No sé por qué hoy todo se siente más cerca.
Como si algo estuviera a punto de romper la superficie.
Estamos solos en la sala de espera.
La televisión encendida sin sonido.
El reloj marcando segundos que pesan más de lo normal.
Adrián ha estado callado demasiado tiempo.
No es su silencio habitual.
No es ese que mide antes de hablar. Es otro. Más tenso.
—Valeria —dice finalmente.
Levanto la vista.
Su expresión no es suave hoy. Tampoco distante. Es concentrada.
Como si estuviera reuniendo valor.
—¿Qué fue lo último que dijiste?
Parpadeo.
—¿Cuándo?
Él no aparta la mirada.
—Antes del accidente.
El aire se vuelve más denso.
Mi corazón da un golpe seco contra el pecho.
—No lo sé —respondo rápido—. Ya te dije que no recuerdo todo.
Asiente, pero no retrocede.
—Intenta.
La palabra no suena a sugerencia. Suena a necesidad.
Trago saliva.
La carretera vuelve a mi mente. La oscuridad. El tablero iluminado. La tensión suspendida entre dos respiraciones.
—Discutíamos —murmuro—. Yo estaba molesta.
Él espera. No habla. Eso me obliga a seguir.
—Creo que… le dije que no podía seguir haciendo lo mismo. Que no podía irse y volver cuando quisiera.
Mi voz empieza a temblar. No por culpa. Por algo más difícil de nombrar.
Adrián inclina levemente la cabeza.
—¿Y después?
Su insistencia me incomoda.
—No sé —susurro—. No lo recuerdo.
—Valeria.
Mi nombre suena distinto en su boca ahora. Más urgente.
—¿Qué fue lo último que dijiste?
El reloj marca un segundo.
Dos.
Tres.
Cierro los ojos.
La imagen aparece fragmentada. La mano sobre el volante. La luz lateral. El intermitente sonando como un metrónomo. Y yo. Yo girando el rostro. Yo diciendo algo definitivo. Algo que ahora mi memoria protege como si fuera una herida abierta.
Siento miedo. No culpa clara. Miedo. Porque si recuerdo… algo va a cambiar.
—Creo que dije… —mi voz se rompe—. “Entonces no vuelvas.”
El silencio que sigue no es normal.
No es humano.
Es absoluto.
Abro los ojos. Adrián no parpadea. Su mandíbula está tensa. Sus manos entrelazadas con demasiada fuerza.
—¿Eso fue? —pregunta, casi en un hilo de voz.
No entiendo por qué suena afectado.
—No lo sé —respondo, ahora temblando—. ¿Por qué importa tanto?
Él tarda en contestar.
Uno.
Dos.
Pero esta vez no parece estar contando para controlarse. Parece estar contando para no romperse.
—Porque a veces —dice finalmente— lo último que decimos se queda más tiempo que todo lo demás. Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
—Era mi hermana —repito, como si necesitara reafirmarlo—. Discutíamos mucho.
Él asiente.
Pero sus ojos no dicen lo mismo.
—Valeria… —empieza. Se detiene.
Algo está a punto de cruzar una línea invisible. Y por primera vez, no temo haber causado el accidente. Temo haber dicho algo que no iba dirigido a quien creo. Y no estoy segura de estar lista para descubrirlo.