El último segundo

Capitulo 11

Hay frases que no parecen importantes cuando se dicen.

Hasta que empiezan a repetirse en tu cabeza con una claridad incómoda.

Estamos en el pasillo largo que conecta urgencias con las habitaciones privadas.

Es tarde.

El hospital está más silencioso de lo habitual, como si incluso las máquinas estuvieran cansadas.

Caminamos uno al lado del otro, sin tocarnos.

—¿Alguna vez has hecho algo sabiendo que podía salir mal? —pregunta Adrián.

No lo miro.

—Todo el mundo lo hace.

—No hablo de decisiones pequeñas.

Su tono cambia apenas.

Más contenido.

—Entonces sí —respondo—. Varias veces.

Se detiene frente a una ventana.

Yo también.

La ciudad afuera brilla indiferente.

—A veces pienso… —empieza.

Se interrumpe. No es habitual en él.

—¿Qué? —pregunto. Respira hondo.

—No sé si volver fue lo correcto.

La frase cae sin dramatismo.

Sin música. Sin anuncio.

Pero el suelo se mueve un poco bajo mis pies.

—¿Volver a qué? —pregunto con demasiada rapidez.

Él mantiene la mirada fija en el vidrio.

—A alguien.

El aire se vuelve más frío.

Otra vez esa historia. Otra mujer. Otra segunda oportunidad.

Mi estómago se contrae con una reacción que intento no mostrar.

—¿Te arrepientes? —pregunto, fingiendo neutralidad.

—No es eso.

Entonces, ¿qué es?

Se pasa una mano por la nuca, gesto que delata algo más profundo que duda.

—A veces me pregunto si insistir fue egoísmo.

La palabra me sorprende.

—¿Egoísmo?

—Sí. Querer volver porque tú lo necesitas… sin saber si la otra persona también.

No sé por qué me molesta escuchar eso.

Quizá porque suena como si estuviera hablando de algo que todavía no termina de resolver.

—Bueno —digo, encogiéndome de hombros—, si volvió, sería porque también quería.

—Tal vez. Ese tal vez me irrita más de lo que debería.

—Entonces no veo el problema.

—El problema es que querer no siempre significa que sea lo correcto.

Lo miro al fin.

—¿Correcto según quién?

Nuestros ojos se encuentran.

Demasiado directo.

—Según lo que no vuelva a romperse —dice.

Silencio.

Me cruzo de brazos, aunque no tengo frío.

—Si ya estás cuestionándolo, quizá sí fue un error.

No sé por qué lo digo.

Tal vez porque necesito que lo sea.

Su mirada cambia apenas.

No herida.

Más bien consciente.

—No estoy diciendo que me arrepienta.

—Pero lo estás dudando.

Exhala.

—Estoy diciendo que cuando eliges volver, eliges también asumir lo que puede salir mal otra vez.

Esa frase se queda suspendida.

Hay algo en su voz que no es pasado.

Es presente.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

—Ahora intento hacerlo distinto.

No debería afectarme. Pero lo hace. P

orque distinto implica continuidad. Implica futuro.

Y no sé si quiero estar pensando en el futuro de alguien que todavía cuestiona el pasado.

Siento que algo en mí empieza a tensarse.

Demasiadas emociones para un pasillo blanco.

Demasiada intensidad para una conversación que finge ser casual.

—Bueno —digo, mirando mi teléfono sin leer nada—, todos dudamos a veces.

Él me observa un segundo más de lo habitual.

—Sí —responde—. Supongo que sí.

El silencio se instala entre nosotros.

No el de antes.

Este es más denso.

Más consciente.

Podría preguntarle más.

Podría indagar.

Podría admitir que su duda me afecta más de lo razonable.

No lo hago.

—¿Has comido algo hoy? —pregunto de repente.




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