El último segundo

Capitulo 15

La sala de espera huele a café viejo y a promesas que nadie puede garantizar.

Estoy mirando mis manos cuando Adrián lo dice.

—No fue tu intención.

Levanto la vista.

—¿Qué cosa?

No parece darse cuenta de que acaba de romper algo invisible.

Está sentado a mi lado, los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas. Mira al frente, no a mí. Como si la frase no necesitara testigos.

—La discusión —añade, en voz baja—. Lo que pasó esa noche.

Mi estómago se contrae.

Yo no le he contado todo.

Solo fragmentos sueltos. Que discutimos. Que yo estaba molesta. Que el coche iba más rápido de lo normal. Que después… nada.

—¿Cómo sabes que discutimos? —pregunto, demasiado rápido.

Él parpadea, como si regresara de algún lugar lejano.

—Lo dijiste —responde—. Ayer. O antes.

Puede ser.

Los días aquí se mezclan.

Aun así, hay algo en su tono que me inquieta. No es curiosidad. No es simple consuelo. Es… conocimiento.

—Fue mi culpa —murmuro sin querer—. Si no hubiera insistido… si no hubiera dicho lo que dije…

La imagen vuelve sin permiso: la carretera oscura, el clic del intermitente, mis palabras afiladas.

“No cuando importaba.”

No sé por qué esa frase pesa tanto.

Adrián gira el rostro hacia mí.

Sus ojos no me juzgan. Me sostienen.

—No fue tu intención —repite.

Esta vez más firme.

Como si necesitara que lo entienda.

—No sabes eso —respondo.

Él traga saliva.

Hay un segundo de silencio.

Dos.

—A veces decimos cosas desde el dolor —dice al fin—. Eso no significa que queramos que todo termine así.

Así. La palabra cae pesada.

—Era mi hermana —susurro—. Yo estaba enojada. Le dije cosas horribles. ¿Y si eso la distrajo? ¿Y si por eso…?

No termino la frase.

El hospital hace un ruido lejano.

Una camilla cruza el pasillo.

El reloj marca un minuto más.

Adrián niega suavemente con la cabeza.

—Las personas no pierden el control por una frase —dice—. Y aunque lo hicieran… nadie sale a conducir pensando que algo va a pasar.

Su voz tiembla apenas en la última parte. Lo noto.

—¿Por qué suena como si estuvieras ahí? —pregunto, antes de poder detenerme.

El aire cambia.

Él se queda quieto.

Demasiado quieto.

—Porque he visto suficientes accidentes —responde finalmente—. Y siempre hay alguien que cree que fue su culpa.

Eso tiene sentido. Es paramédico.

Ha estado en escenas que yo solo puedo imaginar. Y, sin embargo. Cuando dijo “no fue tu intención”, no sonó profesional. Sonó personal.

Lo observo con más atención. La forma en que evita mirarme directamente ahora. La manera en que sus dedos se aprietan entre sí como si contuvieran algo.

—Yo la herí antes del choque —digo, casi para mí—. Eso sí fue mi intención.

Adrián cierra los ojos un instante.

—Discutir no es herir —murmura—. Irse sin intentar volver… eso sí.

La frase me golpea sin que entienda por qué.

Irse sin intentar volver.

Hay algo en su manera de decirlo que me atraviesa, pero no logro unir las piezas. Solo siento una presión en el pecho.

—No recuerdo el final —confieso—. Solo la tensión. Después, la luz.

Él asiente, muy despacio. Como si ya supiera eso.

—La memoria protege —dice—. A veces borra lo que no podemos sostener todavía.

Todavía. La palabra me eriza la piel.

Lo miro fijamente.

—¿Por qué te importa tanto que no me culpe?

El silencio se estira entre nosotros.

Uno.

Dos.

Tres.

—Porque culparte no la va a traer de vuelta —responde.

Es una buena respuesta. Correcta. Y, sin embargo, siento que no es toda la verdad.

Me recuesto en la silla. Cierro los ojos. Si no fue mi intención… entonces ¿de quién fue? La pregunta flota, pesada.

Cuando los abro, Adrián me está mirando con una intensidad que no sé interpretar. No es compasión. No es lástima. Es algo más difícil. Como si cargara con una parte de esa noche que yo todavía no recuerdo.




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