La sala de espera tiene un sonido propio.
No es silencio.
Es respiraciones contenidas.
Es café frío.
Es pasos que no se atreven a correr.
Adrián y yo seguimos siendo, en teoría, dos desconocidos que coinciden todos los días en las mismas sillas incómodas.
Dos personas que no deberían importar tanto la una a la otra en tan poco tiempo.
Y, sin embargo.
Esa tarde lo observé mientras miraba fijamente el pasillo por donde entran y salen camillas.
No hablaba con nadie. No hacía nada, en realidad.
Solo seguía con la vista el vaivén de las puertas automáticas que se abrían y cerraban.
Se abrían.
Se cerraban.
Como si marcaran un ritmo que solo él entendiera.
Cuando volvió a sentarse a mi lado, me ofreció una botella de agua.
—Toma. No has bebido nada en horas.
Sonreí.
—Gracias.
Nuestros dedos se rozaron apenas.
Nada eléctrico.
Nada dramático.
Pero algo dentro de mí no se acomodó como antes.
No era desconfianza. No era miedo. Era una sensación mínima de desajuste.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Un poco.
Asintió, como si evaluara si le estaba diciendo la verdad.
Me di cuenta de que él también evita cosas.
Evita preguntar por la última discusión con mi hermana.
Evita mencionar detalles de la noche del accidente.
Evita sostener demasiado tiempo la mirada cuando el reloj marca cierta hora.
No son mentiras. Son bordes. Y yo también los rodeo.
Evito preguntarle por quién fue la persona por la que “luchó tanto para volver”.
Evito preguntarme por qué, cuando lo miro demasiado tiempo, siento una familiaridad que no debería existir entre dos extraños.
Evito analizar por qué su presencia me calma… pero no del todo. La televisión del fondo muestra imágenes que nadie mira.
El reloj avanza con una precisión cruel.
Adrián se inclina hacia mí.
—Hoy estás distinta.
La frase me sorprende.
—¿Distinta cómo?
Me observa unos segundos, como si eligiera las palabras.
—Más lejos.
Trago saliva. Yo iba a decir lo mismo.
—No —miento con suavidad—. Solo cansada.
Asiente. No insiste.
Eso es lo que me inquieta.
No insiste. Entre nosotros hay algo creciendo.
Lo siento en la forma en que nuestras rodillas casi se tocan.
En cómo su voz baja un tono cuando me habla.
En cómo el tiempo en esta sala parece dividirse entre antes y después de que él llega.
Pero también hay algo que no encaja.
No en los hechos.
En la emoción. Como si estuviéramos construyendo algo sobre una base que todavía no conocemos del todo.
Lo miro de perfil.
La línea de su mandíbula.
La concentración silenciosa con la que observa las puertas abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse.
Parece estable.
Confiable.
Seguro.
Y aun así.
Hay una distancia microscópica entre lo que dice y lo que siento.
No sé explicarlo.
Solo sé que cuando nuestras miradas se cruzan, hay una pregunta suspendida que ninguno formula.
¿Y si no somos tan desconocidos como creemos?
La descarto de inmediato. Es absurda. Es producto del cansancio. Del estrés.
Del hospital.
Pero la sensación permanece.
No es física.
Es emocional.
Como si hubiera una verdad que ambos rodeamos con cuidado, sin tocarla.
Y lo más inquietante no es que exista.
Es que, en el fondo, sé que él también la siente. Y ambos estamos eligiendo no nombrarla.