Cuando John insistió en que fuéramos a esa fiesta, no creí que se tratara de una de aquellas. No era su estilo. Por lo general, cuando se menciona la palabra “fiesta”, imaginamos caos: multitudes saltando, alcohol sin medida y una sucesión de actos carentes de responsabilidad. Aun así, pese a mis negativas, logró llevarme hasta allí.
En cuanto abrimos las puertas del lugar, quedé atónito. ¿Dónde estaban las multitudes? ¿Y el alcohol?
Nada era como lo había imaginado. John era mi mejor amigo desde que éramos niños y siempre había tenido un gusto particular por las bromas incómodas, pero aquello no parecía una de ellas.
—En tu día de cumpleaños quise hacerte una pequeña sorpresa —dijo John.
El lugar estaba repleto de parejas con antifaces y vestidos elegantes. Por un momento pensé que se trataba de un encuentro de citas anónimas. Todo parecía temático, como una reunión en un palacio.
—Cuando llegue la hora, tendrás que brillar —añadió.
—¿De qué hablas? —respondí, confundido.
—Tú solo espera. Por ahora, hay que ponernos elegantes —dijo, haciendo una señal con la mano.
De inmediato apareció un grupo de personas, aparentemente mozos, que nos acompañaron hasta una habitación repleta de trajes refinados. Nos hicieron probar uno tras otro.
John, a petición propia, vistió un traje que representaba a un excéntrico millonario: sombrero de copa y un bigote tipo mostacho. No quería parecer galán, solo llamar la atención.
—¿Por qué me trajiste aquí? —le pregunté.
—Este es el lugar ideal para que revivas tu pasión. Además, hay chicas ma-ra-vi-llo-sas —respondió mientras se acomodaba la corbata.
No terminaba de convencerme. Todo aquello parecía excesivamente costoso, y John no era precisamente alguien con grandes ahorros o ingresos. Aun así, ya que se había esforzado tanto por traerme, decidí seguirle la corriente, al menos por un rato.
Ambos fingimos pertenecer a la alta clase, al punto de actuar de forma casi ridícula. Algunas personas nos observaban con incomodidad; otras se unían al juego. Las carcajadas resonaban por todo el lugar.
Entre risas, vi pasar a una chica de cabello corto, a la altura de los hombros. Nos miraba de forma burlesca. No me llamó la atención su actitud, sino su vestido: a diferencia del resto, era completamente negro. Un color que normalmente no destaca, pero que, dadas las circunstancias, lo hacía más que ninguno.
De pronto, las conversaciones fueron interrumpidas por un conjunto de violines que, al unísono, comenzaron a interpretar lo que parecía ser música medieval. El lugar se transformó en una auténtica fiesta digna de un cuento de hadas.
Saltos y giros por doquier. Recorrimos el salón al ritmo de la música.
Habían pasado varios minutos, y el cansancio aún no aparecía.
Entre cambios de ritmo y parejas que iban y venían, terminé bailando con la chica desagradable que había visto antes. Su aspecto era un caos elegante: el vestido desordenado, el cabello suelto, el rostro marcado por el esfuerzo. Estaba agotada, podía verlo en la forma en que respiraba, pero aun así seguía moviéndose, como si rendirse no fuera una opción.
Nuestro baile se convirtió en un desafío silencioso. Ella parecía desaprobar cada uno de mis pasos; yo, por mi parte, no lograba adaptarme a los suyos. Bailábamos como si habláramos idiomas distintos, cada uno imponiendo su propio ritmo. Aun así, no nos separamos. Ninguno quería ceder. Ambos queríamos demostrar quién era mejor.
Ella aumentaba la intensidad y yo no me quedaba atrás. El salón se volvió pequeño mientras lo recorríamos de punta a punta, atrayendo miradas sin darnos cuenta. El sudor, la música, los giros constantes… todo se mezclaba en una sola pulsación.
De pronto, mis pies se enredaron. Sentí el vacío bajo mi cuerpo y, por un instante, estuve seguro de que terminaría contra el suelo. Pero antes de caer, ella me sujetó con un tirón firme y me devolvió al movimiento, como si nada hubiera pasado.
Su risa brotó inmediata, cargada de satisfacción. ¿Creía haberme superado?
Mi ego no lo permitió.
Redoblé la intensidad. Giro tras giro, paso tras paso, continuamos acompañándonos solo para ver quién se rendía primero. Aquello ya no era una danza; era un baile salvaje, completamente improvisado, sostenido por la obstinación y el pulso acelerado.
Ella tropezaba y yo evitaba que cayera. Yo perdía el equilibrio y ella hacía lo mismo por mí. No nos soltábamos. No éramos enemigos. Éramos rivales.
Y ninguno estaba dispuesto a perder.
La canción llegó a su fin y nos quedamos mirándonos, completamente agotados. No hacía falta decirlo: sabíamos que nuestra batalla no había terminado. Pero por lo pronto, tomaríamos un descanso. Ella regresó con sus amigas; yo volví junto a John, que no había perdido el tiempo y ya conversaba con un grupo de chicas. Ninguna parecía realmente interesada en él, pero su estupidez lograba hacerlas reír.
Mientras descansaba, observé el lugar con calma. ¿Cómo era posible que no supiera que esto existía? El ambiente era agradable, distinto a cualquier otra forma de diversión que conociera. No había excesos, solo música, luces suaves y cuerpos moviéndose al compás.
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no la vi acercarse.
La chica apareció frente a mí con dos vasos de agua en las manos. Uno era para ella. El otro… ¿para mí? Su expresión llevaba una falsa provocación, una seguridad ensayada.
Extendí la mano para tomar el vaso.
—¿Qué haces? —preguntó.
Tardé un segundo en entender. La vergüenza me cayó de golpe; esperaba no haberme puesto rojo.
—¿No era para mí? —pregunté, titubeando.
—Para nada —respondió—. Se lo llevaba a una amiga. Iba a entregárselo cuando te vi.
El momento se volvió incómodo. No sabía qué decir. Ella, en cambio, estaba completamente tranquila. No apartaba la mirada, como si disfrutara mi desconcierto.