3:17
No sé en qué momento empiezo a notar los relojes.
Tal vez siempre estuvieron ahí.
En las paredes.
Encima de las puertas.
En las pantallas digitales que marcan turnos y números de habitación.
Pero ese día lo veo.
De verdad.
Estoy sola en la sala de espera.
Las sillas alineadas como soldados cansados.
Una televisión encendida sin sonido.
El olor persistente a café recalentado.
Levanto la vista sin intención.
El reloj está sobre la puerta.
Blanco.
Redondo.
Ordinario.
Marca 3:17.
No siento nada al principio.
Solo lo observo.
3:17.
El segundero avanza con una precisión casi cruel.
Hay algo en ese número que me resulta familiar.
No como un recuerdo claro.
Más bien como una sombra.
Como cuando reconoces una canción sin poder nombrarla.
Parpadeo.
Sigue marcando 3:17.
No sé cuánto tiempo me quedo mirándolo.
Tal vez demasiado.
Un hombre tose al fondo.
Una enfermera cruza el pasillo.
Una puerta se abre y se cierra.
El hospital continúa respirando con su ritmo indiferente.
Pero yo no puedo dejar de mirar el reloj.
Tres.
Diecisiete.
La combinación se queda suspendida en mi cabeza como una pregunta que nadie ha formulado.
Intento asociarlo a algo lógico.
¿Una fecha?
¿Un número de habitación?
¿Una hora habitual de visita?
Nada encaja.
Y, sin embargo, mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Siento un ligero vacío en el estómago.
Una tensión mínima en los hombros.
Una sensación de haber llegado tarde a algo que no recuerdo. 3:17.
La normalidad vuelve de golpe.
Exhalo.
Me obligo a bajar la mirada.
Ridículo.
Es solo un reloj.
Me inclino hacia adelante, apoyo los codos en las rodillas y me cubro el rostro con las manos un segundo más de lo necesario.
El hospital tiene esa capacidad: convertir cualquier detalle en símbolo.
Cuando levanto la cabeza, el reloj ya no parece importante.
Las cifras siguen moviéndose.
Todo sigue moviéndose.
Me pongo de pie justo cuando escucho pasos conocidos acercarse por el pasillo.
No miro el reloj otra vez.
Pero la sensación no desaparece del todo.
Como si, en algún lugar que todavía no alcanzo, 3:17 ya hubiera cambiado algo.