mirando afuera.

No es una pregunta.

—La odio —respondo.

Mi voz suena lejana, incluso para mí.

Él guarda silencio unos segundos.

—A veces los recuerdos regresan así —murmura—. En fragmentos.

Lo miro.

—No recuerdo todo.

La confesión pesa más que cualquier lágrima.

—No tienes que hacerlo ahora.

Ahora.

Como si hubiera un momento correcto para revivir algo que te rompió.

—Solo sé que estaba lloviendo —insisto.

Mis manos se cierran sin que lo decida.

Él lo nota.

No me toma.

Pero su cercanía estabiliza el aire que me rodea.

—¿Recuerdas algo más? —pregunta con cuidado.

Cierro los ojos otra vez.

Veo mis dedos aferrándose a algo.

Una silueta a mi lado.

Un grito que podría ser mío o de alguien más.

No sé si lo estoy recordando o inventando.

Abro los ojos.

—No.

No estoy segura de si es verdad.

La lluvia golpea más fuerte.

Las ambulancias pasan dejando estelas de luz azul en el pavimento mojado.

Todo parece moverse rápido afuera.

Demasiado rápido.

—Un segundo cambia todo —dice Adrián en voz baja.

No lo dice como reflexión.

Lo dice como alguien que lo ha visto.

Asiento.

Porque lo sé.

Lo sentí.

Hubo un segundo.

Solo uno.

En el que algo pudo haberse evitado.




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