Hay silencios que protegen.
Y hay silencios que provocan.
El nuestro empezaba a hacer ambas cosas.
Estamos en la sala casi vacía.
Afuera ya es de noche y el hospital adopta ese tono azul artificial que borra las horas.
Adrián está sentado frente a mí, inclinado hacia adelante, los antebrazos apoyados en las rodillas.
Yo finjo leer un mensaje que no existe.
Llevamos varios minutos sin hablar.
No es incómodo.
Es eléctrico.
—¿Qué vas a hacer cuando todo esto termine? —pregunta de pronto.
Levanto la vista.
—¿Todo esto?
—Tu hermana. El hospital. Esta pausa.
La palabra se instala entre nosotros: pausa.
Como si mi vida estuviera detenida en un semáforo que nadie cambia.
—No lo sé —respondo.
—No me lo creo.
—No todos tenemos planes estratégicos para el futuro.
Sonríe apenas.
—No hablo de planes. Hablo de decisiones.
Siento un pequeño temblor interno.
—¿Y tú? —devuelvo.
Se reclina en la silla.
—Yo siempre estoy listo para moverme.
La frase me roza mal.
—Claro —digo—. Tú no te quedas mucho tiempo en ningún sitio.
Me mira con atención.
—Eso no es justo.
—No estoy intentando ser justa.
Silencio.
La tensión cambia de temperatura.
—No todo el mundo vive esperando a que algo termine —continúo—. Algunos estamos intentando sostenerlo.
—No estoy diciendo que te vayas —responde, más firme.
—Pero lo estás insinuando.
Sus ojos se endurecen apenas.
—Te estoy preguntando qué quieres.
La pregunta me descoloca.
Porque no quiero responderla.
Porque si digo algo en voz alta, deja de ser una posibilidad y se convierte en riesgo.
—No lo sé —repito, más bajo.
Él se inclina hacia mí.
—Valeria.
Dice mi nombre sin presión.
Sin reproche.
Solo con una intensidad que me obliga a sostenerle la mirada.
—No puedes vivir en pausa para siempre.
Ahí está.
El futuro.
Ese lugar al que ninguno de los dos se atreve a ponerle forma.
—¿Y tú puedes? —pregunto.
—No.
—Entonces, ¿qué hacemos?
El silencio ahora sí pesa.
No hay ambulancias.
No hay pasos apresurados.
Solo nuestras respiraciones desacompasadas.
—Lo que estamos haciendo —dice finalmente.
—¿Esperar?
—No. Se acerca un poco más.
—Quedarnos.
El corazón me golpea fuerte.
—Eso no es un plan —murmuro.
—No todo necesita uno.
Su rodilla roza la mía.
No se aparta.
Yo tampoco.
—¿Y cuando esto termine? —insisto—. Cuando ya no haya excusa para vernos aquí.
La pregunta es más honesta de lo que pretendía.
Sus ojos bajan un segundo a mis labios antes de volver a subir.
—¿Quieres que haya una excusa?
El aire se vuelve más denso.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Su voz es baja. Cálida.
Peligrosamente sincera.
—Entonces dime qué significa esto —susurro.
No responde de inmediato.
Su mano se mueve apenas sobre la silla, como si quisiera tocarme y decidiera no hacerlo.
—Significa que no quiero que esto sea solo el hospital.
La frase se instala en mi pecho.
—Eso es futuro —digo.
—Sí.
—Y el futuro asusta.
Una sombra de sonrisa cruza su boca.
—No tanto como perderlo antes de empezar.
Mi respiración se vuelve más lenta.
Más consciente.
Estamos demasiado cerca ahora.