El último segundo

Capitulo 19

No hay transición.

No hay aviso.

No estoy en la habitación.

No estoy en la sala de espera.

No estoy de pie. Estoy en el coche. La noche es densa, húmeda.

Las luces de la carretera se estiran como líneas líquidas sobre el parabrisas. El motor vibra bajo mis pies. El tablero ilumina el interior con un azul tenue.

Y él está ahí.

Adrián.

Con las manos sobre el volante.

No es una silueta borrosa. No es una sombra. Es él.

La línea firme de su mandíbula. El pulgar apoyado en el borde del volante. La respiración medida, demasiado medida.

El recuerdo no pide permiso. No se arma en fragmentos. Entra completo.

—No sé si volver fue lo correcto —dice.

Su voz no suena enojada.

Suena cansada.

Como si hubiera estado sosteniendo esa frase durante meses.

Yo estoy girada hacia la ventana. La ciudad pasa rápida. Demasiado rápida.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, pero ya estoy a la defensiva. Silencio.

Él no responde de inmediato.

Uno.

Dos.

Tres.

Lo veo. Está contando.

—Quiero decir que… —empieza, sin mirarme todavía— no sabía si tenía derecho a aparecer otra vez en tu vida. Después de irme así.

El aire se vuelve más espeso.

No es la primera vez que discutimos sobre su partida. Sobre su regreso. Pero esta vez hay algo definitivo en el tono.

—Fuiste tú quien insistió en volver —le recuerdo.

Él asiente levemente.

—Sí.

Las luces de un semáforo cambian de verde a amarillo. Él no frena.

—Pero volver no borra lo que hice —añade—. No sé si fue lo correcto para ti. Para ti.

La frase me atraviesa. Porque lo que escucho no es duda. Es arrepentimiento. Y eso duele más.

Me giro hacia él. Lo miro de frente.

—Entonces ojalá no lo hubieras hecho.

La frase sale limpia. Precisa. Cruel. No la pienso. No la suavizo. No la retiro.

Él me mira.

No como alguien que recibió un insulto. Como alguien que recibió una confirmación.

El silencio es absoluto.

El coche sigue avanzando. Demasiado rápido.

Veo cómo su garganta se mueve al tragar saliva. Veo cómo sus manos se ajustan sobre el volante. No está enojado. Está herido.

—Valeria… —dice, apenas.

Nunca sabré qué iba a decir después. Porque en ese segundo exacto, él gira la cabeza hacia mí. No completamente. Lo suficiente. La luz blanca aparece desde el lado izquierdo. Un destello brutal. Un sonido imposible. Metal retorciéndose. Mi cuerpo lanzado hacia la derecha. El impacto entra por su lado. Por el lado del conductor. No por el mío.

El mundo se inclina. El vidrio estalla.

Y en el último fragmento de conciencia que tengo, veo algo que mi memoria había borrado hasta ahora: Adrián soltando el volante con una mano. Buscándome. Intentando alcanzarme antes de que todo se vuelva negro.

Después, nada.

El recuerdo se corta, pero no se disuelve. Se queda. Completo. Irrefutable.

No fue mi hermana. No estaba con ella. Estaba con él.

Y lo último que escuchó de mí fue: “Ojalá no lo hubieras hecho.”

El aire regresa a mis pulmones como si hubiera estado sumergida durante días.

La sala de espera vuelve. El hospital. La luz blanca. Adrián. Adrián. La verdad ya no es una sospecha. Es un hecho. Y por primera vez desde el accidente, el dolor no viene del choque. Viene de mis propias palabras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.