La guerra había terminado.
O al menos eso parecía.
El campo de batalla se extendía hasta donde alcanzaba la vista, convertido en un mar de muerte y desolación. La tierra había desaparecido bajo capas de sangre oscura. Miles de cuerpos yacían esparcidos entre armaduras rotas, espadas quebradas y estandartes reducidos a jirones.
El aire olía a hierro.
El viento arrastraba cenizas y el silencio comenzaba a reclamar aquello que la batalla había arrebatado los pocos supervivientes de ambos bandos permanecían inmóviles, exhaustos, heridos y demasiado cansados incluso para celebrar la victoria o lamentar la derrota en medio de aquel infierno, un joven permanecía arrodillado su cabello negro estaba empapado de sangre y polvo. Su armadura presentaba innumerables grietas y cortes, pero ninguna de aquellas heridas parecía importarle.
Porque entre sus brazos descansaba una muchacha la sostenía con desesperación como si temiera que el mundo intentara arrebatársela una vez más las lágrimas descendían sin control por sus mejillas mientras observaba el rostro de la joven.
Aquel rostro que conocía mejor que el suyo.
Aquellos ojos color miel que tantas veces habían iluminado sus días.
Aquellos ojos que ahora comenzaban a perder su brillo.
—No... —susurró con la voz quebrada—. No me dejes.
La muchacha sonrió era una sonrisa débil y pequeña, pero seguía siendo la sonrisa que él había amado durante tanto tiempo con manos temblorosas, ella rozó su rostro.
—Sigues llorando... —murmuró.
Aquellas palabras terminaron de destrozarlo.
—Te lo prometí... —dijo él, incapaz de contener el llanto—. Te prometí que nunca permitiría que te ocurriera nada.
La joven negó suavemente con la cabeza no había reproche en su mirada solo tristeza, y amor un amor tan profundo que ni siquiera la muerte parecía capaz de destruirlo entonces ocurrió pequeñas partículas de luz comenzaron a desprenderse de su piel al principio fueron pocas, después cientos y miles el cuerpo de la muchacha empezó a desvanecerse lentamente, transformándose en un brillante polvo dorado.
—No... —susurró él mientras intentaba sujetarla con más fuerza—. No...
Pero era inútil la luz escapaba entre sus dedos la joven continuó sonriendo mientras desaparecía poco a poco hasta que finalmente no quedó nada nada excepto un resplandor dorado que ascendió hacia el cielo como una lluvia de estrellas invertida el muchacho permaneció inmóvil.
Observando.
Viendo cómo lo último que amaba abandonaba aquel mundo el viento sopló una vez más y entonces algo cayó sobre sus manos.
Un collar.
Lo apretó con fuerza del colgante colgaba la figura de un cisne el último recuerdo que le quedaba de ella durante varios segundos no hubo movimiento.
Ni sonido.
Ni vida.
Solo un hombre roto contemplando un cielo indiferente finalmente se puso de pies sus ojos ya no derramaban lágrimas solo quedaba dolor un dolor tan profundo que parecía no tener fin tomó su espada del suelo la hoja estaba cubierta de sangre.
Como él.
Como el mundo entero.
Alzó la mirada hacia el firmamento donde la luz había desaparecido Y pronunció su juramento.
—No importa cuántos años pasen.
Apretó el collar contra su pecho.
—No importa cuántas vidas tenga que recorrer.
Su voz resonó sobre el campo de batalla silencioso.
—Te encontraré.
El viento volvió a soplar.
—Y te amaré... siempre.
Muy por encima de él, donde las almas descansaban y los destinos se entrelazaban, una última partícula de luz brilló antes de desaparecer Como si hubiera escuchado su promesa.