La puerta siempre es la misma.
Blanca.
Fría.
Con una pequeña ventana rectangular que nunca me atrevo a mirar demasiado tiempo.
He pasado por este pasillo todos los días desde el accidente, pero nunca se vuelve más fácil. El suelo brillante refleja la luz artificial y mis pasos suenan más fuerte de lo que deberían.
Me detengo frente a la habitación.
No entro.
Mi mano flota a centímetros del picaporte.
Hoy es distinto.
No sé por qué, pero el aire pesa más.
Como si detrás de esa puerta no solo estuviera mi hermana… sino algo que todavía no estoy lista para enfrentar.
—Puedes esperar si quieres —dice Adrián a mi lado.
Su voz es baja. Cuidada.
No me mira directamente. Observa el número sobre la puerta como si también le costara.
—No —respondo—. Solo… dame un segundo.
Un segundo. La frase se queda suspendida entre nosotros.
Apoyo la frente contra la superficie fría. Cierro los ojos. Intento prepararme para lo de siempre: el sonido de los monitores, la quietud que no parece humana, la sensación de hablarle a alguien que no puede responder.
Pero hoy no es solo eso lo que me detiene.
Es la culpa.
Es la discusión.
Es esa última frase que nunca logro escuchar completa en mi memoria.
Detrás de mí, Adrián cambia el peso de un pie al otro.
Lo escucho respirar más profundo de lo habitual.
Inquieto.
No es el Adrián sereno que calma con pocas palabras. No es el paramédico seguro que habla de estadísticas y probabilidades sin titubear. Es otra cosa.
—¿Estás bien? —le pregunto sin girarme.
Silencio.
Uno.
Dos.
—Sí —responde.
Pero la respuesta tarda apenas lo suficiente para que yo lo note.
Me vuelvo hacia él.
Tiene la mandíbula tensa. Los hombros rígidos. Sus ojos no están en mí. Están en la puerta.
Como si la conociera.
Como si la temiera.
—Es solo una habitación —digo, intentando sonreír.
Él asiente. Demasiado rápido.
—Lo sé.
No suena convencido.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—¿Te incomodan los hospitales? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—No.
Otra pausa.
—Me incomodan las cosas que no podemos cambiar.
La frase cae con más peso del que esperaba.
Lo miro fijo.
—Nada de esto se puede cambiar.
Sus ojos por fin se encuentran con los míos. Hay algo ahí. Algo que no logro descifrar. No es miedo. Es… anticipación. Como si entrar a esa habitación significara algo más que enfrentar el estado de mi hermana. Como si fuera un límite invisible.
Mi mano vuelve al picaporte. Esta vez lo tomo. El metal está frío. Antes de girarlo, siento la mano de Adrián rozar mi muñeca. No me detiene. Pero tampoco es casual.
—Valeria —dice en voz baja. Mi nombre suena distinto en su boca ahora. —Pase lo que pase… —empieza.
Se detiene.
Uno.
Dos.
Traga saliva.
—No estás sola.
La frase debería tranquilizarme. En cambio, algo dentro de mí se tensa. Porque no entiendo por qué suena como una advertencia.
Giro el picaporte. La puerta se abre lentamente. Antes de cruzar el umbral, lo miro una vez más.
Adrián no parpadea. Como si supiera que al otro lado no solo me espera una habitación. Sino una verdad. Y por primera vez, no estoy segura de estar lista para verla.