El miedo no siempre grita.
A veces se sienta contigo a tomar café y espera a que hagas la pregunta correcta.
Estamos en la terraza pequeña del hospital, la que casi nadie usa.
El cielo está gris, pero no llueve.
El aire huele a metal y a distancia.
Adrián tiene los codos apoyados en la baranda.
Yo sostengo un vaso vacío que ya no recuerdo haber terminado.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta? —dice de pronto.
No parece una confesión.
Parece una constatación.
Lo miro, esperando que sonría después.
No lo hace.
—¿Qué? —pregunto.
Exhala por la nariz, como si estuviera decidiendo si vale la pena decirlo.
—El compromiso.
La palabra cae entre nosotros con un peso inesperado.
No el amor.
No la pérdida.
No la muerte.
El compromiso.
Siento una tensión mínima en el estómago.
—Eso es… específico —digo, intentando que suene ligero.
—Lo es.
Se pasa una mano por el cabello, un gesto que no le había visto antes.
No es el paramédico preciso.
Es solo un hombre eligiendo ser honesto.
—Siempre he sido bueno llegando —continúa—. Lo que nunca supe hacer bien es quedarme.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Algo se cierra.
—¿Y ahora? —pregunto.
No sé si quiero la respuesta.
Se queda mirando el horizonte, como si buscara una versión más valiente de sí mismo.
—Ahora sé que el miedo no era a la otra persona —dice despacio—. Era a la idea de no poder irme cuando quisiera.
Eso duele más de lo que debería.
—¿Irte de qué? —pregunto.
—De la posibilidad de equivocarme.
Lo miro fijo.
—Eso es lo que hacemos todos —respondo—. Nos equivocamos.
—Sí. Pero cuando te comprometes, ya no puedes fingir que no importaba.
El viento mueve un mechón de mi cabello.
No lo aparto.
—Entonces, ¿qué haces cuando algo empieza a importar demasiado? —pregunto.
Ahora sí me mira. Directo.
—Antes me iba.
La frase es limpia.
Sin adornos.
Siento el golpe exacto en el pecho.
—Eso es… tranquilizador —murmuro.
Sonríe, pero no hay humor en ello.
—No lo es.
Silencio.
El hospital está unos metros más allá, lleno de promesas que nadie sabe si se cumplirán.
Y nosotros estamos aquí, hablando de algo que también puede romperse.
—¿Y qué cambió? —pregunto al fin.
Tarda.
Lo suficiente para que mi incomodidad crezca.
—Me cansé de empezar de cero —dice—. Me cansé de huir antes de que algo se volviera real.
El vaso cruje bajo mis dedos.
—¿Y ahora no huyes?
Su mandíbula se tensa apenas.
—Estoy intentando no hacerlo.
Intentando.
No es una promesa.
Es un proceso.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Porque hay algo en mí que escucha otra cosa: Podría irme si esto se vuelve demasiado.
Cruzo los brazos sin darme cuenta.
—¿Y si no puedes? —pregunto.
—¿No puedo qué?
—Quedarte.
La palabra se queda suspendida.
Él la sostiene con la mirada.
—Entonces será culpa mía —responde—. No del miedo.
No sé por qué esa frase me inquieta más que cualquier otra.
Tal vez porque suena sincera.
Y la sinceridad, cuando habla de límites, no siempre es cómoda.
—Supongo que es mejor saberlo —digo, bajando la vista.
—¿Saber qué?
—Que el compromiso te asusta.
Se acerca un paso.
No me toca.
—No me asusta el compromiso —corrige en voz baja—. Me asusta perder a alguien por no haberlo intentado de verdad.
Eso me obliga a mirarlo otra vez.